Rumbo al paraíso artificial

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No sé si me voy a volver tan loco como ese personaje del cuento de Hoffmann que se enamoraba perdidamente de un autómata de bellos ojos azules, pero sospecho que dentro de muy poco -si la cosa sigue a este ritmo- la mayor parte de mis dudas y problemas existenciales se los dirigiré a un lindo telefonillo de un solo ojo, el cual me pestañeará coquetamente mientras le pregunto por la meteorología o por qué hay algo en lugar de nada. Decididamente la inteligencia artificial se escapa de los libros de ciencia ficción y de los cómics para venirse a instalar en la palma de nuestra mano y, muy pronto, en el botón de una camisa o en el reloj de pulsera.

 

Las máquinas pensantes son, en efecto, cada vez más listas y más diminutas. Vaticino que el HAL del 2101 será del tamaño de un euro o de una moneda de 25 centavos y de lo más amigable. Pues no me lo imagino con arrebatos autoritarios o dominantes. Será dócil, servicial y hasta servil. Desde luego no oteo en el horizonte ninguna rebelión de los chips o de los microprocesadores, pero sí un mundo de mucha gente ociosa. Ahí estará el peligro y los posibles disturbios callejeros, especialmente si no conseguimos dar ocupación a los billones de habitantes desocupados que poblarán la tierra por entonces.

 

Claro que a lo mejor lo que ocurre es que los muchos desocupados del mundo vivirán una placentera existencia en ociosa conversación con sus telefonillos y sus botones parlantes, mientras un procesador de gigantesca inteligencia se dedica a teledirigir toda la maquinaria del mundo.

 

Algunos dirán que me dejo llevar por el entusiasmo futurista, pero tras haber visto de lo que es capaz la aplicación Siri del iPhone 4S me parece cada vez más cercano el día en que uno ya no tenga que hacer cita con el médico cuando le sale al niño un sarpullido o con el contable para la declaración de la renta. Siri no solo reconoce voces y obedece mandatos, sino que puede recitar de memoria, si uno se lo pide, Les fleurs du mal del primero al último poema en un francés algo robotoide, sí, pero perfectamente entendible.

 

Es cosa sabida desde hace algún tiempo que las fábricas terminarán funcionando por sí solas sin necesidad de un solo trabajador y que las carreteras se harán con tractores dirigidos vía satélite y que nadie conducirá un coche en el año 2030 (o quizá mucho antes), pero lo que no entraba en ninguna cabeza es que los médicos y los abogados y hasta los profesores de literatura fueran a ser sustituidos en las próximas décadas por un artefacto. Los llamados sistemas expertos acechan cada vez más a los expertos. Ya no es el currito de mono azul, sino el doctor de bata blanca y el togado quienes pueden verse mano sobre mano. Yo lo sentiría por los médicos, porque, al fin y al cabo, algunos todavía transmiten calor humano y al ponerte la mano en la tripa dolorida parece que ya te la han curado, pero creo que todos ganaremos cuando en lugar de fiscales, abogados y jueces, la justicia dictamine con el frío ojo de un programa ajeno a cualquier prurito emocional.

 

Ciertamente habrá todavía durante muchos años una zona de sombra reservada a las emociones de imposible acceso para las máquinas. Me cuesta trabajo imaginarme una aplicación que pueda componer un poema mínimamente original o un programa que juegue con la ironía; y mucho menos que se contradiga o se salga por la tangente de su propio algoritmo. Hasta el momento toda inteligencia artificial opera exclusivamente dentro de un sistema de reglas previamente establecidas por el programador, siéndole ajena tanto la contradicción como la posibilidad de rectificar. La máquina no suele errar, pero cuando lo hace es, como aquel personaje borgiano, infalible en el error.

 

Quiero pensarlo así, al menos. Porque el día en que un aparatito nos diga que se ha equivocado, ese día será persona y entonces a lo mejor hasta nos echa en cara por qué le sacamos de la nada y nos recita los versos de Calderón que dicen eso de que el delito mayor de la máquina es haber nacido.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.