Ritos y sombras en Pekín

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En las próximas semanas el Gran Palacio del Pueblo de Pekín será escenario del conclave comunista chino. La República Popular continúa moviéndose en lo político como un zombi, que se tambalea en medio de un campo oscuro, misterioso y cerrado. El imperio de la ley dista mucho hoy en día de ser eficaz

 

Cina è vicina. Recuerdo que ése era el título de una película del italiano Marco Bellocchio en la segunda mitad de los sesenta. China está cerca y sin embargo lejos. Muy lejos de la cultura democrática occidental. Claro que tal vez el futuro mundial no resida en una sociedad de libertades, ésas que las autoridades del gigante asiático se resisten a conceder a sus ciudadanos. Afirmo esto al hacer un repaso rápido de todo lo que ha sucedido en los últimos meses, o lo que está sucediendo ahora mismo. Luces y sombras, ritos y símbolos de un régimen de etiqueta comunista, pero al que el padre de la reforma, Deng Xiaoping, se encargó de darle la vuelta de arriba abajo y de emprender la liberalización económica pero no política a principios de los ochenta. Cina non è vicina, si se me permite cambiar el título del filme italiano. China está lejos, continúa estando muy lejos de los patrones de las democracias occidentales y lejos también de su vecino, su odiado vecino, Japón, con el que hoy pelea por la soberanía de un archipiélago deshabitado, rico, al parecer, en recursos petrolíferos y gas, y al que, sin embargo, ha superado en Producto Interior Bruto (PIB). China es hoy la segunda potencia económica mundial y no son pocos los que vaticinan que adelantará a Estados Unidos antes de la mitad del presente siglo.

 

Como corresponsal en Asia para el diario El País a finales de los ochenta y principios de los noventa tuve la oportunidad de visitar el país en muchas ocasiones desde mi base permanente en Tokio y de presenciar en directo, desde su inicio, en marzo, hasta su sangriento final, en junio, la pacífica primavera estudiantil que desembocó en la tragedia de Tiananmen. Ese episodio no ha sido todavía completamente aclarado por las autoridades locales y pesa como una losa en los actuales gobernantes más de veinte años después. Tarde o temprano el régimen, o lo que quede de él en el futuro, deberá explicar los desmanes militares y hacer una sincera autocrítica, muy distinta a esos juicios que han vertido en los años pasados de que el gobierno y el ejército se vieron desbordados y sin medios para contrarrestar la violencia de un grupo de ciudadanos criminales y contrarrevolucionarios que manipularon al resto.

 

La última vez que estuve allí, unos años antes de los Juegos Olímpicos de 2008, modélicos de organización y de éxito deportivo para la República Popular, me quedé sin hipo al ver el cambio de fachada que estaba experimentando Pekín, con su nuevo aeropuerto, sus barrios modernos, amplias avenidas, rascacielos, restaurantes, discotecas, y boutiques de lujo. Noté menos contaminación. Todas las viejas casas de las angostas calles próximas a Tiananmen habían sido derribadas por la piqueta sin piedad para sus residentes. La capital se aproximaba finalmente al desarrollismo gigantesco del sur, simbolizado por encima de otras ciudades en Shanghái.

 

Sin embargo, muchos de los desfases que empezaba a sufrir la sociedad china en la segunda mitad de los noventa y principios del presente siglo persisten actualmente con toda su crudeza, y tal vez de manera más aguda. Por mucho que haya aparecido una clase media, los desequilibrios entre las provincias meridionales y nororientales frente al resto de la poblada nación se acrecientan con lo que eso comporta de riesgo de inestabilidad y explosión social. Desde entonces a hoy la cúpula comunista ha proclamado su compromiso de reducir esos fuertes desequilibrios y anunciado planes de desarrollo para potenciar las regiones del centro más deprimidas sin demasiado éxito.

 

En los noventa, la corrupción era un fenómeno que comenzaba a ser preocupante. Y en especial la implicación de no pocos altos funcionarios municipales en operaciones ilícitas de desvío de fondos al extranjero y cobros ilegales de comisiones. En realidad, ése fue uno de los motivos por los que los estudiantes salieron de las universidades para protestar por los abusos y los privilegios de que gozaban los dirigentes y sus hijos en detrimento del resto de la población. Hoy, el fenómeno de la corrupción se ha incrustado dentro del propio cuerpo del régimen, es como una especie de razón de existir extendida a las capas ricas, a pesar de que ha habido en ocasiones acciones ejemplarizantes contra funcionarios deshonestos, detenidos, procesados y condenados a severas penas de cárcel y en algunos casos directamente ejecutados. Ése es un cáncer galopante al que nada ni nadie parece capaz de poner freno. Un tumor que puede dar lugar a revueltas sociales en las áreas menos desarrolladas y a encender la mecha de los movimientos segregacionistas en provincias como la norteña Xinjiang. No olvidemos una cosa: China es un coloso económico, sin duda, con un ritmo asombroso de crecimiento de dos dígitos –la crisis occidental ha hecho, no obstante, rebajar el ritmo–, pero cargado de incertidumbres e inseguridades de sus propios gobernantes ante los fuertes desequilibrios regionales, los movimientos independentistas del norte, el destino de Taiwán y en cierto modo de Hong Kong, así como la falta de libertades políticas. Es un vecino inquietante para Japón, protegido por el paraguas militar estadounidense, y al que los demás países del continente observan igualmente con recelo (Vietnam, Malaisia o Filipinas) aún a pesar de sus reiteradas manifestaciones pacifistas contrarias a dominar la región.

