Reflexión irónica sobre el sentido del arte en el siglo XXI

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Me preguntaba el otro día un alumno en qué se distingue el buen escritor del menos bueno, si está en su estilo, en lo que cuenta o en el calado de su mensaje. Sin pensarlo mucho le contesté que en la combinación de esas tres cosas, claro está, pero, más aún, en la capacidad para expresar convincentemente un estado de ánimo, una vivencia o un concepto cualquiera. Los caminos para llegar a este punto son múltiples y variados, le dije, aunque al final debe imperar en el escrito de todo buen escritor coherencia, armonía y claridad, como en la estética defendida por Santo Tomás y suscrita por el pedante de Stephen Dedalus.

 

Mi alumno, que era preguntón y algo impertinente, me recordó entonces algunos ejemplos vanguardistas que venían a contradecir mi tesis y luego me señaló que para él sí era posible crear belleza (verbal o de otro tipo) mediante la incoherencia, la inarmonía y la oscuridad. No quise entrar al trapo y concedí que quizá una obra artística podía reunir esas características, pero siempre que estuviera controlada o hubiera por parte del artista un sesgo irónico. Allí se acabó el debate porque otro alumno levantó la mano y preguntó si esto también entraba en el examen.

 

El debate acabó allí, pero al llegar a la oficina me puse a darle vueltas al asunto y antes de la clase siguiente, en los pocos minutos que tenía, pergeñé apresuradamente esto que ahora transcribo:

 

La modernidad no se entiende sin los efectos corrosivos de la ironía romántica. Un arquitecto diseña un edificio y, de pronto, se da cuenta que le falta originalidad -que su diseño se ha hecho ya muchas veces-, y así decide que el edificio tenga, en lugar de un tejado plano con azotea, una cúpula otomana o una hendidura en forma de cerrojo demediado sin más funcionalidad que crear sorpresa, chasco o estupefacción. El arte vanguardista y el postmoderno resienten cualquier forma tradicional, pero no por ello crean otras formas, sino que las recrean, las rehacen y, de paso, las ponen en solfa. El arte postmoderno no tiene, ni puede tener, sentido del ridículo por la sencilla razón de que todo artista se parapeta detrás del escudo de la ironía, que es, de por sí, desvergonzada, descreída, atea, incluso nihilista. Occidente perdió a sus dioses y a sus héroes, se quedó sin cánones ni leyes trascendentales y, para colmo, se ha visto poco a poco desbordado por la muchedumbre y la vulgaridad del vulgo. ¿Cómo luchar contra ello? El artista del XIX se encerró en su torre de marfil o salió a la calle a dar testimonio de lo que veía, pero con el tiempo muchos empezaron a sentir que nada puede tomarse muy en serio cuando se viven cuatro días y, menos aún, el arte, que es la mayor vanidad entre las vanidades; y que siendo esto así, como lo es, no hay más alternativa que salirse por la tangente de la ironía, esto es, la desacralización permanente de cualquier institución humana y la burla de todo trascendentalismo, empezando y terminando por el trascendentalismo artístico. ¿Debemos entonces bajar los brazos y dejarnos avasallar por la vulgaridad del vulgo? No, sino ironizar de manera clarividente y precisa o, en términos escolásticos, con integritas, consonantia et claritas.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.