Reunión en la cárcel

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Fue una invitación de Solidarios para el Desarrollo, una ONG que se ocupa de promover la cultura en el mundo carcelario con diversos programas muy acertados, lo que me motivó visitar días atrás la prisión de Soto del Real, famosa porque en ella han estado entre otros Mario Conde, Rodrigo Rato, Guillermo Díaz Ferrán, Sandro Rosell o parte de los condenados y luego indultados por el procés. Todos ellos ya salieron. Pero sí continúan, por ejemplo, Luis Bárcenas u otros que no han alcanzado la dudosa fama de los mencionados. La experiencia resultó muy interesante. Lo de menos fue hablar sobre el poder de los medios de comunicación. Lo mollar estaba en escuchar lo que ellos pensaban de la justicia, la prensa y la sociedad en general. Me supo a poco. El tiempo estaba limitado.

Mi llegada al penal, ubicado en un paraje magnífico de la sierra de Guadarrama, a una treintena de kilómetros al norte de Madrid, me impactó. Recordaba muchas imágenes vistas por televisión cuando salía Conde en su primer permiso o Rato, con una abultada bolsa de viaje, a la llegada pidiendo perdón por sus equivocaciones en la desangelada explanada que conduce al ingreso. O al mismo Bárcenas, a quien no tuve ocasión de conocer porque seguramente no está demasiado interesado en que le cuenten una de indios sobre lo que representa la prensa. Supongo que él tiene ya elaborada su composición de lugar y no simpatiza con ningún periodista en general o recurre a él cuando sabe hábilmente sacar provecho del encuentro.

De lo que pude deducir de la reunión es que los presos tienen en baja consideración a los medios. Quizá no les falta razón. Uno de ellos, por su acento me pareció colombiano, no hizo distingos. Derecha, izquierda o centro, toda la prensa está sesgada y miente, sentenció. Evitaré dar nombres de los asistentes con los que tuve el placer de charlar. Todos mostraron gran educación y respeto cuando yo hablé. No dudo que más de uno se controló para no bostezar pues la batallita de la prensa la tienen ya muy sabida, pero se despidieron personalmente agradeciendo la visita. En realidad, el ciudadano externo valora más que nunca la libertad cuando abandona la cárcel y presupone el drama que significa no poder disfrutar de ella. Es como cualquier otro elemento de nuestra vida. Lo que se tiene no se valora suficientemente y al revés.

Como afirma en sus memorias Sandro Rosell, el ex presidente del Barcelona que pasó 643 días en prisión preventiva en Soto para luego ser absuelto de un presunto delito de blanqueo de dinero, la cárcel la tiene cada interno muy metida en la cabeza por encima de cualquier otra cosa. Exige una fortaleza y reflexión que no todos son capaces de digerir. La amistad incluso entre gentes de distinto estrato social, el trabajo, el estudio, el ocio y hasta el humor pueden hacerla más llevadera. Pero nunca suficientemente.

Afrontar el futuro debe ser harto complicado en personas que a lo mejor han sido condenadas a 30 años. Individuos que hasta hace poco gozaban de influencia política, prestigio social y dinero, pero que cometieron el error de delinquir por abusar de lo que no les pertenecía. Otros, en cambio, condenados por horrendos e increíbles delitos de sangre, te hablan con buenos modales, ocupan el tiempo estudiando una carrera o intercambian contigo nombres de colegas que ambos conocemos o experiencias y datos sobre la ciudad donde yo accidentalmente vivo. Cuando te informas por terceros del motivo por el que está en cárcel te falta el aire e intentas comprender la atrocidad. Pero no lo consigues. Obviamente no estás allí para preguntar qué le motivó cometer el crimen. Y la perplejidad rebasa tus límites cuando en un momento determinado afirma delante de todos que un famoso ex fiscal retirado le manifestó que él no debía haber sido procesado.

Rosell, en sus memorias, se muestra muy escéptico sobre la cárcel como lugar de educación y reinserción social. Faltan medios, el trato de los funcionarios y celadores no siempre es el más correcto y existen protocolos muy rígidos como son el poder acceder únicamente a un internet controlado o la prohibición del uso del móvil. Hay submundos y diferencias sociales. Quien tiene dinero se mueve evidentemente mucho mejor que el que no lo tiene. Esto no quita para tener derecho a comprar un televisor e instalarlo en la celda o disponer de prensa escrita diaria en la biblioteca.

