Sorpresivas jornadas en Las Merindades

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Quizás había escuchado alguna vez la denominación Las Merindades en algún manual de historia o geografía. Pero no sabía nada del territorio, ni siquiera dónde estaba situado, hasta que me puso al corriente mi buena amiga Bea Palmero, que estaba preparando su inminente viaje a esa comarca del norte de Burgos, picando mi curiosidad. Su superficie es mayor que la provincia de Vizcaya, colindante; pero, así como la demarcación que sitúa su capital en Bilbao tiene más de un millón de habitantes, Las Merindades no llega a 22.000. Allí el invierno prolonga el frío, pero los veranos son muy benignos. Mientras que en La Mancha, de donde parto (en agosto de 2021), las temperaturas rozan los 40 grados, si no los superan, durante la semana, larga, en la que gocé de Las Merindades el termómetro marcaba una máxima de unos 25 y en las noches el mercurio bajaba hasta 17, pudiendo dormir con las ventanas cerradas, arropados por una colcha o mantita. Se dice que Las Merindades es la Toscana española; por otra parte, un tópico, compartido por otras comarcas de España, como por ejemplo la del Matarraña. La nuestra es montuosa, pero la cadencia del paisaje es suave. Las tierras son ricas, fecundadas por sus múltiples cuencas fluviales: predominante la del Ebro, al cual casi todos los cursos afluyen, omnipresente en un buen porcentaje del solar de Las Merindades. Merindad es sinónimo de municipio.

Por Las Merindades transcurrió el Camino de Santiago, hoy llamado Camino Olvidado, pero que, sin embargo, tiene trazadas claramente sus etapas y está convenientemente señalizado. La copiosa web Las Merindades / Sensaciones por descubrir informa: “Muy transitado entre los siglos IX y XII, el Camino Olvidado está considerado, junto a los Caminos Primitivo y de la Costa, una de las rutas jacobeas más antiguas de las que se tiene constancia. Gran parte de su trazado discurre por los valles meridionales de la Cordillera Cantábrica, entre Bilbao y Villafranca del Bierzo (León), desde donde junto al Camino Francés ambos prosiguen a Compostela. Debió ser muy utilizado hasta finales del siglo XI, cuando el impulso de los reinos cristianos consolida la frontera con los musulmanes al sur del Duero y el rey Alfonso VI, conquistador de Toledo, promueve el Camino Francés de la mano de los monjes de Cluny.”

En esta región aparece, por primera vez, el 15 de septiembre del año 800, el vocablo “Castilla” en un documento notarial redactado por Vitulo, abad del desaparecido monasterio que existió entonces dedicado a los santos Emeterio y Celedonio, sito en Taranco, en el frondoso valle de Mena, donde hoy se encuentran unas vacas pastando en un jugoso prado junto a una pequeña y flamante iglesita. Un monumento recuerda el hecho. Ese condado primigenio, dependiente del reino asturiano, que originó el potente territorio castellano que desbancó a León y aniquiló la extendida lengua leonesa, expandiendo esa naciente habla castellana hasta convertirla en idioma de un vasto imperio, se forjó en Las Merindades. Cada 15 de septiembre se celebra en Taranco una romería que conmemora el nacimiento testimonial de Castilla.

