¿Por qué siempre estás metiéndonos en problemas?

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Outsiders es un laberinto con diferentes entradas y salidas. Galerías y pasillos disfrazados de novela negra.

Luna llena en Medellín. Foto de Jonier Quiceno Ceballos @joqui___

Luna llena en Medellín.

 

Desesperado en el atrio de la iglesia de Guadalupe, Julián Gómez maldecía nuestro encuentro. Resoplaba convencido por la mala idea de acordar estas horas y estos barrios.

El atrio, la montaña, el balcón y abajo el comienzo de la madrugada en el valle: garganta negra infestada por luces. Barrios como brasas rojas cayendo hasta la raíz del cañón, allí donde el río Medellín ondulaba y partía la ciudad en dos.

Cerca, todo oscuro.

Lejos, un pesebre.

Cualquier revés podría suceder en la ciudad de los venenos.

Combos de sicarios cuidando sus barrios.

Una patrulla de policía se acercaba en moto y JuliánGómez supo que tenía que largarse.

Intento de giro, grito policial y Julián a punto de soltar carrera.

―Tiempo libre ―dije desde atrás.

Julián vio a un hombre subiendo por la calle. Chompa de pillo inconfundible.

Julián se detuvo al pie de la luz de un farol amarillo y simuló obedecer la orden de la patrulla. Girar, dar la espalda, pegarse al muro, alzar las manos.

Combos de sicarios cuidando su barrio.

―Tiempo libre ―dije―, para requisar ciudadanía de buena fe.

La patrulla ordenó detenerme.

―Más faltaba ―dije―, lo que me gusta en la vida es ser atendido por los defensores de la ley.

―Cierre el pico ―dijeron.

―Por los defensores de la maldita ley.

Los polis bajaron de la moto. Julián y yo lo supimos: rodábamos el guión en un diálogo sobreactuado. Sin embargo los brutos agentes no lo descubrían. El primero me puso la mano y yo lo sacudí de un manotazo.

―Mi teniente ―dijo JuliánGómez en el papelón―, compórtese, hombre.

Sobreactuado.

―¿Un teniente? ―preguntaron.

Brutos y sin posibilidad de mejora.

Mostré el revólver en la pretina. Sólido, plateado, de buen calibre.

―Lo hubiera dicho antes, mi teniente.

Miré a JuliánGómez:

―Descanse, agente PacoVilla.

JuliánGómez bajó los brazos. ¿PacoVilla? Y blanqueó los ojos. Tremendo nombre para tremendo agente: uno que se caga de miedo esperando en los tugurios de Guadalupe.

La patrulla pidió placa y salvoconducto del revólver.

―¿Quieren ustedes coger el sabor? ―y ofrecí el fierro.

Julián sudaba.

Calibró un poste de luz para agacharse y protegerse.

Calles desoladas, luces pobres y el golpe de viento frío.

Los policías apuntaron a la soledad con el arma, comentaron su peso, su calibre y distancia de tiro. Niños antojados de juguete.

Busqué billetera y respectivos permisos.

Noté que los polis miraban mi reloj. Plateado, fantoche, visajozo.

Julián escupió a un lado, intentando calmarse.

Ya vendría su reclamo: ¿Por qué siempre nos metes en lios?

El cielo negro y la ciudad en cascadas de bombillas. Recordé las noches en la Casbah de Tánger. Dos semanas atrás estábamos con Clara en Tánger, dos semanas para recuperarnos. Y el reclamo de JuliánGómez: “¿por qué siempre nos estás metiéndonos a los tres en problemas?”

―Está bien ―dijo el primer policía.

La luz amarilla del farol en Guadalupe. Nuestras sombras.

Julián inclinó el cuerpo y apretó los músculos intentando predecir el siguiente movimiento: el policía extendería el revólver.  Yo recibiría con calma y un segundo después dispararía.

Combos de sicarios cuidando su barrio.

Sombras negras de policías avanzando sobre la acera.

―Linda arma ―dijeron y prendieron la moto― lindo reloj.

―¿Eso fue todo?

Caminar. Giro a la derecha: callejón a la vista. Subir escalas por meandros de tugurios.

Esto había sido todo.

Media hora avanzando por un laberinto de calles estrechas. Recovecos iguales a la Casbah. La noche en las sombras africanas. Corredor estrecho de escalas quebradas. Desiguales. Farolas chillando en el esfuerzo por dar luz.

Caída de tarde, Jall-Mari, Tánger. Montañita silenciosa de casas blancas. Al fondo: el Mar Mediterráneo azul. Cuarto estrecho. Ventana abierta y muros pelados. Segundo piso de una casa en el barrio musulmán. JuliánGómez amenazaba con el arma a Jall-Mari, el marroquí secuestrador amarrado a un taburete. Camisas mojadas y pegadas a las espaldas.

Julián miraba el mar por la ventana. Deseaba el final. Pasaba su mano por la frente para secarse el sudor. Cañón de pistola contra rodilla de Jall-Mari. El musulmán transpiraba por todo su cuerpo. Su odio amarrado a la silla.

Julián disparó y volaron pedazos de hueso y sangre.

El marroquí chillaba.

