Sobre el altruismo en los animales

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El altruismo no es infrecuente en el mundo animal. Los murciélagos vampiro regurgitan la sangre que han chupado de sus víctimas para que aquellos de sus congéneres que nada chuparon no se mueran de hambre. Las abejas, cuando ven su colmena atacada, se lanzan en masa sobre el depredador y lo aguijonean a sabiendas de una muerte segura. Algunas especies de monos gritan desesperadamente para avisar al grupo de la cercanía de un atacante, aunque ello ponga en peligro sus vidas. Las hormigas dedican su vida entera a cuidar de la reina y a que no les falte nada ni a ella ni a sus larvas. Los intereses particulares del individuo dentro del reino animal quedan muchas veces supeditados al interés general de la especie.

 

El altruismo, sin embargo, resulta algo chocante desde una perspectiva evolucionista. Si el principio fundamental de la selección natural es la supervivencia de los más aptos, no se entiende muy bien una conducta altruista entre miembros de una misma especie. ¿Por qué arriesga un mono a morir en beneficio de sus compañeros cuando lo mejor para su supervivencia es salir por pies (o por manos) al sentir el sigiloso paso del felino? ¿Por qué sacrificar la vida por el grupo si el objetivo último es perpetuar los propios genes en futuras generaciones? Darwin no supo encontrar una explicación convincente dentro de su teoría evolucionista, aunque no se le escapaban las ventajas de la colaboración, llegando a decir que una tribu regida por principios solidarios vencería siempre a cualquier tribu cuyos miembros actuaran por motivos más egoístas.

 

En los años sesenta el biólogo inglés William Hamilton pareció dar con la solución al problema. El altruismo animal, según él, no era tal. Si el mono gritaba para salvar a su hermano o a su primo, lo hacía, al fin y al cabo, porque su primo y su hermano eran carne de su carne y compartían unos mismos genes. El altruismo no era sino una selección de parentesco. Hamilton redujo el fenómeno del altruismo animal a una sencilla ecuación matemática, en la cual demostraba que el coste del acto supuestamente altruista quedaba ampliamente recompensado por el beneficio reproductivo adicional que suponía transmitir la herencia genética a través de un número más amplio de parientes cercanos. Una abeja obrera clava su aguijón en el oso y muere, pero si con ello consigue que se salve alguna de sus hermanas destinada a ser reina, su propia herencia está asegurada en un porcentaje mucho más elevado. No hay altruismo, pues, sino egoísmo genético.

 

Este altruismo de parentesco (también conocido como valor selectivo inclusivo) ha sido cuestionado últimamente por uno de sus antiguos valedores, el sociobiólogo E. O. Wilson, ya que, según él, el parentesco no puede explicar toda la conducta altruista. En ocasiones el altruismo se manifiesta mediante relaciones simbióticas entre especies distintas y en otras muchas ocasiones lo que se da es un altruismo recíproco entre miembros de una misma especie, donde lo que cuenta es un trato tácito de “do ut des”. O lo que es lo mismo: “yo te rasco la espalda siempre que luego tú me la rasques a mí.”

 

La observación detenida en la naturaleza parece demostrar que todos aquellos animales que colaboran en grupo prosperan mucho más que los que van por libre y actúan de manera egoísta y poco solidaria. Darwin, una vez más, puede que tuviera razón. Wilson lo resume de esta manera sucinta: “el egoísmo derrota al altruismo dentro de un grupo. Los grupos altruistas derrotan a los grupos egoístas. Todo lo demás es comentario”.

 

Yo no sé si habrá algo de antropomorfismo en esta declaración. Tampoco me importa. La lección que extraigo es que la unión hace la fuerza y que más nos vale arrimar el hombro si nuestra especie quiere sobrevivir en los próximos milenios. La generosidad es una buena política a largo y a medio plazo, siempre, claro está, que uno esté rodeado de generosos… Pero ahí entraría la teoría de los juegos y el dilema del prisionero, asunto que queda ya para otro post.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.