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Salimos muy temprano de nuestra villa veraniega en Alameda de Cervera, pedanía de Alcázar de San Juan, mi consorte y yo camino de Ranera, pequeño núcleo dependiente de la merindad de Frías, al sur de la comarca, en el Valle de Tobalina. Voy conduciendo por la Autovía de los Viñedos (CM-42), por la de Andalucía (A-4), por la del Norte (A-1), llevando con nosotros dos pesadas moscas manchegas que no logro soltarlas hasta llegar a Poza de la Sal, aturdiéndolas en los ya frescos aires. Pintoresco pueblo natal de Félix Rodríguez de la Fuente, da entrada a Las Merindades, aunque pertenece todavía a la comarca de Bureba. Con la cercana Oña y Frías, ésta ya merindad, conforma la mancomunidad llamada Raíces de Castilla. Después de estar un rato en Poza, nos desplazamos a Oña, cerrándose el paisaje un tanto, donde almorzamos el llevadero y sabroso pícnic depositado en la neverita, a orillas de su río, el Oca. Nos adentramos en el pueblo, tomamos café en un bar de la plaza antes de visitar el monasterio de San Salvador de Oña. Holgado, hermoso templo, con admirable estructura ojival y atractivos retablos. Domina lo dorado. Bello claustro muy semejante al del toledano San Juan de los Reyes. Pero lo más llamativo es la explicación, partiendo de un estupendo órgano eléctrico, que ofrece el organista polaco Norbert Itrich, quien nos adentra en las tripas del histórico órgano barroco, ilustrándonos con las muestras de sus funcionales y armónicos tubos. La grandísima bomba del aire hoy no se acciona, como antaño, con fuelles, sino por un eficaz motor. Surcando estrechas vías encajonadas por bellos bosques, llegamos a Ranera, donde tenemos el alojamiento. Adecuado hotel rural. Pulcro cuarto. La ventana nos muestra un bello cuadro con magnífica ladera, vistoso campo de girasoles, recoleto riachuelo (el Molinar), oportuna vegetación, encuadrado celaje.

Desde los primeros momentos de la llegada sorprende la acusada presencia de lo vasco en Las Merindades. La zona se vació bastante, emigrando sus pobladores, en esas décadas de los años 50, 60 y 70, a la potente industria vascongada. Pervive en el territorio burgalés un acento de habla similar al de Euskadi. Es mucha gente la que, viviendo en Guipúzcoa, Álava o Vizcaya, sobre todo en Bilbao y Vitoria, conserva raíces en estos suelos castellanos. Hoy sus núcleos de población, 360 agrupados en 26 municipios, están muy despoblados. Hay sitios en que viven en invierno sólo una o dos personas. Otros se han extinguido como conjunto poblacional. Pero en verano se habitan nutridamente con gentes residentes en el País Vasco que mantienen muy adecentadas las casas heredadas de sus ancestros. Esas familias que emiten la palabra aita o ama, aitona o amona, agur o bai, e incluso hablan en eusquera, esa lengua tan diferenciadora y que otorga un singular prestigio a sus hablantes. Esos que se trasladan a Las Merindades en época estival y se muestran amabilísimos y gratamente muy habladores. Nos comentan que también hay genuinos vascos a los que, en un momento dado, el médico les aconsejó trasladarse a estas saludables tierras burgalesas para ahorrarse la insalubridad provocada por el ajetreo industrial de Bilbao. El consumo de vino chacolí es aquí totalmente habitual; y secular, pues también lo producen las uvas de la variedad Courbu en las viñas de Burgos.

La distinción entre las siempre atractivas facetas de Las Merindades se establece sobre todo en la diferenciación de sus valles. El primero en el que hemos recalado es el de Tobalina, cruzado por el Ebro, quien no ha cumplido aún mucho curso de existencia pero que ya discurre con notable fuerza. Uno de los emblemas más notorios de este valle son las plantaciones de girasol, bonitas y perfeccionadísimas placas solares que nunca fallan su orientación. Su rotunda visión me lleva a recordar la leyenda ovidiana según la cual la ninfa Clitia estaba enamoradísima de Apolo, el poderoso e influyente dios hijo de Júpiter y Latona, hermano gemelo de Diana. Clitia, obsesiva de su amor, observaba a su amado todo el día. Se enteró naturalmente de que Apolo mantenía relaciones con Leucótoe; muy celosa, chivó el idilio a Órcamo, padre de Leucótoe, quien, al saberlo, hizo enterrar viva a su hija. Entonces Apolo la despreció y, sabedor de que siempre lo estaba abusivamente espiando, la convirtió, vengativamente, en girasol; no salió perdiendo mucho Clitia, pues esta vistosa planta nada tiene que envidiar a la belleza de una mujer.