Julián iba de un lado a otro de la ventana. Olor a sangre y pólvora. Si uno tiene duda sobre el futuro, no se puede ser tan desconfiado. Siempre hay que apostar a perder. Y tener esa confianza.

El calor apretaba. Desespero. Asfixia. JuliánGómez prometió a Jall-Mari que todo iba a estar bien. Así dijo: “te lo prometo”. Pronto volvería a caminar. ¿Pronto? Mejor, nunca volvería a caminar. Silla de ruedas para siempre.

―Tranquilízate, Jall-Mari.

Si no dejaba de chillar estallaría otro tiro en la otra rodilla. Jall-Mari se negaba a abrir los ojos. Nunca volvería a caminar.

Julián sudaba en la ventana. Rayos de la caída del sol. Tánger era un sitio hermoso para ver la tarde. Sentir el viento.

Jall-Mari pedía perdón en inglés. Solo era su trabajo: la chica estaba bien, así decía. Juraba y volvía a jurar.

Jall-Mari sabía que la amábamos. Sabía su nombre, su profesión, sabía que era más poderosas que nosotros. Y por eso en África siempre estaban subyugadas, de lo contrario tomarían conciencia de su fuerza. Como esa mujer que ahora mandaba a estos dos hombres.

―Calma ―le decía JuliánGómez―, cálmate, Jall-Mari.

El marroquí se quejaba.

―Abre los ojos, por favor, hombre, no seas así.

Cuando los abrió, JuliánGómez aprovechó para dispararle.

¿Caminar? Pobre Jall-Mari.

El disparo hizo volar sangre y trozos blancos de calcio.

Jall-Mari perdió el conocimiento.

Silencio y viento. Sudor y miradas clavadas en el piso.

―¿Pero por qué, hombre? ―le reclamé ya fuera de mí.

Julián se limpió el sudor de la frente y maldijo diciendo:

―Yo debería preguntar entonces ―y dejó de contener la rabia que lo consumía―: ¿Por qué siempre nos metes en líos?

Bajar la cabeza en Guadalupe. Sombras sobre tierra amarilla. Arriba, la montaña negra, la maleza, el bosque.

Caminar por tugurios que parecían contenedores metálicos, remolques. Contenedores con paredes de tablas, remolques sin llantas, cubos de madera con parches de plástico y cartón. Techos de láminas de zinc. El calor en días de verano para queda son los ojos horneados y una idea del infierno.

Sombras sobre tierra amarilla. Las calles del barrio abrieron un terreno amplio. Solitario. Despejado.

La altura del barrio. El viento frío. Abajo, marañas de callejones. Desde allí podía verse Medellín, ahogada en el valle de la madrugada.

Detenerse en un campo abierto. Al frente una de las mansiones. En otra época fue el esplendor de la loma. Ahora terrenos baldíos.

Más arriba de la montaña otras casas de terratenientes y dueños de minas de oro.

Cruzar el campo oscuro y abandonado. La puerta de madera gruesa: tres metros de altura. Empujón y encender la luz del teléfono móvil.

Hedor. Olor nauseabundo y pútrido. Alumbrar el pasillo. Avanzar. Julián me seguía. Cruzar puertas a otros cuartos. Caserón viejo y abandonado. Techo alto. Patio interno rociado por la atmósfera luminosa y amarilla subiendo desde la ciudad. Seguir al fondo hasta la cocina. Y ese olor. Julián se esforzó para respirar por la boca.

Detenerse frente a una puerta. Mi brazo de luz perdido en la negrura. Luego entró Julián. El tufo concentrado a carne fermentada provenía de este sitio. La luz iluminó en el piso pedazos de sogas manchadas de sangre. Dedo cercenado. Otro. Una mano. Otra. Julián alzó la luz del móvil. Estaban allí. Dos cadáveres amarrados a una silla. Cortaron sus manos y dejaron desangrarse.

Julián escapó al patio. Vomitó.

Alumbré su rostro.

―Perdiste ritmo.

―No me digás.

―Es un mensaje ―dije lo obvio―, un mensaje político.

Le prometieron al concejal Rodrigo apoyo en una zona amplia de la ciudad, pero en Guadalupe no tiene la popularidad que necesita.

―Gracias por la invitación ―comentó Julián―, parece que trabajas para ese asqueroso concejal.

―Ay, jueputa, ya va a venir DonBuenSeñor.

El concejal Rodrigo ordenó al cuerpo de medicina legal dejar allí los cadáveres. Su plan: los líderes políticos del sector de Manrique tendrían que ir hasta la finca abandonada.

Y decidir entre el apoyo o el amarre.

―Entendido ―respondió Julián―, ¿dónde puedo ir a votar ya mismo por ese estupendo personaje?

Salir al campo oscuro y abierto.

―Los responsables: Franco Elías y Machado ―dije―, sabuesos del concejal Rodrigo.

Julián por fin entendía. Franco Elías y Machado, unas bellezas que estarían persiguiendo su trasero.

Al frente, las luces de la montaña occidental. Medellín, un Belén en la madrugada. Un pesebre en el infierno.

 

FIN.

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ…

Lea otros capítulos de la novela:

Almuerzo lagarto

¿Pero quién es Julián Gómez?

Aves de carroña

Y esa maravilla de concejal Rodrigo: Alucinas.

 

 

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