Que por mayo era por mayo

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Los últimos días de mayo son siempre de felicidad para mí. Se acaban las clases, empieza el ocio. Ocio con dignidad, si es posible, aunque tampoco me importa, en estos primeros días, dejarme llevar por el dolce far niente. Estas fechas están inevitablemente asociadas en mi mente con los puestos de helado y el piar de los pájaros, con el aroma floral de los parques y el sabor todavía algo acedo de las cerezas, con las interminables tardes que se desangran poco a poco bajo un acristalado ocaso de miradores y el griterío de los niños en una plazoleta, con las finales de fútbol y la excitación de saber que ya estamos casi en verano y que las vacaciones están muy próximas. El mes de mayo nos hace soñar con el azul de las piscinas y la húmeda brisa del paseo marítimo a la caída de la tarde. En el mes de mayo parece que todo empieza y que el buen tiempo será eterno, como la vida de un joven al acercarse a los veinte años.

 

El profesor universitario nunca abandona del todo este talante de la primera juventud, al menos en lo que se refiere a su calendario anual de trabajo. De mayo a finales de agosto le llega el descanso y se ve en la obligación –y muchas veces en la necesidad- de organizar su tiempo libre en alguna tarea intelectual de provecho. En la antigüedad los veranos se dedicaban al negocio de la guerra, pero desde hace ya mucho tiempo el verano es la estación del ocio, aunque entre los profesores este ocio tiene todavía el sentido de “otium” que le daba Cicerón o Petrarca, es decir, tiempo dedicado a menesteres puramente intelectuales. Así, las vacaciones de un profesor no pueden ser molicie, sino ocio provechoso para investigar y escribir artículos, conferencias o libros. El ocio se opone al negocio y es equidistante tanto de la holganza como del oneroso trabajo impuesto desde fuera. En las horas de ocio el profesor universitario visita bibliotecas y rellena fichas, investiga algún oscuro asunto de mínimo interés para el público general y redacta finalmente sus pesquisas y reflexiones en un artículo que solo leerán, si es que lo leen, sus colegas de profesión.

 

Naturalmente este ocio aquí descrito por parte del profesor universitario es un tanto ideal. La realidad es que muchos profesores perdemos el tiempo miserablemente y el ocio que se nos otorga para pensar, investigar o escribir lo empleamos en holgar, a la vez que buscamos cualquier simposium o conferencia, en mitad del verano, con que justificar el viaje a Italia o la semanita pasada en París, Londres o la ciudad de Cádiz. El profesor universitario, por lo general, tiene mucho de tunante y de estudiante tronera, aunque una gran mayoría engole la voz al hablar y nos haga creer que su vida de ocio en la época estival está dedicada casi por entero al estudio.

 

En todo caso, al llegar finales de mayo y el final de las clases, el profesor se hace todo tipo de ilusiones, e incluso se cree que esta vez por fin podrá rematar esa monografía que lleva tantos años en el fondo del cajón. De ilusiones también se vive, especialmente cuando estamos en mayo y empieza la calor, los trigos se encañan y están los campos en flor…

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.