Siempre me gustó Darth Vader

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Me tengo que hacer mirar lo de que me atraigan las almas oscuras y los tipos entregados a la mala vida, drogas, alcohol, ajenos a la palabra riesgo. Me lo tengo que mirar, pero mucho me temo que está enraizado en la infancia, porque ahí está Darth Vader y ese lado oscuro tan tentador.

 

Y, ¿a quién no? No me diréis que no tiene un porte elegante (el negro siempre lo es). Con esa máscara, esa respiración medio entrecortada y misteriosa, que no sabemos si es que se hace el interesante o si es que acaba de hacerse una maratón. Ese vivir en el lado oscuro. Un ser desgarrado, violento, torturado… A mí siempre me gustó Darth Vader, mucho más que los Jedi. Claro, cuando luego al final veías que se quitaba la máscara y descubrías el pastel, pues ya no. Pero, ¿y entre tanto? Entre tanto era todo puritita imaginación. Lo oscuro, lo que no se ve, lo peligroso…

 

Lo de Darth Vader que aquí confieso no es baladí porque tiene que ver con esa parte mía que se siente atraída por los seres torturados, tortuosos y con almas negras, black souls. Que se ve que yo no hice Trabajo Social en balde, lo malo es que parece que me acabo metiendo en la cama a los que necesitan algún tipo de ayuda profesional. Y eso es Mal.

 

Le conocí una noche de verano, que sí, que no es tópico ni mero recurso literario. Que era verano, que hacia calor y que nos habíamos ido a tomar unas copas después de un programa de radio. Entramos en el bar, un bar oscuro y truculento de los que hay en Madrid y allí estaba él, o más bien, sus ojos, que fue lo único que vi, dada la oscuridad del local y mi miopía galopante. Y más que ojos azules de guiri, que lo es, fue la intensidad de la mirada, que me taladraba el cerebro cada vez que la mía se cruzaba con la suya, lo que me llamó la atención.

 

No hubo más que miradas y alguna que otra sonrisa, pero como siempre hay alguien que conoce a alguien, nos acabamos encontrando a los dos días. Podría haber sido al día siguiente, pero yo estaba en la semana del mal karma con los tíos y él se quedó dormido debajo de un árbol del Retiro en nuestra primera cita. A la que fue, evidentemente, porque el don de la ubicuidad no lo tenía.

 

Cuando por fin despertó de su sopor (yo ya debía de haber empezado a correr y haber asociado lo de británico con alcohol en exceso y siestas en los bancos), conseguimos quedar para comer. “Te invito a comer y así me perdonas el plantón”. Iba yo camino de la cita recomiéndome la cabeza, al fin y al cabo, no le había visto bien la noche de marras. ¿Y si era más feo que el  hermano feo de los Calatrava? Y entre tanto, mis amigas, que siempre ayudan, preguntando que si iba a follar con él esa misma tarde. No pressure.

 

Resultó ser un inglés de lo más atractivo. Culto, divertido, de conversación inteligente. A las cuatro horas me percaté de que no íbamos a follar ni falta que hacía, porque la tarde se nos iba entre buena charla y risas. Algo para mí, que soy muy práctica, totalmente inesperado y nuevo. Oh, de repente, ¡un tipo que no quería llevarme a la cama en la primera cita!

 

Me hechizó con sus palabras, confieso. De hecho, hechicero le llamaba. “Soy un escritor que no escribe, amo las palabras”, me soltó en una ocasión. Cómo no iba a engancharme siendo yo una amante de los vocablos… Supo conquistarme la mente, pasar al plano emocional y el muy cabrón, dejar el físico para lo último.

 

El día que nos acostamos, antes de llegar a la cama, iba diciéndome a mí misma: “Por Dios, que sea un mal polvo”. Pero hasta en esto el lado oscuro estuvo bien. Más que bien, de puta madre. ¿Sabes cuando te metes en la cama con alguien y parece que tu cuerpo conoce el suyo desde hace tiempo? ¿Cuando no hay vergüenza alguna sino un encaje perfecto, en el plano físico y emocional?

 

Me supe perdida desde que lo sentí dentro: follamos como animales. A veces incluso parábamos y nos permitíamos la licencia de hacer el amor, con ternura, para retomar como bestias. Como si no hubiera mañana.

 

Su mirada: nunca había sentido una mirada tan bestia, tan animal, mientras me follaba a un tío. Nunca la había sentido y nunca se me olvidará. “No puedes imaginarte con qué ojos me miras cuando me follas, de puro animal salvaje”. “No sé cómo son, nunca me lo han dicho, creo que esta mirada me la provocas tú”.

 

¿Sabes esa mirada de alguien enajenado, que no sabes si va a matarte a polvos o a hostias? Así. Me follaba como un loco, de la misma forma que vivía, al límite, como lo hacen las almas oscuras. Fantaseamos con todo aquello que puede sonar a prohibido en la cama, nos imaginamos haciéndome él de todo y yo a él, en esa frontera en la que se cruzan el dolor, el placer y la enajenación mental. En ese punto de no retorno en el sexo del que ya no regresas. O regresas siendo otro. Ese border que solo he querido atravesar con él.

 

Me tengo que hacer mirar lo de que me atraigan las almas oscuras y los tipos entregados a la mala vida, drogas, alcohol, ajenos a la palabra riesgo. Me lo tengo que mirar, pero mucho me temo que está enraizado en la infancia, porque ahí está Darth Vader y ese lado oscuro tan tentador.

 

No dio de más la historia. Imagino que al final pudo mi cabeza y preferí salir por patas. La cabeza no me ha acompañado en mi huída: confieso que cada noche, cuando me acuesto y cierro los ojos, es en él en quien pienso, en su boca recorriendo cada centímetro de mi piel y en su polla rellenando todos los huecos de mi cuerpo. Deeper and deeper, como la canción de Wild Beasts. Sé que le buscaré en todos los cuerpos que me vaya encontrando. Es irremediable, al menos, de momento. Y a ello me voy a dedicar con total entrega. Se abre la veda.

 

Vengo de París, como casi todos los niños, y me he pasado la vida entre Francia y España (aunque me defino extremeña). Empecé escribiendo de economía en Capital pero tras ocho años en los mercados bursátiles, y demostrando ser de perfil arriesgado, me hice freelance. He colaborado con los principales medios de este país y escrito varios libros de sexo, el último, "Hola, sexo: anatomía de las citas online (Arcopress)". Este blog es a consumir sin moderación pero ¡tampoco te lo creas todo!