Un fallo de nuestro encantador hotel es que impide consumir el desayuno antes de las nueve y cuarto. Por consiguiente, a la fuerza madrugadores, nos vamos a desayunar a Frías, la Cuenca de Las Merindades, deteniéndonos, al ir, en Tobera, donde en esa hora temprana no hay nadie –enseguida se satura– para admirar la ermita al pie de un risco, el humilladero y el lindo puentecito. Desde Frías partimos para Herrán, desde donde iniciamos una ruta senderista de más de tres horas por el desfiladero del río Purón, alcanzando un desnivel de medio kilómetro. En la bajada nos adentramos en territorio alavés, divisando bien formados helechos y praderas acogedoras. Al volver a Herrán, buscamos un bar o una tienda. Imposible. No hay nada. Un amable residente nos saca de su hogar un par de vasos de vino de Rueda muy fresquito. La amabilidad de las gentes aquí es extrema. Otra vecina, viuda, nos pasa a su casa, una cuadra que reconstruyó magníficamente su marido, ejemplar maestro de obras. Nos aconsejan que vayamos a Quintana Martín Galíndez; hay varios bares, entre ellos una tienda-bar que nos viene muy bien para organizar nuestros planes. La chica de la oficina de turismo nos aconseja ir a tomar el pícnic a la orilla del Ebro, en una zona de recreo con mesas, cabe un embarcadero y un restaurante, al lado del pueblecito San Martín de Don. Momento muy grato de la comida junto al ancho cauce. Rematamos con una dosis de café pertinente en la terraza del restaurante.

Avanzando en el automóvil, dejamos Las Merindades y orillando el Ebro seguimos por tierras de Álava y, otra vez en Castilla y León, visitamos brevemente Santa Gadea del Cid, que no tiene nada que ver con las correrías del Campeador. Está situado en la comarca del Valle del Ebro y pertenece al partido judicial de Miranda de Ebro, cuidad que queda muy cercana. Es pueblo muy pintoresco, con fachadas muy atractivas. En 1973 fue declarado Bien de Interés Cultural con el rango de Conjunto Histórico-Artístico Nacional. Volvemos a nuestra zona por una estrecha pista encajonada en un muy fecundo paisaje, dirigiéndonos al mirador del Portillo de Busto para divisar la gran planicie de Bureba: “Desde allí se veía el rostro seco de Castilla como un océano de cuero” es un verso de Pablo Neruda aunque no se refiera a la visión obtenida desde este lugar. Ya mediada la tarde, regresamos al hotel a iniciar la rutina que emprendimos ayer: reposo, estudio de los planes del día siguiente, cena sencilla en el hotel acompañada de un buen rioja de crianza, el tinto más habitual en la comarca. Rutina de acostarse temprano trazando el borrador de este texto en la cama, en el bloc de notas del móvil –yo ya sólo utilizo el lápiz para subrayar en los libros, y el boli para ocasionalmente dedicar alguna de mis obras impresas y sobre todo para apuntar la lista de la compra–. Antes del sueño uno deglute un poco de lectura literaria. Esta vez combino el episodio nacional galdosiano Cádiz, en eBook, con El largo viaje, de Jorge Semprún, en edición de papel. Sólo unos días más tarde, en un añejo volumen de la colección Reno, que intercambio en uno de los hoteles de este viaje, abro las páginas de Mi hija Hildegart, de mi admirado Eduardo de Guzmán, destacado periodista anarquista durante la República y la Guerra Civil.

