Sobre la antigua amistad

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“No hay mejor amigo que el amigo muerto”, me dijo con cinismo un viejo amigo al que hacía años que no veía. Luego, ante mi sorpresa, argumentó que el trato continuo con alguien que no es ni tu mujer ni tu amante ni tu hijo solo puede generar rivalidad, celos y finalmente asco. “¿Quiere decirse que no crees en la amistad?”, le pregunté un tanto molesto. Mi viejo amigo (¿o debería poner delante el prefijo –ex?) me contestó que solo creía en el compadreo con los amigotes, especialmente en la niñez y adolescencia, aunque al final, pasada esa primera etapa de la vida, lo único que de verdad permanecía, según él, era “la conversación con los difuntos”, una manera muy literaria de decirme que sus únicos verdaderos amigos eran los libros.

 

Días después quedé con otros amigos, o amigotes, según la calificación de mi atrabiliario amigo, y ya de madrugada, con alguna copa de más, uno de ellos me refirió de pasada la larga “conversación” que había tenido durante todo el otoño con uno de los difuntos más egregios de la Antigüedad, nada menos que con Platón. Pues mis amigotes, además de hablar de mujeres y de fútbol, suelen compartir conmigo las lecturas que hacen.

 

De sus lecturas platónicas este buen amigo mío no quería profundizar mucho, porque no era el momento, pero sí dijo que lo que más le había llamado la atención era la importancia que tenía la amistad como vía de conocimiento. Alguien se hizo el ignorante y preguntó de qué iban los diálogos. Mi amigo, muy profesoral, lo explicó. Unos cuantos jóvenes ociosos se reúnen en el ágora, mientras Sócrates, mucho mayor y bastante más desastrado, se dedica a hacer preguntas impertinentes que van socavando irreversiblemente las creencias de los concurrentes mediante la reducción al absurdo. Todo en el diálogo tiene un toque de improvisación: el interrogatorio no parece llegar a ningún sitio; a veces la pregunta es irritante, otras un tanto obtusa, otras aparentemente ociosa. Al final, sin embargo, Sócrates se las ingenia para desarmar a sus amigos y dar con una “verdad” definitiva, de la cual nadie se siente con fuerzas, ni menos aún con ganas, de rebatir…

 

“Sí, muy bien”, interrumpí. “Pero, ¿cuál es exactamente la idea socrática de la amistad?”

 

Mi amigo, o amigote, se encogió de hombros, miró la hora (dos y media de la madrugada) y con un guiño insinuó que seguramente el ideal socrático de la amistad debía consistir en escanciar vino rodeado de efebos semidesnudos. Alguien entonces sacó a colación las bacanales y los ritos dionisíacos, además de la Historia de la Sexualidad de Foucault, en la cual el filósofo francés asegura que la figura del homosexual, tal como la entendemos ahora, no existía en la Antigua Grecia. Al oír esto, se me pasó fugazmente por la cabeza, no sé por qué, la imagen de Ganimedes, “el pajecito nefando”, con su copón de ambrosía, según lo describe Quevedo en La hora de Todos. Se dijo alguna chuscada más, hasta que el camarero nos indicó que cerraban el local. Ya en la calle, entre abrazos etílicos, mi buen amigo y conversador platónico me recomendó leer, si es que de verdad estaba interesado, Lysis, el diálogo en el cual Platón toca más por extenso el tema de la amistad.

 

No seguí su recomendación ni en esa madrugada ni en días venideros, aunque sí hojeé al día siguiente lo que tiene que decir sobre la amistad Aristóteles en la Ética Nicomáquea. No hay nadie como el estagirita para desgranar casuísticamente un concepto. Según dicen algunos, los mejores amigos son los que comparten gustos e intereses comunes; para otros, la diferencia, o incluso la oposición, suele ser la mejor tesitura para una buena amistad. En todo caso, Aristóteles es terminante al respecto: la relación entre dos amigos, sean o no semejantes, jamás puede estar cimentada ni en el placer ni en el interés personal, sino en la virtud, de tal manera que sólo los hombres buenos pueden ser buenos amigos.

 

El juicio aristotélico es, creo, inobjetable. El egoísta, el envidioso, el soberbio, no digamos ya el ruin, difícilmente será un buen amigo. La amistad exige un mínimo de generosidad, de entrega y de bondad hacia el otro. Quien solo piensa en sí mismo no puede ser amigo de nadie, ni siquiera de sus propios hijos o hermanos. A la vez, uno siente que la ética antigua, incluida la de Aristóteles, con su insistencia en el control de las pasiones y hasta en la renuncia, presenta a veces una visión del hombre totalmente inhumana. Un amigo no puede ser simplemente una elección neutral: si lo elijo como amigo es porque me divierte y porque, directa o indirectamente, me resulta útil para mis intereses, cualquiera que sean éstos. Decir lo contrario es engañarse o caer en la hipocresía. Otra cosa es, naturalmente, quien solo hace amistad por afán de medro o por figurar… Pero del snob y del trepa hablaré quizá en otra ocasión.

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Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.