Quise no olvidarme de él

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Nunca más he vuelto a hablar sobre él.

 

No es porque no lo recordara, a cada instante, o porque lo hubiese olvidado. Sino porque mi vida era como los teletipos que llegan a una redacción: las vivencias nuevas devoraban a las viejas.

 

Recuerdo la última conversación que tuvimos en el Kibbutz. Aunque no la he relatado entera. Fue la última vez que bebí café árabe (fuerte, negro, amargo, sin leche, sin azúcar: delicioso) en Israel. La última vez que vi un atardecer en Ein-Hashofet, una comunidad agraria perdida entre las praderas verdes del norte del país. Como de costumbre, hoy he visitado mi Facebook. Esa página web que te dice cúantos amigos te quedan. Quise ver sus fotos. Recordar su mirada. Su tono de voz siempre cauto, seguro, sin miedo y bondadoso. Él hablaba más con silencios que con palabras.

 

Pero ya no lo tenía entre mis amigos.

 

Como muchos otros israelíes me borró de sus contactos. Quizás porque a mi regreso a Europa empecé a dar charlas sobre la vida cultural en Cisjordania, sobre el Teatro de la Libertad palestino en el que trabajé, sobre el concepto de Intifada Cultural.  Empecé a enseñar fotos a todo el mundo de escenarios palestinos, de actores árabes; sedienta de demotrar que no eran terroristas. Que simplemente eran un pueblo vivo y con ganas de vivir. 

 

Pero –pensándolo bien– no creo que me eliminara por eso, sino por mi maldita arrogancia. Por no saber escucharle.

 

Eran las 19:35h de la tarde de un Madrid lluvioso y gris. Una ciudad que me había admitido sin acogerme, sin mostrarme su calidez –a diferencia de Yenín, Palestina–. Una ciudad en la que me sentía extranjera. Torpe y desubicada. Madrid y yo no habíamos empezado con buen pie. Nunca relaté cómo llegué a la capital española. Quizás debería hacerlo. Pero ahora, sencillamente, no me apetecía.

 

Quise darme el lujo de apartar por un segundo todas las tareas periodísticas que me perseguían. Un segundo para huir corriendo del ciclón de información que se renueva por las mañanas en las páginas manchadas de los periódicos. Un tornado que todos los redactores estamos obligados a leer. Quise darme el lujo de desconectar. Aunque los reporteros tenemos prohibido aislarnos. Se nos exige estar conectados al cosmos. Mandar tweets, actualizar redes, buscar fuentes e ingeniarnos cómo encontrar una historia que contar al mundo. O a veces, que contar a nosotros mismos, como este post. Este pequeño cucurucho de letras sin sentido que envío. Con el deseo de que alguien lo encuentre, lo lea y lo entienda. O con el deseo de entrar dentro de mí misma y salir de mi cabeza. ¡Qué se yo!

 

Volví a penetrar en mis recuerdos. Lo hacía cada vez que mi memoria recordaba alguna imagen de Israel. Lo hacía cuando tecleaba en mi maltratado MacBook sobre Oriente Medio. Lo hacía cuando me negaba a olvidarme de él.

 

–No sé lo que significa ser judío. Tengo miedo de viajar a Europa y que la gente me mire mal porque no les guste la política de mi país –me dijo en una ocasión.

 

Era marzo del 2012. Estábamos cenando en un restaurante japonés en Ramat Yishai. Una ciudad situada a diez minutos en coche de el Kibbutz en el que vivíamos. Era nuestra primera cena juntos. Yo tenía 27 años, y él 24. Acababa de terminar su servicio militar. Él quería viajar, ver otros mundos distintos a su país. Un país siempre en pie de guerra. Un país habituado a vivir entre bombas, muertos, armas, drogas, tiendas de lujo, discotecas, idiomas europeos, desiertos, cosechas, playas, montañas, muros, soldados, religiones y tierra santa.

 

–Nadie te va a mirar mal en Europa. Eres una persona excepcional.

 

Y realmente lo era. Tenía una bondad que nunca había visto. Podía leer a través de su mirada. Era transparante. Sin malicia. Bondadosa. Como alguien que quería escucharte 24 horas. Decir lo fantástica que eras. Prepararte la cena. Grabarte un cd con la música que te gusta. Alguien que siente que hablar contigo le hace sentirse lleno, mejor persona.

 

Yo era todo lo contrario. Nunca le escuché del modo que él lo hacía. Nunca respeté su timidez. Quería que se comiese el mundo. Quería que compartiese mi energía. Que explotara su potencial como músico. Que viajara y viviera otras culturas. No lo hacía por mal. Consideraba que viajar era la única manera de aprehender –escrito con h- cómo conocerte. Él era inseguro. Igual que yo. Aunque nunca se lo dije. Él era romántico. Igual que yo. Aunque nunca se lo dije. Siempre preferí callar y escribir. Como hago ahora. Como hice siempre. A fin de cuentas, tecleaba letras porque era la única manera que tenía de vaciarme. De poner a cero el contador de recuerdos. Algo imposible.

 

–¿Sabes?, a veces me pregunto que pasó con los palestinos que arranqué de sus casas cuando estaba en el ejército. Tenía que entrar en sus viviendas, llamar a la puerta y sacarlos. Yo sólo cumplía órdenes. Nunca supe por qué lo hice. Me lo mandaban mis oficiales y tenía que obedecer. A veces, al entrar en sus salones, sus familias intentaban hablarme. Pero no les entendía. Por eso estoy estudiando árabe –hizo una pausa–. A veces, me pregunto qué significa ser judío y si tengo que vivir en este país para siempre. Pero mis padres no entienden que me vaya. He de estar aquí.

 

Tenía que contenerme para no mojar mis pupilas cuando me hablaba. No sé si por la intensidad con la que lo hacía o por la intensidad con la que vivía su cercanía. Estar a menos de diez metros de él era lo mismo que quemarme viva. Nerviosa y randiante. Por aquel entonces él confiaba en mí. Yo era su confidente. Pero dejó de hacerlo. Siempre pensé que se alejó por mi vinculación con Palestina –aunque él era un israelí de izquierdas–. Pero no fue así. Fue porque me gustaba más hablar sobre mí misma que entenderle. Entender cómo se sentía al acabar el ejército tras cuatro años recibiendo órdenes, sin hacer preguntas. Entender su sensbilidad.

 

Emigré de mis recuerdos. Eran las 21:00h de la noche. Mis tareas periodísticas estaban esperando, esperando a ser escritas. Volví a mi Madrid. Un Madrid que también me ignoraba. Me revolvía por dentro desgarrar los fotogramas de la memoria. No era apropiado perderse por las ramas del pasado. Más aún cuando ese pasado era tan punzante.

 

Pero, sinceramente, por unas horas, todo me daba igual. Simplemente quería no olvidarme de él. Supongo que son gajes del oficio.

 

Es hora de mandar un nuevo Tweet.