Frías, antiguamente llamada Aguas Fridas, donde nuevamente desayunamos a muy buen precio (Las Merindades dispone de buenos precios para toda adquisición), es la ciudad más pequeña de España; cuenta con nada más que 250 habitantes. Wikipedia explica: “En 1435, el rey Juan II de Castilla otorgó a la villa el título de ciudad con el objetivo de intercambiársela a Pedro Fernández de Velasco, conde de Haro, por Peñafiel. La población de Frías se negó a aceptar al Conde de Haro como su señor, lo que llevó al enfrentamiento y asedio de la plaza, que tuvo que rendirse tras un largo tiempo, y acatar las normas del nuevo señor”. Es un bonito conjunto urbano, con todos sus edificios muy adecentados. Paseando sus calles se ve en una de ellas las ruinas del interior de una bodega, totalmente accesibles; ruinas delicadamente restauradas. Sus casas colgadas son iguales que las de Cuenca. Al otro lado, desde las almenas del resto de las murallas, se divisa una fértil Castilla con amplísimas huertas, cultivadas en la buena tierra junto al cauce del Ebro. Son muy apreciadas las lechugas de Frías. Un estilizado puente medieval cruza el río más caudaloso de España. El pórtico de la iglesia de San Vicente, situada en el extremo de un recoleto y lindo parque, a principios del siglo XX fue vendido a un rico millonario estadounidense, quien se lo llevó, piedra a piedra, para reconstruirlo en el museo The Cloisters (en español: Los Claustros) de Nueva York, y allí se exhibe. Para última hora de la tarde, dejamos la visita al alto castillo.

Desde Frías circulamos por vías estrechas y por vías anchas, y hasta por pistas que nos quieren conducir a difícilmente accesibles eremitorios, hasta recalar en Valdenoceda, donde hemos reservado mesa en un restaurante. Cerca de allí, bajo un bello puente sobre el Ebro, se inicia una ruta de senderismo un poco sosa a orillas del río de hora y media escasa de duración, subiendo dos o tres veces a unas pobres pasarelas. En el restaurante pido a la camarera una ración de morcilla de Burgos, de arroz. Al servírmela exclamo: ¡La célebre morcilla de Burgos!, a lo que la empleada responde con un mohín por el que adivino que en esta zona las simpatías por la capital burgalense son escasas. Cuando Keith Richards, el guitarrista de los Rolling Stones, bajaba a dar un concierto, con su grupo, a Madrid, en un momento dado se acercaba con un amigo español a la ciudad de Burgos para comer morcilla.

De Valdenocedas partimos, por estrecha carretera, a contemplar la elegante ermita románica de San Pedro de Tejada, levantada en la población de Puente- Arenas, de la merindad de Valdivielso. Vallada, da la impresión de ser una propiedad privada no perteneciente a la Iglesia. Su retablo original, pintado por el taller de Fray Alonso de Zamora, se halla actualmente en el Museo de Burgos. Desde allí acometemos la sinuosa subida hasta Tartalés de los Montes, para ver la Cascada Roja, que ahora no es roja porque no es otoño. En el pueblo, muy escueto, hablamos con un grupo de residentes a los que no les sale una paella, guisada al aire libre, a causa del insistente viento. En las bastas piedras de un túnel, y también en otros cercanos, un artista de la zona pinta vivas pinturas “rupestres” muy coloristas. Por diversos caminos (no dejamos de atravesar el tan familiar Ebro), llegamos a nuestro hotel en Ranera. Nos duchamos y reposamos. Siempre anotamos sobre el tramo reciente de nuestro viaje. Ese mismo día, al atardecer, volvemos a Frías, para ver, como dije, el castillo y lo que se aprecia desde sus impresionantes alturas. Bajamos, terminada la visita, a observar el bullicio de la calle principal, con las terrazas de los bares atestadas.

En Las Merindades no se ven emigrantes. Entre los extranjeros, sólo algún guiri civilizado. Pero no se ven moras –cubiertas–, ni moros, ni se oye hablar rumano. Tal vez alguna trabajadora hispanoamericana en el ámbito de la hostelería. Decidimos cenar en Frías y, para gastar un poco de tiempo, nos desplazamos unos kilómetros a las cascadas del Peñón en Pedrosa de la Tobalina. Las Merindades cuentan con muchas cascadas (algunas en verano no fluyen). Bello entorno. Una pareja de efebos se baña amorosamente en el río Jerea, afluente, cómo no, del prestigioso Ebro.