 

En las próximas semanas el Gran Palacio del Pueblo será escenario del conclave comunista chino, ese encuentro que reúne a los delegados del PCCh (Partido Comunista Chino) cada cinco años para discutir las políticas del siguiente quinquenio y sobre todo elegir a la cúpula: el exclusivo Comité Permanente y el Politburó. Por lo general, todo viene ya guisado de meses anteriores o de las discretas reuniones que mantienen los dirigentes en el balneario de Beidaihe en verano. Allí solía acudir Mao Zedong, a nadar y a preparar sus purgas políticas, y allí también solía hacerlo el pequeño Deng Xiaoping, el padre de la reforma, rehabilitado tras la Revolución Cultural y la desaparición del Gran Timonel, y al que los estudiantes acusaban de traidor durante las protestas de la primavera de 1989.

 

China asombra. No es para menos. En menos de medio siglo ha pasado de ser una inmensa nación inmersa en la pobreza a convertirse en la segunda potencia económica mundial, rebasando a Japón y rivalizando con Estados Unidos, su gran y verdadero enemigo. Ambos están abocados a entrar en colisión a través de guerras comerciales. Y por el bien del mundo esperemos que se quede en eso. ¿Qué hará Washington si Pekín decide un buen día recuperar por la fuerza la isla de Taiwán? Un estudioso australiano, Hugh White, en un reciente ensayo titulado The China Choice, sostiene que lo más prudente será la creación de un nuevo orden en donde la influencia y presencia chinas en el continente asiático aumenten para satisfacción de Pekín, pero sin que eso suponga el debilitamiento estadounidense en la zona. En fin, la cuadratura del círculo, a mí modo de ver. ¿Se quedará de brazos cruzados Japón? Pekín odia, a la vez que comienza a menospreciar, a Tokio, sabedor que ha perdido su poderío económico y por tanto goza de menor influencia en Asia. Ahora bien, sería una locura que la sociedad china y sus autoridades dieran rienda suelta a sus entrañas nacionalistas causadas por el rencor histórico ante una nación que resulta ser su primer socio comercial.

 

La República Popular continúa moviéndose en lo político como un zombi, que se tambalea en medio de un campo oscuro, misterioso, contradictorio y cerrado. El régimen refleja su falta de seguridad cuando aprieta el puño contra la población y atemoriza a la disidencia cada vez que se producen acontecimientos externos o internos de relieve. El año pasado, durante la primavera árabe, estrechó la vigilancia en los campus y el control de las redes sociales, que hoy en día se han convertido en un quebradero de cabeza para el régimen. Intenta frenar el flujo cibernético, pero no siempre lo logra. Ya sabemos lo que decía Deng sobre las libertades políticas: si se abren demasiado las ventanas hay peligro de que entren las moscas.

 

Las moscas entraron. Hace tiempo que lo hicieron y las autoridades son muy conscientes de que tarde o temprano tendrán que dar cauce de algún modo a la demanda de libertades políticas que casen mejor con la enorme modernización que ha registrado el país asiático en menos de tres décadas. ¿Cómo lo harán? Ése es el gran misterio. En plena era de internet y pese a las fuertes restricciones impuestas a los servidores extranjeros, el gobierno apenas puede contener la proliferación de microblogs, que revelan situaciones silenciadas por la prensa oficial. El chino es chismoso, muy curioso. Sabe que los medios oficiales u oficiosos no le contarán ni mucho menos toda la verdad. Y eso que, a juzgar por los sinólogos, periódicos como el Renmin Ribao [el Diario del Pueblo], se han adecuado a los tiempos y han dejado de ser esas sábanas enormes de propaganda comunista remedo del Pravda soviético o del Granma cubano. Con todo, esos tímidos avances no se traducen por el momento en una mayor transparencia de lo que se cocina en Zhongnanhai, el exclusivo y hermético reducto donde vive la gran mayoría de la dirigencia comunista. Mao vivió allí hasta el final de sus días, pero Deng, por ejemplo, no.

