Seducir Madrid

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Sentado en una parada de autobús haciendo tiempo me acuerdo de cuando leí Saliendo de la estación de Atocha, de Ben Lerner, y de cómo sería ser extranjero en Madrid en vez de aquí. Llegar nuevo a la ciudad y no marcharse. Seducirla. Me acuerdo del protagonista, de Adam, sentado en el tejado vigilando Huertas.

 

“Visten jerséis negros, vaqueros y sandalias de esparto, beben vino tinto y fuman Gauloises, citan a Camus y García Lorca, escuchan jazz progresivo”.

Juventud, J. M. Coetzee

 

 

Supongo que lo mejor que puede hacer uno un domingo sin dormirse es escribir sobre lo primero que le venga a la cabeza. Sobre que debería ir pensando en afeitarme, por ejemplo. No tengo mucho que decir sobre boxeo.

 

No estoy nervioso, ni siquiera se me ocurre algún motivo para estarlo y aun así no hay quién se duerma.

 

 No consigo entender por qué carajos pago más por una habitación que tiene en la pared una televisión de plasma que se ve mal. Si no la uso. Llévensela. Sentado en una parada de autobús haciendo tiempo me acuerdo de cuando leí Saliendo de la estación de Atocha, de Ben Lerner, y de cómo sería ser extranjero en Madrid en vez de aquí. Llegar nuevo a la ciudad y no marcharse. Seducirla. Me acuerdo del protagonista, de Adam, sentado en el tejado vigilando Huertas.

 

Era algo así, creo:

 

Mirar un cuadro fijamente durante horas. Fumar un porro de hachís, mirar un cuadro durante horas. Pensar en un guardia de El Museo del Prado como guardia, como duda. Cafeína. Caminar por el Retiro al paso de dealers que visten de día y de noche; visitar galerías donde conozcan o no tu nombre; leer en un banco poesía y traducirla a tu manera; escribir poesía, ser poeta. García Lorca, café, cafeína. Ir a galerías y a exposiciones donde amigos y desconocidos exponen, donde un cuadro se oculta bajo una sábana por luto y se vende, si es que un cuadro se vende. Dar vueltas. Subir y bajar de un tejado. Entrar y salir como si no hubiese otra forma. Verte a ti mismo huyendo, o dudando de si huyes, si te esquivas. Verte a ti mismo huyendo, Saliendo de la estación de Atocha.

 

Conocerlas a ella y a ella, mentirla a ella, mentirla a ella, embriagarte una noche en un bar cuando estás solo y embriagarte más si conoces gente, y seguirla a ella; desearla a ella. Mentirla a ella. Quererla a ella. Pastillas blancas, amarillas. Huir a Madrid, huir de Madrid. Huir a Granada, huir a Barcelona, volver a Madrid. Vino, cigarros; amor con pastillas. Andar por Granada, beber en Granada, fumar en Granada, recorrer Granada…, Granada sin la Alhambra. Volver a Madrid. Cafeína. Entrar en Madrid, Saliendo de la estación de Atocha.

 

Ir por Huertas arriba y abajo, subirte a un tejado. Ventanas, cristales, tejados. Un café, dos cafés y poemas. Sonetos, coplas, epistolarios. Escribir, ser poeta, hacer de poeta. Soñar con quedarte, quedarte con ella o con ella, en Madrid para siempre. Madrid dañada, dolida. Madrid algún año, o un año. Más dudas. Madrid, sangre, Madrid, Saliendo de la estación de Atocha.

 

Fumar, beber, leer, escribir, ESCRIBIR con minúsculas. Quererla a ella o a ella, soñar con besarla a ella, ser besado por ella. Sentir celos de otro por ella. Fumar, beber, leer, escribir; ser leído, traducido por ella. Aprender un idioma, olvidar un idioma, evitar un idioma, querer un idioma, escribir un poema, un soneto, evitarte a ti mismo, agobiarte; aprender un idioma. Ansiedad. Reír de noche, llorar sin llorar, pagar con tarjeta, comer, beber, fumar. Cenar. Dormir, hacer el amor, follar, fumar, hacer el amor, follar, fumar. Amanecer a ritmo de estruendo. Despertar en Madrid, en Atocha. Madrid dormida, despierta. Caminar hacia abajo, hacia abajo. Caminar hacia Atocha. Sangre, personas, trenes, personas. Pastillas. Poesía, galerías, cuadros de luto cubiertos por sábanas. La gente en las calles, gritos, la tele encendida en los bares, la gente en las calles. Ella en las calles. Tú en su piso, en el piso de ella. La gente en las calles, Saliendo de la estación de Atocha

 

Mirar un cuadro fijamente durante horas. Hacer el amor. Fumar. Mirar un cuadro durante horas. Escribir un poema, dos poemas, cien poemas. Ser leído, querido, traducido. Leer y ser leído. Escribir. Dudar, más dudas. Quererla a ella. Solo a ella; o a ella. Fumar, no hacer el amor. Mirar un cuadro, más horas. Verte a ti mismo huyendo; huir de ti mismo. Verte a ti mismo huyendo, Saliendo de la estación de Atocha.

 

 

 

Y esto es todo. Ni puñetera idea de si Madrid va de eso. O iba de eso. O irá de eso. Como cualquier lugar. Ni lo sé cuando estoy cerca, ahora tampoco estando lejos.

 

Al fin y al cabo, si llegas o te vas, terminas por volver a ser el mismo. Hablando de lo mismo. Haciendo lo mismo. Huyendo de lo mismo. Sentado en una parada de autobús en una calle a oscuras. Persiguiéndote a ti mismo.

 

Pero sin nervios. Nada más allá de lo que la ocasión merece. Como Joe DiMaggio, que después de invitar a un trago a una joven rubia y ofrecerla un cigarrillo, acercó un fósforo a la chica y notó que su mano temblaba. “¿Soy yo el que está temblando?”, dijo. “Debe de ser”, le contestó la rubia, “Yo estoy tranquila”.

Antonio Mérida Ordás nació en Madrid en 1992, y veinte años después se fue de Erasmus al sur de Alemania en busca de sol y playa. Estudia comunicación audiovisual en la Universidad Complutense y ha colaborado desde Alemania con El Viajero, y a su vuelta a Madrid con Koult.es, y Achtung Magazine. Hasta hace no mucho, ha sido becario de redacción en Canal Plus. También ha trabajado sirviendo champán con una mano, de pinche de cocina, y eligiendo corbatas en Massimo Dutti entre otras cosas. Ahora escribe de cuando en cuando. Le gustan las películas. Twitter: @antoniomerida92 Aquí se viene a desnudarse, a tomar seis tragos, a bailar un boogie-woogie aunque no bailes, a enfundarse los guantes y saltar al ring agitando las caderas, para terminar brindando por un buen polvo o mejor combate.