Se pasó la ‘pacomanía’

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Mi madre por fin tiene un papa Paco. Dios –es decir, Maradona o Charly García, dependiendo de los gustos- por fin tiene un secretario porteño. Los católicos, tan aficionados al folclore, ya tienen nuevo mito, aunque hasta ahora sea un mito gestual. Lo que ha cambiado estos días es que los medios masivos, los comerciales, han desmontado el chiringuito de la Plaza de San Pedro y, por tanto, ya no tenemos que soportar todo el día las sandalias de Bergoglio, los besos de Bergoglio, las frases hechas de Bergoglio y las especulaciones alrededor de Bergoglio. Comienza a pasar la pacomanía y es cuando empieza el espectáculo de verdad: el político, el que nos explicará el porqué de esta elección tropical y de sus gestos.

 

La iglesia católica, definitivamente, no deja de dar sorpresas, aunque sean poco sorprendentes. Cuando Italia perdió el monopolio papal lo hizo a favor de la geoestrategia vaticana. No es un tema menor. Cuando el bloque occidental necesitaba terminar de penetrar en el alma del bloque prosoviético un papa polaco –es decir, de las cavernas católicas- puso cara de buenos amigos y se dedicó a la diplomacia del abrazo y la juventud mientras, por debajo, minaba las últimas resistencias rojas. Reagan o Thatcher contaron con su inestimable colaboración para ganar la tercera guerra mundial, la más difusa, la más compleja.

 

Los tiempos son otros. Contra el enemigo árabe no hay papa que sirva, pero sí contra la rebeldía latinoamericana. No hay que olvidar que el siglo XXI está siendo el de la rebelión –contradictoria, pero rebelión- de Suramérica. Y, aunque pareciera que las grandes potencias no le prestan mucha atención, la verdad es que preocupan, y mucho, las experiencias emancipadoras de Bolivia, Venezuela, Brasil, Argentina o Ecuador. No son todas iguales ni todas son esperanzadoras, pero para el bloque occidental (más reducido ahora, pero más sólido) son una amenaza desde el punto de vista político o económico (que es lo mismo). Por eso, queridas, no es casual la elección de Bergoglio, impulsada –según dicen los que intuyen los secretos- por los cardenales estadounidenses: dispuestos ellos a coger las riendas de la geopolítica vaticana pero incapacitados por un pequeño problemilla de pederastia convulsiva.

 

Es probable que esté errado, que se haya instalado en mí la teoría de la conspiración, pero amanecerá y veremos. Las amenaza del Sur es demasiado grande. Ya en los sesenta y setenta, las iglesias cristianas (la católica y las protestantes) fueron un arma determinante para contener el contagio cubano en la región. Ya en los primeros días de papado hemos tenido que ver a Cristina Fernández recular en su bronca con Bergoglio y presentarse como una fiel católica que visita y besa al santo padre –el mismo que considera a mujeres y homosexuales como una rareza defectuosa de la naturaleza-. Insisto, amanecerá y veremos…  

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.