El preso tiene que soportar la condena judicial, la social y ahora con la aparición de las nuevas tecnologías la temible condena digital, que le perseguirá de por vida. Sabe que cuando salga finalmente libre su nombre continuará manchado. La sociedad lo habrá condenado y estigmatizado, lo considerará un apestado y ni siquiera tendrá el derecho al olvido. El derecho a que su pasado quede borrado en las páginas digitales de Google u otros buscadores. Eso me pregunto cómo se resuelve.

Me llamó la atención que ninguno con quienes hablé manifestara perdón por el delito cometido. Es cierto que el encuentro no se había organizado para ello. En cualquier caso, fueron muy críticos con la justicia, con la arbitrariedad y caprichosa interpretación de la ley por parte de algunos jueces, la lentitud hasta la celebración del juicio, el plazo exagerado de prisión preventiva (dos años más otros dos renovables), así como con la policía a la hora de filtrar interesadamente sumarios, y por supuesto con los medios, a quienes acusan de informar imprudentemente sobre supuestos delitos cuando aún no han sido probados. En fin, la llamada pena del telediario. En ese sentido no les falta la razón y así traté de reconocerlo.

Sin duda, los medios tienen gran parte de culpa del descrédito del condenado por acción u omisión. Ciertamente no son los únicos responsables. La prensa es la correa de transmisión de lo que los poderes políticos, económicos y judiciales dictan y en buena parte absorbe lo que la sociedad demanda. Pero pese a todo tiene el deber de educar a la opinión pública y reflexionar sobre las consecuencias que acarrea para una persona presuntamente inocente la filtración de declaraciones en comisaría, informes a veces sesgados de unidades de investigación policial o imputaciones judiciales que salen a la luz sospechosamente coincidiendo con algún evento importante político. El titular y el artículo quedan ya en la memoria del ciudadano, quien dicta sentencia sin considerar la fase en la que esté abierta una diligencia.

Me viene ahora a la memoria El honor perdido de Katharina Blum, una novela del Nobel alemán Heinrich Böll, que llevaron al cine en 1975 Volker Schlöndorf y Margarethe von Trotta, escrita en medio del pesado ambiente policial que vivía Alemania en los primeros setenta para frenar los atentados terroristas de la banda Baader Meinhof. La protagonista, una empleada de hogar que pasa una noche con un delincuente sin conocer sus actividades, es acusada por la policía de terrorismo con la colaboración de un periodista de un diario sensacionalista. Al final ella decide tomarse la justicia por su mano, mata al reportero y termina en la cárcel.

Quedó claro de mi encuentro con un grupo de reclusos de Soto que la ley no es igual para todos y que por desgracia suele ser mucho más severa y rígida cuanto más débiles son. Los que tienen poder, influencia y dinero salen golpeados por el tiempo de reclusión, pero al regreso a la libertad se mueven con mucha más facilidad que los que no gozan de ese estatus, conscientes de que no pocos volverán a delinquir y a retornar a prisión.

A la prensa en particular y a la sociedad en general no les interesa lo que pueda pasar por la cabeza de un recluso: si sufre, si su sentencia es desproporcionada o injusta, si es objeto de abusos por parte de otros compañeros etc. Que paguen por su fechoría, que se pudran en la sombra. Lo tienen merecido por delinquir, por no haber sido hábiles en sortear las leyes o por infringirlas torpe y groseramente. No son en principio noticia a menos que se trate de alguna figura política o social de relieve o sean autores de asesinatos espantosos. Aunque ahora en un gesto de mayor solidaridad y comprensión con el preso los medios hacen de vez en cuando reportajes sobre la vida en prisión o acuden con sus cámaras o micrófonos para realizar un programa en directo desde algún centro de internamiento.

Yo mismo salvando las distancias es lo que hice visitando la cárcel de Soto del Real: pasé tres controles de seguridad, saludé, hablé, intercambié opiniones, volví a saludar en la despedida y regresé al mundo exterior y en definitiva a la libertad. Confirmé que es lo más preciado que tengo.

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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