Soluciones a la crisis: Rectificar los nombres

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Hace dos años busqué en Google “solución a la crisis”, y salieron unos 100.000 resultados. Ahora hay 26 millones. O estamos cerca, o Chejov tenía razón cuando escribía en “el Jardín de los Cerezos” que “cuando muchos remedios se ofrecen para una enfermedad, es que ésta no tiene cura”.

Buscando inspiración para ver si soy yo el héroe que encuentra la solución y ponen mi cara en los euros, me di cuenta de que esto de las crisis no es nuevo. Tampoco se las debemos al capitalismo. Por ejemplo, una época de grandes crisis fue el final de la era de “las Primaveras y los Otoños”, la época que sufrió Confucio.

¿Por qué fijarse en el gran Confucio para resolver la crisis actual? Quizá no está de más recordar que la cultura confuciana embebe muchos de los éxitos económicos recientes del mundo asiático, cuyo retraso respecto Occidente quizá haya sido sólo coyuntural y fruto del colonialismo.

Los distintos señores feudales de la turbulenta épocareconocían la valía de Confucio como ministro, pero eran reacios a seguir sus indicaciones, que combinaban el gobierno con la ética. Por ejemplo, en el año 497 a.C., Confucio era ministro en el reino de Lu. El príncipe rival del vecino Li temía la prosperidad que la gestión de Confucio estaba generando. Por ello, envió un grupo de hermosas bailarinas al rey de Lu para distraerlo de los asuntos de estado, lo que consiguió. Confucio tuvo que dimitir.

Ésta y otras intrigas obligaron al buen Confucio a iniciar una vida errante de consultor “freelance”, recopilador de la sabiduría antigua y sobre todo, maestro. Mientras, la crisis y la fragmentación de su época se aceleraban. Tendrían que pasar siglos para que sus enseñanzas fructificaran y dieran origen a una burocracia profesional e ilustrada que regenerara el país y que aún hoy se percibe.

En Occidente, el impacto de Confucio es nulo. El conocimiento medio quizá lo simbolice cierta aspirante a Miss Panamá, que afirmaba que “Confucio era un chino-japonés muy antiguo que inventó la confusión”. Muy al contrario, Confucio tenía la trágica convicción de que la confusión estaba en la raíz de los males que aquejaban a su época. Pero ¿por dónde empezar?

Un buen día, uno de sus discípulos se atrevió a preguntarlo. Esta es la cita concreta:

“El soberano de Wèi ha estado esperándoos, Maestro, para que ordenarais el gobierno. ¿Qué es lo primero que habrá que hacer?”.

Confucio respondió: “Lo primero que hace falta es rectificar los nombres”.

Zîlù dijo: “¿De veras? Maestro, ¿no estáis tal vez bromeando? (aquí hay que aclarar que Confucio era particularmente bromista y que sus discípulos estaban ya escarmentados)

Confucio tuvo que explicar:

“Si los nombres no son correctos, las palabras no se ajustarán a lo que representan; y si las palabras no se ajustan a lo que representan, los asuntos no se realizarán. El gobierno se vuelve sin sentido e imposible. De ahí que la primera tarea de un verdadero estadista sea rectificar los nombres”

Si esto era así en la crisis china del siglo V a.C., ¿no lo será mucho más en la nuestra, mucho más compleja y sofisticada? La idea de que en el estado o en los negocios los nombres de las cosas no deben ser engañosos no tiene mejor aplicación que este mundo cada vez más posmoderno.

En esta línea, si se quiere salir de la crisis, habría que empezar por redefinir o clarificar una serie de ideas y conceptos claves, llamar a las cosas por su nombre. Disipar la confusión, que es muchas veces interesada y siempre causa de ineficacia. También tiene la cita de Confucio un punto de control de gestión o de calidad empresarial, de medir y definir bien lo que pasa para que se pueda gestionar, es decir, saber que premiar o castigar, o que incentivar o frenar.

Así que por “rectificar los nombres” se podría entender, por ejemplo, que no fuera necesaria mi “guía del consumidor de cifras” o que las responsabilidades de instituciones y puestos, correspondan con las descripciones. En este sentido sugeriría cambiar los nombres de algunos ayuntamientos por “Hay untamientos”, o de alguna diputación por “niputacción”… Bromas aparte, otra dimensión de rectificar es evitar ambigüedad respecto a los valores.

Al final, lo que Confucio recomienda es regenerar, y para ello hay que empezar por lo más básico, dar el verdadero sentido a los conceptos para que nuestros sistemas mentales correspondan con la realidad. Si no, no se puede mejorar ni gestionar. Pero ello exige un esfuerzo mental, una actitud proactiva y el valor para romper algunos huevos para hacer la tortilla. Es más fácil jugar con los tipos de interés.

En fin, como decía también Confucio, “Si ya sabes lo que tienes que hacer y no lo haces, entonces estás peor que antes”

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Rafael Martínez es directivo en una gran multinacional tecnológica. Ingeniero de Telecomunicaciones, MBA, PDG, tutor de creación de empresas en el Instituto de Empresa, profesor de prospectiva y negocio digital y autor del casi premiado blog http://www.estratega.com y del casi premiado microblog http://twitter.com/estratega.