Alcanzamos el ecuador de nuestro viaje y nos trasladamos al norte de la comarca. Nuestro destino es Espinosa de los Monteros. Al lado hay un pueblo que se llama Bárcenas, ¡qué ironía! Primera parada: visita a la ermita de San Pantaleón de Losa, en el valle del mismo nombre, dispuesta en un alcor como si fuera un barco. Casualmente estaba allí el cura para explicar al visitante la curiosa iglesia, con una planta muy especial, llena de ácidas e irónicas efigies. El románico era así de cotidiano en sus diálogos. Se deduce que su extraño interior contiene pautas esotéricas. El cura, un tío lozano y enrollao, con camiseta moderna y sandalias; pinta de pater hippy. Coloquialmente, alguna vez no se ha cortado para soltar la expresión “me cago en Dios” y “a tomar por culo”. Segunda etapa: Visita a la cascada de Peñaladros en Cozuela. Tras una hora y pico, deteniéndonos en un bar cabe la carretera para calmar la sed con una cerveza, llegamos, tras atravesar Espinosa de los Monteros, al asador Castro Valnera, en Salcedillo, donde habíamos reservado mesa. Tomamos, como entrante, unas anchoas, célebres del sitio, pues Espinosa de los Monteros tuvo la primera conservera de las hoy tan celebérrimas anchoas de Santoña. Tras el almuerzo nos instalamos en el hotel. Muy poca siestecita porque vamos a ver la cueva-ermita de Ojo Guareña; visita un tanto tontorrona aunque interesante el templecito subterráneo tan kitsch. De allí nos desplazamos al pueblito de Puentedey, surcado por el río Nela que pasa bajo una gran gruta. En un puesto de rica fruta nos abastecemos de melocotones, ciruelas claudias, paraguayos (en nuestro pueblo se llaman chatos) y nectarinas. Acabo reventado. Antes de retirarnos, tomo, en la plaza de Espinosa de los Monteros, una copa del rico vermú vasco Yzaguirre, de venta muy corriente en esta zona.

El desayuno en este día se lleva a cabo en la plaza grande de Espinosa de los Monteros. Localidad muy norteña y fresca. Es de destacar los ventanales cantábricos de muchos de sus edificios. En una selecta panadería del pueblo compramos un par de tortos de chorizo, lo que nosotros llamamos bollos preñaos, para comer de pícnic (pocas veces, aquí, entramos a un restaurante para almorzar). Nos desplazamos a Quisicedo para iniciar una ruta por el monte que nos lleve a la cascada de la Salceda. Precioso recorrido muy sombreado que tardamos en completar unas tres horas. Hemos aparcado el coche junto al bar Goiko. Allí degusto de nuevo el sabrosísimo vermú vasco Yzaguirre. El amable camarero que nos sirve recomienda visitar la zona del antiguo e infructuos túnel ferroviario de La Engaña. Un magno proyecto, que se frustró a finales de los años 50, fue la construcción de una línea férrea que recorrería el amplio trazado entre Santander y Sagunto, orientado al tráfico de mercancías. Para atravesar la montaña que separa Castilla de Cantabria, se pensó en perforar un largo túnel de 7 kilómetros, para unir la cántabra Vega del Pas con la burgalesa Valdeporres. Se construyó un poblado en las inmediaciones del túnel, con viviendas, iglesia, escuela, hospital, y se erigió el gran edificio de la estación. Empezaron a trabajar las gentes de la zona, y después presos republicanos, muy preparados, que podían redimir pena: dos días por cada día de trabajo. Al final todo quedó en nada. El vetusto complejo se llama La Engaña por el río que baña la zona. Junto a su cauce hay un agradable merendero. Allí hemos comido

