Querida ministra

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Querida Margarita:

No nos conocemos. ¿Puedo tutearte? Para mí eras hasta hoy lo poco salvable de este gobierno de coalición liderado por un político que para mantenerse en el poder no le importa dañar las instituciones del Estado. Mira, fui tan estúpido y tan ingenuo que llegué hasta a votarle en una ocasión seguramente porque el candidato conservador, un poco tontuno, manifestó poco antes de la fecha electoral que no se opondría a contar con ministros de la ultraderecha llegado el caso. Me engañó como un vulgar trilero y de bolis estropeados con ese abrazo y pacto suscrito tiempo después con un populista que si se le lleva la contraria te mira con enfado y superioridad intelectual y moral. Pero esa es otra historia.

Margarita, un inteligente columnista ha rebajado la categoría arbolaria de tu apellido para cambiarlo de “Robles” a simplemente “Junco”. Y por desgracia tiene toda la razón. Por decencia no escribo una vulgaridad ligada a tu ropa tras el sainete de los servicios secretos. ¡¿Pero cómo es posible, tú, una mujer con personalidad, que cuando habla lo hace claro para que lo podamos entender todos?! ¡¿Pero cómo es posible que hayas tragado con el chantaje que al jefe de gobierno le han impuesto los nacionalistas catalanes y también los vascos, claro está?!

Querida ministra, estoy seguro, puesto que has dado sobradas muestras de inteligencia, que el pasado fin de semana fue uno de los más horribles de tu vida política. ¡Y mira que has tenido! ¿Se lo comunicarías a tu pareja? Te desayunaste con la supuesta exclusiva de ese diario cuyo prestigio hace ya tiempo se fue por el sumidero, que adelantaba que el Gobierno preparaba el relevo de la directora general del CNI (Centro Nacional de Inteligencia) a raíz del espionaje de una veintena de políticos y activistas catalanes, autorizado judicialmente, así como el pinchazo de tu teléfono, el de tu jefe y el intento con el de otro colega con ese sistema cibernético israelí llamado Pegasus. Anda, a mí igual me lo han infectado también por carcajearme del rostro de Pep Guardiola tras la eliminación del Manchester City por el Real Madrid.

¿Qué te diría tu superior para tragarte tamaño sapo? “Margarita, hay que ser patriota en estos momentos tan complejos y tan difíciles. Hay que hacerlo por el bien del país, etc, etc”. Traducción a la lengua de tu conducator: “Margarita, chica, hay que deshacerse de Paz Esteban [la responsable del CNI], porque me lo exigen el presidente de la Generalitat, Esquerra y compañía y ese exaltado podemita, que más que portavoz parece el Robespierre del siglo XXI”.

“¿Pero, jefe, y luego qué pasará? Estos tipos nunca están contentos. Piden siempre más. Querrán mi cabeza y luego quién sabe si la tuya también. ¿No te das cuenta? ¿Pero qué mal ha hecho Paz espiando a gente que lo que busca es romper las instituciones?”, le habrás dicho tú, política honrada, al astuto mandamás. “Tranquila, Marga, confía en mí. Todo al final sale como yo quiero. ¿Te acuerdas de esa célebre frase mía sobre de quién depende la Fiscal General del Estado? Pues eso”.

Y dicho y hecho, el “día de autos”, la jornada en la que el Gobierno entregaba la cabeza del Bautista en versión femenina al capricho de la “Salomé independentista”, el conducator manejaba sus contactos a placer para que “el periódico global” abriera a toda plana con una entrevista con el máximo dirigente de los indepes: “Ayudaremos si hay garantías de que no volverá a ocurrir”. ¡Anda, qué bien! ¿Pero cómo no va a ocurrir más veces si el radicalismo más extremo de los nacionalistas lo que pretende, en coherencia con su ideario y por definición, es romper con el Estado?

Margarita, como buena gente que me precio ser, me solidarizo contigo con el atiborre de lexatines y otros calmantes que necesitaste, y por qué no, una copita de coñac momentos antes de tener que afrontar el encierro, tú solita, con los chicos de la prensa. Incluso te atreviste a corregir a uno de los reporteros al explicar que no era un cese el de Esteban, sino una sustitución por otra funcionaria de la Casa, Esperanza Casteleiro, que «casualmente» era hasta ayer secretaria de Estado de Defensa. Al menos, tu jefe supremo accedió a tu propuesta y no a la que tenía él. Perdóname mi grosería si afirmo que los efectos del alcohol algo empezaron a notarse en tu cerebro cuando sin pestañear les contaste a los periodistas que la “sustituida” lo había hecho todo bien y que por tu parte no tenías ninguna queja. Nada, era simplemente dar un impulso a la Casa. Será por tu parte lo de los elogios, porque por la de la vocinglería catalana es bien distinto. Del “España nos roba” han pasado a “España nos espía”.

A mí siempre me atrae destripar la psique humana y me hubiese gustado estar allí observando tus gestos, tus malos tragos y tus silencios desde una esquina. Y luego en los pasillos del ministerio, en el ascensor y en tu despacho. Escuchar tu primera llamada telefónica. Cuando se apagaron las luces y los de los medios se largaron, ¿qué dijiste a tu jefe de gabinete o a tu portavoz? No me creo para nada que les confesaras que lo habías hecho muy bien, que habías salido airosa del engorro en el que tu jefe te había metido. Ellos, obviamente, se habrán deshecho en alabanzas de tu intervención. Va en el sueldo. “Muy bien ministra”, te habrán dicho al unísono. “Has estado muy valiente y muy clara. Como siempre”. Para eso les pagan, para esas lisonjas, habrás pensado.

Lo que ya me pareció excesivo, aunque por otra parte refleja tu personalidad y entrega, fue cuando afirmaste sin que te temblara la voz que eras y seguirías siendo una colaboradora fiel del conducator monclovita. ¿Había necesidad de ello? ¿Fuiste realmente sincera, Margarita?

Tus palabras quizá se las lleve el viento y ese político a quien tanta lealtad expresas -no olvidemos que fuiste una de los pocos diputados que apoyaron a tu jefe y en contra de la abstención socialista para que siguiera más tiempo el anterior Gobierno conservador- no entiende de fidelidades, convicciones, amistades o lo que sea cuando se trata de emociones y sentimientos. Él es él. Y después, Él.

Lo siento de veras. No sé si darte mi más sincero pésame u ofrecerte mi residencia marítima en mi ciudad accidental para hablar de cualquier cosa menos de la podredumbre que se ha convertido la política de este país. A lo mejor te viene bien.

Aquí me tienes para lo que quieras.

Un saludo

Bosco Esteruelas

 

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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