Qué horrible es viajar

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Fue una de las grandes conquistas de la clase media terrícola y por supuesto española en el último tercio del pasado siglo. Rivalizábamos con norteamericanos o italianos, nosotros, los españoles, esos que antes habíamos ido en los sesenta a ganarnos el pan y la sal a Alemania y Suiza o a recoger la vendimia a Francia acomplejados por nuestro vergonzoso pasado. Con la llegada de la democracia adquirimos poder adquisitivo y curiosidad. Nos podíamos encontrar en los lugares más exóticos: “¿Ah, tú también eres de Zaragoza? ¿Y qué haces en Ulan Bator?” “Pues ya ves, como tú”. “¿Cómo es tu apellido?” “No lo conozco” “¿Y por qué tendrías que conocerlo?”

Hace un par de años creo escribí en este blog un artículo en el que elogiaba la nueva afición de los españoles por viajar como un formidable medio para ampliar miras, conocer gentes, quién sabe si aprender lenguas, desarrollar la curiosidad y en definitiva agrandar la cultura. Poco importaba que los viajeros fueran gregarios o no fueran conscientes si estaban en París o en Praga. Con todo y con mucho algo se les quedaba a través de las fotos, los vídeos o las amistades que habían hecho en una de esas rutas bestiales de dos semanas por varias ciudades y naciones.

Si algo debo agradecer especialmente a mi padre es haberme inculcado desde niño la curiosidad por conocer países, coger la maleta sin miedo y cruzar la frontera. Luego, mi profesión periodística me permitió hacerlo con mucha frecuencia y vivir en sociedades bien distintas a la mía. Recuerdo que en los previos de una de esas aventuras siempre me sentía inquieto y hasta un poco angustiado: nuevas personas, nuevas ciudades, nuevas lenguas…¿Sería capaz de adaptarme? ¿Aprendería la lengua? ¿Haría nuevas amistades?, me preguntaba nervioso la víspera.

“Lo veo melancólico esta tarde, señor Esteruelas. ¿Qué rumia en su atormentada cabeza?”, interroga en nuestra rutinaria sesión por vídeo Joseph-Marie McFarlane, mi psicoanalista del presente siglo XXI. Ha estado unos días fuera de Kingston por motivos que ignoro y no pregunto por respeto. Diría que hasta le he echado de menos y eso que como buen lacaniano es un tirano en el análisis. No abundan los elogios para mí en este individuo elegante y adinerado, hijo de escocés y de jamaicana, a quien conocí accidentalmente hace treinta de años en una playa nudista en Montego Bay. Congeniamos hablando de literatura y psicología. Me confesó haberse enamorado como un chiquillo de una preciosa granadina de ojos verdes, mucho más joven que él. Le enseñó de arriba abajo la lengua cervantina, pero, como en cualquiera de los amores tórridos e intensos, lo dejó más fuera que dentro de este mundo. “Debió doler, Joseph-Marie, tal como me lo cuenta, ¿verdad?”, me atreví a preguntar. “Bastante, pero hay que sacar siempre el lado positivo de las experiencias. Yo ahora estoy con usted hablando en su lengua”, respondió arrogante.

“Cuénteme, Mr Bosco, ¿qué ocurre hoy?”, insistió el mulato psicoanalista desde la pantalla de la tablet esta tarde en su melodioso inglés. Se le notaba relajado y un punto afable. Además, me sorprendió que recurriera a mi nombre de pila. Fue entonces cuando le revelé mi irritación por cómo iba a tener que prepararme si deseaba continuar viajando después de la pandemia. Ya resultó un gran inconveniente a raíz del atentado de las Torres Gemelas, cuando ir a Estados Unidos era como sufrir un dolor de muelas y soportar la arbitrariedad y mala educación de cualquier aduanero. Eso se extendió rápidamente por el resto del mundo y la situación devino en peor, particularmente en el transporte aéreo: amplia antelación para la salida, controles de seguridad mayores y en ocasiones humillantes, aeropuertos incómodos etcétera, etcétera, etcétera.

“La cosa me temo pinta muy mal”, suspiré. “Yo así no quiero viajar. No me apetece hacerlo. Va a ser una tortura antes que un disfrute y con mi frágil equilibrio emocional explotaré en alguna terminal frente a un funcionario y me detendrán como si fuera un vulgar polizón. ¿Sabe?, una vez un azafato trató de expulsarme a la entrada de un avión y le dijo al comandante que tenían un polizón a bordo. Tiene su gracia. Al final pude volar”. “¡Ya llegó la jeremiada de siempre, tan suya, tan cansina, tan insufrible, señor mío! Usted tendrá que adaptarse a las nuevas condiciones como cualquier hijo de vecino si realmente quiere seguir viajando”, sentenció algo malhumorado. Lo de cualquier hijo de vecino lo dijo en español. No perdía oportunidad para hacer un alarde de memoria en lo que concernía a expresiones idiomáticas. Sin duda, su historia amorosa con la chica de Granada y luego las muchas lecturas de escritores españoles habían contribuido a ello.

Le expliqué que éste iba a ser mi año viajero por excelencia. Acababa de estar en diciembre intentando soportar con pundonor baturro dos semanas de senderismo en la Patagonia argentina y chilena y ahora planeaba ir a Israel, Bulgaria, Rumanía, Brasil y de postre Birmania con diversos grupos de amigos. Todo obviamente se ha frustrado. Pero confieso que si incluso alguna de esas metas las pudiera realizar en la segunda mitad del presente y maldito año mi cabeza no está para empacar y pasar unas semanas fuera de la cueva. No sé qué puede ocurrir de aquí a unos meses, pero cuando mi gobernante me habla de una nueva realidad grito y despierto, asustado, a todo el vecindario. Es lógico que sean tampoco dados a empatizar, como se dice ahora, conmigo.

Cuando leo, además, las nuevas instrucciones que preparan los gobiernos y las compañías aéreas es como para pegarme un tiro: tests previos al embarque, formularios, mascarillas en el interior del avión, distancia social, incomodidades en los hoteles, en los restaurantes, en los museos, en los cines, en el intercambio de opiniones con humanos como yo…En fin, río por no llorar. “Siempre tan exagerado. No tiene remedio. Lo hace para llamar la atención, para dar pena y para que alguien le traiga del desván su empolvado triciclo rojo. Basta, amigo. Un poco de sensatez. Bueno, ya hemos consumido la hora por hoy y debemos dejarlo aquí”, concluyó el profesional de la psique. Eso era algo que no soportaba a todos los psicoanalistas con los que había tenido trato como paciente: su rigidez en el horario de la sesión hasta el extremo de la intolerancia y su actitud de espera para que yo abonara la consulta sin que él o ella tocara los billetes. ¿Y si me rebelaba? ¿Si decidía ocupar por más tiempo el diván y hacerme fuerte en esa actitud? Por desgracia, jamás me atreví a hacerlo. Al menos, con el jamaicano el modo de pago es obviamente por razones de distancia geográfica diferente. Se salda con transferencias bancaria.

Confieso que muchas veces estas situaciones me enervan hasta tal punto que si tuviera una recortada le cosería a balazos al continuador de Sigmund y Lacan. Es sólo un fugaz pensamiento asesino que, inmediatamente, se evapora. Me considero una persona pacífica y, además, ni sé manejar armas de fuego ni tengo licencia. Pero, en fin, no es un mundo para viejos el presente. Y si no, que se lo digan a esos pobres de miles de ancianos con los que el bicho se ha ensañado, en gran parte por la negligencia y falta de cuidados.

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Bosco Esteruelas
Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado tres novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012) y "Retorno a Zumaia" (2014), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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