nuestro pícnic. Junto a una pequeña manada de útiles caballos losinos, conocidos como jacas burgalesas, única raza autóctona equina de Castilla y León. Por la tarde emprendemos viaje a los altos de los valles pasiegos. Rutas frustradas, pues la niebla en todos ellos impide la visión panorámica. En el mirador del puerto de Sía, a 1.200 metros, hay una placa con un fragmento de un poema de Gerardo Diego, santanderino, cuya primera palabra es precisamente niebla: “Niebla, niebla en la Sía./ La clara nitidez del valle idílico”.

Al día siguiente nos dirigimos, por una carreterita serpenteante y bellamente arbolada, hacia las ruinas del monasterio Santa María de Rioseco, en el valle de Manzanedo; un entorno atractivo que un numeroso grupo de voluntarios intenta rehabilitar. Habría que detenerse en la explicación de la historia de este lugar, emblemático en todas Las Merindades; por lo que aconsejo al turista una consulta abundante en internet. La impresión que el sitio causa ahora es la certeza de saber que el tiempo todo lo puede, por muy recios que sean los sólidos contrafuertes, los arcos, las columnas. El eremitorio Cueva de San Pedro de Argés, cerca del pueblo del mismo nombre, está excavado artísticamente en la roca. Sería estupendo dormir una noche veraniega allí. Tercera parada: Mirador de Vallejo de Manzanedo, para divisar un amplio meandro del Ebro.

Nos allegamos al pueblecito de Vallejo, pequeño y pintoresco. Hablamos con una lugareña que pasa unas semanas de verano en su casa. Viuda de un ciudadrrealeño, vive en Bilbao, como muchos de los que habitan en verano aquí. Tantísimos vascos con origen en Las Merindades. El paisaje de Las Merindades es amable porque no hay que aplicarle ninguna mística. No hay vilanos sobre los que se pueda especular con segundas lecturas. Todo es un espléndido fruto carnal de la feraz Naturaleza: grandes árboles, gratos de ver y manejables para los sentidos, agua corriente, manifestada al extremo, montes poderosos en su presencia, etcétera.

Otro día. Primeramente nos dirigimos a Las Machorras. El inicio de la ruta senderista La Frente es generoso obsequiando con unas espléndidas vistas de los valles pasiegos. Yo me fatigo (padezco de EPOC –Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica–, ganada por los muchos años que he estado fumando), pero al cabo logro recuperarme. La caminata está llena de bonitos tramos de senda, pero cansa bastante tanto hayedo cerrado y sombrío, teniendo que estar muy atento a las marcas para encauzar el camino. A las dos horas y media concluimos y subimos al alto de Sía, sin niebla, y desde donde se divisa una espectacular panorámica del valle de Soba, ya en Cantabria. Me hago una foto junto a la placa con los versos del poema ‘El tablón de Soba’, de Gerardo Diego. Nos instalamos –en principio para finalizar nuestra estancia– en un nuevo hotel, situado en El Crucero, de la merindad de Montija. Las instalaciones son buenas, pero el hotel mira a una rotonda y es mucho el tráfico que une esta zona con Bilbao, Laredo, Logroño. Es la nota perversa de nuestra estancia idílica en Las Merindades. Organizamos el equipaje y nos marchamos a Villarcayo, poblada capital de la comarca, que está a pocos kilómetros, para darnos un remojón en la piscina fluvial que conforma el río Nela. Volvemos al hotel y al poco rato marchamos a Medina de Pomar, antigua capital, algo más bonita que Villarcayo y también con muchos habitantes. Cenamos en una terraza de la plaza que da inicio a la calle Mayor. Aunque aquí las temperaturas son benignas, también se nota un poco la ola de calor que azota a España, menos al Cantábrico. Aunque al atardecer siempre refresca notablemente. En nuestra tierra, La Mancha, en ese momento, los termómetros marcan mucho más de 40 grados.