 

Las vísperas del XVIII Congreso del PCCh parecen confirmar tal aserto. La fecha del conclave ha tardado en conocerse. Finalmente se ha anunciado que comenzará el 8 de noviembre. Pero entretanto se han registrado acontecimientos inquietantes: el nuevo rifirrafe con Japón por la soberanía de un archipiélago en el Mar Meridional con el auge nacionalista manipulado por el poder, extrañas desapariciones de altos cargos, destituciones sospechosas y dirigentes en ascenso defenestrados por graves desviaciones disciplinarias (léase el caso del carismático Bo Xilai). De una cosa, sin embargo, ningún sinólogo parece dudar: la retirada del presidente Hu Jintao y actual secretario general del partido por el vicepresidente Xi Jinping. Éste, sin carisma como Hu, tecnócrata y pragmático como él, que vivió un tiempo en Estados Unidos cuando era joven para aprender inglés, ascenderá a la jefatura del Estado el próximo marzo con ocasión de la reunión anual de la Asamblea Nacional. Un rito clásico.

 

Pero en este proceso misterioso y controlado de cambio de guardia será necesario observar no pocos detalles como, por ejemplo, si el relevo en el liderazgo significará también un cambio inmediato en la presidencia de la comisión militar. A ese puesto se aferró Deng cuando, sobre el papel, abandonó todos sus cargos. Tras los gravísimos incidentes de Tiananmen y el ascenso en junio de 1989 de Jiang Zemin, un frío y desdibujado dirigente de Shanghái, el pequeño y fallecido líder cedió meses más tarde ese puesto. Será igualmente importante, por supuesto, conocer la lista definitiva de los siete miembros que conformen el Comité Permanente, el órgano ejecutivo del partido, y en qué orden figuran, así como la veintena de integrantes del Politburó. Resulta siempre entre cómico y fascinante cómo se presentan “ante el mundo” los elegidos. Es un rito casi vaticano. Recuerdo cómo en 1997, cuando Jiang Zemin fue reconfirmado, los observadores nacionales y extranjeros prestaron atención al pequeño desfile de la dirigencia. Salieron en fila india, en la antesala del Gran Palacio del Pueblo, sonrientes y a paso lento escrutados por la mirada de los periodistas. Era importante saber si el odiado primer ministro Li Peng, a quien muchos acusaron de ordenar la represión sangrienta de Tiananmen, caminaba segundo o tercero. El último de la alineación era una figura nueva: un joven político llamado Hu Jintao, el actual secretario general y presidente de la república.

 

Pero más allá del rito y ceremonial que rodean un cónclave comunista chino, el congreso del PCCh es verosímil que encuentre un punto de equilibrio entre las dos facciones actuales: los pragmáticos en la línea de Hu Jintao, partidarios de avanzar en la reforma del mercado y quienes ven con preocupación creciente el imparable desequilibrio social entre las provincias meridionales ricas, y el resto. Y en medio de todo ello, unos y otros deben evidentemente ser muy conscientes del dañino impacto causado por la corrupción política y económica de los propios gobernantes. Es un fenómeno que lejos de remitir se agranda. Los efectos en la población son tremendos, cada vez más divorciada de sus gobernantes. La justicia desempeña en pocas ocasiones la función de condenar. El imperio de la ley dista mucho hoy en día de ser eficaz.

 

A este respecto la figura del defenestrado Bo Xilai, líder del partido en la provincia de Chongqing, tiene una especial relevancia. Toda su ascendente trayectoria se debía a su campaña contra la corrupción política, y así lo había reflejado con detenciones y procesamientos de funcionarios deshonestos. El enjuiciamiento y condena de su esposa por el asesinato con cianuro de un hombre de negocios británico en la habitación de un hotel hace un año causó su apartamiento del cargo en marzo y ha puesto fin a su carrera política. Bo era un dirigente atípico para lo que es hoy el modelo de gobierno chino. Algunos incluso observaban gestos de líder populista occidental, volcado en denunciar los desmanes y recuperar aspectos positivos del maoísmo. Hay, sin embargo, quienes lo consideran como otro político sin escrúpulos, ávido de dinero. La vida de su esposa lo parece corroborar. Este asunto podría servir de argumento magnífico para una novela negra ambientada en la China profunda. La suerte final de Bo se ha conocido por fin estos días. El anuncio de que ha sido definitivamente apartado y expulsado del partido y que será juzgado por “múltiples crímenes” ha coincidido con el de la fecha de celebración del congreso comunista. No es casual. Con las graves imputaciones de presuntos delitos de abuso de poder, soborno y relaciones impropias con mujeres, así como posible encubrimiento del asesinato del empresario británico a manos de su esposa se ha querido hacer ver desde la facción de los pragmáticos que el poder castiga a quienes infringen la ley y que la prepotencia, la arrogancia y las ambiciones por destacar por encima del resto se pagan caras. Desde la muerte de Deng, la dirigencia comunista china ha sido colegiada y así se quiere que continúe que sea durante un cierto tiempo. Un capítulo más de esta Cina non vicina.

 

 

 

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Mantiene el blog La mirilla. En FronteraD ha publicado Pese a todo, Obama

 

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Autor: Bosco Esteruelas

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana