Sobre el fútbol y un amigo

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Una vez me llamaron a jugar fútbol. De niño yo no era ni muy bueno ni muy malo. Ya me había roto a los 9 años el hueso de un brazo tratando de tapar un penal. A los 12 años me había cortado una vena saltando sobre un pedazo de botella escondido en la grama. Sospecho que había pagado mi derecho de piso. No lo sé. Mi reputación se apoyaba en muchas horas corriendo detrás de una pelota en el parque de Los Ingenieros. En ese entonces yo practicaba reventando el balón contra el garaje de mi casa.

Tal vez por eso una mañana de sábado me tocaron la puerta. Poniéndome una camiseta roja en la mano me dijeron: «Falta uno». Yo los acompañé corriendo unas cuantas cuadras. Íbamos a la cancha de cemento detrás del colegio Carlos Lisson.

Quisiera decirles que anoté varias goles aquel día pero no es verdad. Lo único que recuerdo es esa instancia en que me sorprendieron mis amigos en una mañana aburrida de fin de semana. También recuerdo la sensación de la tela de la camiseta: áspera, de nylon, en la que tuve que enfundarme para jugar. Probablemente terminé en la defensa. Casi siempre era así. Si ganamos o perdimos ha quedado sepultado en algún remoto rincón de la memoria al que me han negado el acceso. Por mi bien, supongo.

Fui futbolista. El pretérito está muy bien utilizado en mi caso porque han pasado 20 años desde la última vez en que me metí a jugar un partido de fútbol. Las condiciones no eran buenas en esos años. Durante mucho tiempo mi vida en los Estados Unidos dependió de un trabajo en el que tenía que subir y bajar escaleras. No me convenía jugar al fútbol, los riesgos de quebrarme el tobillo eran muy altos. O al menos esa fue mi excusa.

La última vez que anoté un gol fue durante mi remoto pasado de estudiante de inglés. Mis amigos y yo acomodamos las maletas y los bultos de ropa en algún cuadrado de pasto de Central Park. Jugábamos inspirados por los eventos que sucedían en otra parte del mundo, en los estadios de Japón y Corea del Sur. Como mis conocimientos teóricos de fútbol exceden a los de mi práctica, puedo decir con seguridad que fue el verano de 2002.

En el colegio nunca fui un seleccionado. No sé si valdrían para mis condiciones físicas los innumerables torneos en los que la pelota era la chapa de una bebida gaseosa. Aún recuerdo a una de ellas volando, después de una buena patada, metiéndose entre los dos bultos que marcaban el arco contrario. Créanlo o no.

Solo conservo la memoria de un partido de fútbol en la escuela. Es bastante triste. Mi selección, la del aula A, perdió por goleada frente a la del aula B. Hace unos años recordé con un amigo el llanto con el que abandonamos el campo aquella mañana. La traumática experiencia.

Mis recuerdos más felices como futbolista infantil tienen que ver con el Club Rinconada de Lima, al que llegaron mis padres empujados por la condición asmática de mi madre. Ahí ella –y después él– se convertirían en eximios tenistas de las categorías mayores.

Durante los veranos se realizaba algo que llamaban los «Juegos recreativos». Mi primer verano en Rinconada yo pertenecía al equipo naranja. Por circunstancias que desconozco los entrenadores me pusieron en la delantera. Madre mía. Obviando que el único partido que recuerdo los naranjas perdimos por 7 a 1, puedo decirles que jamás he olvidado el instante en que pateé y la pelota fue a incrustarse en un ángulo inalcanzable para el guardameta contrario. Fue la gran emoción de perder. (Qué buen título para una novela).

En fin. No sé si tanto testimonio los agota. El objetivo de este texto era rendirle homenaje a Enrique Flor, periodista de El Nuevo Herald, compañero de carpeta en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Lima. Enrique fue mi colega en el Consejo Estudiantil y un rival acérrimo en los torneos universitarios. Mis gloriosos equipos (uno distinto cada temporada: Sayo y los Henderson, ¡Viven!, Los siete amantes de Julia) se medían contra las huestes del suyo: los sólidos Coca Juniors.

Es que mi época dorada como futbolista fue en las canchas alquiladas del Club Petroperú y en las instalaciones semiacabadas del campus alterno de la U de Lima. Ese que nuestro ingenio bautizó como El Coloso de Mayorazgo.

Como periodista, Enrique Flor desnudó la corrupción del último gobierno de Alberto Fujimori. Evidenció las falsificaciones de firmas con las que el partido comandado por Vladimiro Montesinos postuló a la tercera reelección en el año 2000. Su trabajo le valió amenazas de muerte. Tal vez por eso decidió irse a los Estados Unidos. Estando en Nueva York, matriculado en la misma escuela de inglés donde yo intentaba armar equipo, Al Qaeda decidió estrellar dos aviones contra las Torres Gemelas. Kike, con el espacio aéreo cerrado, fue el corresponsal de lujo del diario El Comercio durante aquella tragedia.

Fuimos estudiantes y periodistas, compañeros de inmigración. Yo me quedé en Nueva York pero a él se lo llevó el destino hacia Florida. Después de trabajar un tiempo estacionando autos, empezó a cosechar todos los premios del periodismo.

Estando ahí le dio un derrame. Era 2017. Con perseverancia, empezó un proceso de recuperación que le devolvió el habla y la movilidad. Un tiempo después se reincorporó al Herald. Ahí lo sorprendió un segundo derrame a fines de 2021. Kike se nos fue en marzo de este año.

Tal como Juan Charrasqueado, el Enrique Flor Zapler que yo conocía mejor era un joven borracho, parrandero y jugador de fútbol. Hace unos días los Coca Juniors jugaron un partido a manera de homenaje. Era el final feliz que Kike hubiera imaginado para su historia de recuperación. A diferencia mía, él sí fue un pelotero hábil, un goleador tenaz.

Que la memoria de todos sus triunfos nos acompañe.

Con Enrique Flor y Los Horribles. Rivales en la cancha pero amigos fuera de ella. Ceremonia de graduación en la Universidad de Lima.
Navidad de 2020. Enrique Flor nos mira desde la esquina superior izquierda del Zoom. Eran los días más confinados de la pandemia.

 

 

 

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