En Medina de Pomar hay un ancho castillo llamado Alcázar de los Condestables, que alberga un museo histórico de Las Merindades y contiene muchos objetos típicos de Medina. Fue palacio y edificio defensivo y popularmente se nombra como Las Torres. En el museo se puede ver una hermosa maqueta de la comarca. Después, un variado periplo. Nos orientamos hacia el profuso valle de Mena y lo primero que visitamos es el santuario de Nuestra Señora de Cantonad. Desde el entorno, la visión del paisaje es formidable. Había misa. Al cura se le oía por los altavoces con una entonación horrenda. De ahí a Taranco, del que ya hemos hablado. Acto seguido a Villasana de Mena, capital de la zona. Tomamos una cerveza y visitamos una exposición de tallas y cuadros religiosos. Hay un óleo muy llamativo, El árbol de Jesé, sobre la genealogía de Cristo, unanónimo del siglo XVII, que se conserva en la parroquia de Santa María en Villalba de Losa. Fotografiamos una bonita calle del pueblo y nos marchamos a comer a un merendero cercano en Villasuso de Mena, junto al río Cadagua. Luego un rato en una recoleta orilla del embalse de Ordunte, que abastece de agua a Bilbao y es propiedad de esta capital vasca. Nos tumbamos un rato en la hierba a reposar. El fin de la jornada es una visita concertada telefónicamente a tres iglesias románicas con muy jugosos elementos tan propios del románico: San Lorenzo de Vallejo, San Pedro de El Vigo y Santa María de Siones. La antigua iglesia de la aldea de El Vigo, con 7 habitantes (la moderna parroquia es del siglo XIX), tiene una curiosa historia: con una puerta que parece de la un vetusto y simple almacén, sólo conserva del románico un sillar con un relieve incompleto y un magnífico tímpano describiendo la Pasión y Resurrección de Cristo. En la escena, hacen su aparición, según podría ser, Pilatos y su esposa, condoliéndose de la sentencia judaica. El guía que nos enseña estos tres templos es un simpático muchacho. Está muy puesto y sus explicaciones son amenas.

El regreso lo atrasamos un día, porque no queremos llegar a nuestro lugar de La Mancha con 43 grados. Pensamos trasladarnos a la cercana Cantabria y reservamos habitación en el Balneario de Liérganes. Abandonamos Las Merindades subiendo al Alto de la Lunada y descendemos hacia Liérganes por el opuesto flanco de la misma montaña, con un paisaje todavía más verde. Nos paramos a tomar un café en el barrio de San Roque de Riomiera La Concha. El bar-restaurante tiene un comedor con unas vistas espléndidas. Allí también está la posada La Vieja Escuela, económica y con una pinta excelente. Sitio ideal para un pequeño e intenso reposo. El Balneario de Liérganes es un establecimiento histórico. Acudía a él la aristocracia y hasta el mismísimo Alfonso XIII. Pero hoy está de capa caída. Trabaja ahora, por la pandemia, poco personal y el restaurante está cerrado; sólo se sirve el desayuno y la cafetería abre pocas horas. La decoración de los cuartos está anticuada y el decano establecimiento necesita, en general, una manita para renovarlo. La reserva ofrecía un circuito termal; la verdad, no está nada mal remojarse una hora en el saludable azufre de la agradable agua templada. Este pequeño viaje me ha servido para reencontrarme con mi queridísimo amigo y admirado poeta José del Saz Orozco, al que, por azares del perverso destino, hacía tiempo que no veía. Veinte años atrás Pepe se casó con María, una santanderina, y celebraron el banquete (mi mujer y yo allí estuvimos) precisamente en el Balneario de Liérganes. Del Saz Orozco ya lleva una década residiendo en Cantabria. El día de la vuelta, salimos de Liérganes con 17 grados y lloviznando. Sabíamos de sobra que al arribar a La Mancha habría veinte grados más.

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