Tarde de humanos

0
428

Asocial aprendió algo de la pesadilla, real o irreal, de hace dos madrugadas. Uno de los del trío de astronautas, el de la abundante cabellera recogida en una coleta, me acusó de ser una rata cobarde y de no querer implicarme en una tragedia que nos afecta y alcanza a todos los de la especie humana, la de mayor inteligencia que habita y destroza el planeta Tierra. A lo mejor tenía razón, pese a que era insufrible el modo como me lo decía.

Esta tarde menos que otra no es momento para la ironía y el cinismo. Confieso que me muevo en ellas como pez en el agua. La figura retórica la aprendí de los jesuitas. Lo segundo, seguramente de la vida y de la última empresa de comunicación en la que trabajé durante tantos años. No me arrepiento. No lo lamento.  Tampoco soy crítico con mis referentes. Ojalá sean conscientes de eso que yo aprendí de ellos, si bien tengo mis dudas al respecto.

En cualquier caso, con pico o sin pico pandémico, esta tarde confieso que es más triste que las anteriores cuando me entero de las últimas estadísticas de muerte y de los horribles datos de desempleo en marzo. No por esperados dejan de ser menos dramáticos. No es ya un partido de tenis en el que el marcador nos sobresalta por las variaciones. Más bien parece como una carrera de fondo en la que van cayendo poco a poco los participantes. Uno espera a que toquen de madrugada a la puerta y que le anuncien: «Es tu turno, rata inmisericorde».

Una amiga me contaba hace unos días la conversación que había mantenido por teléfono con una anciana de una residencia de mayores, esos centros que hoy más bien me parecen lugares de exterminio. Y no por culpa de los cuidadores, sino por la falta de medios. La señora en cuestión le preguntó con voz temblorosa si esto era el fin del mundo. No mujer, la tranquilizó mi amiga, que aún tiene usted que dar mucha guerra.

Ignoro si esta anciana sigue viva esta tarde y si lo está, cómo lo hace, con quién habla, de qué habla, qué siente. Gente como ella necesita alimentarse de algo, creer en algo, tener esperanzas de algo. Yo en su lugar estaría vacío, tentado a terminar con mi existencia. Tal vez pidiendo a alguno de mis compañeros residentes que me asfixiaran con dos o tres almohadas o camelando a una enfermera para que me sedara. La vida es mía y no de ustedes, les explicaría a mis colegas del lugar para rogarles a que me ayudaran..

Soy muy contradictorio. Desconozco la razón. Inmadurez, duda existencial. No lo sé, sinceramente, pero soy capaz de afirmar una cosa y la contraria y explicarlo racionalmente. Soy asocial pero también humanista. En el fondo no desprecio a mis congéneres ni a mí mismo, aun cuando me acusen de ser escoria. Digo esto porque tendría curiosidad esta tarde por hacer reportajes humanos de las figuras públicas que nos gobiernan o hacen como si nos gobiernan. Por ejemplo, cuántas horas duerme el presidente, de qué habla con su esposa e hijas, quién le aconseja más allá de ese gurú a quien pronto los medios van a convertir en un Rasputín vasco. Mi curiosidad se acrecienta si pienso en la vida del anterior monarca. «24 horas con el Emérito». Qué hará, hablará con su hijo o con su mujer, tendrá ayuda espiritual o psicológica o se pondrá nostálgico al ver que este año nada de nada en lo que concierne a las corridas de San Isidro. Pienso que a diferencia de gran parte de la población, que cuenta los días para salir del encierro como si esto fuera una cuestión de tiempo, él anhela que el confinamiento se estire hasta el fin de sus días para así evitar un procesamiento, el destierro o algo peor. Los españoles somos muy bárbaros, que se lo digan a las fuerzas invasoras napoleónicas.

¿Y qué pensar del molt honorable Pujol y de la madre superiora? ¿Habrán contraído el virus? ¿Cómo pasarán la reclusión? ?Recibirán el apoyo de sus hijos, la llamada de Mas o de Torra? Al menos ellos a diferencia de mí creen en su identidad nacionalista y bajo ese mantra justifican la ligereza con la que se movieron en el mundo de la mordida. A quien me imagino más tranquilo, aunque, naturalmente, cuestionando siempre su estabilidad emocional, es al exiliado de Waterloo. Intuyo que en los momentos de bajón cogerá la guitarra y cantará en su decente inglés y buen oído Imagine. Y además, con la satisfacción de encontrar siempre culpables de esto y de lo otro. En eso se parece a lo más rancio del catolicismo.

Quienes viven felices son los turkmenistanos. En la antigua república soviética se ha prohibido por decreto hablar de «la cosa». Aceptan que está con ellos pero la eluden en la comunicación cotidiana. Ignoro si en la intimidad prevalecerá el cumplimiento de tal instrucción. No han inventado la pólvora sus gobernantes. En los momentos duros del franquismo la prensa no estaba autorizada a escribir de otros asuntos que no fuera el elogio de las bondades del caudillo. Luego, cuando Fraga ablandó la situación la mordaza se transformó en autocensura reporteril.  Estrategia más astuta pero mucho más eficaz.

Podría seguir preguntándome por qué los bielorrusos han convertido la pandemia en un asunto de testosterona y no se pierden un partido de fútbol o uno de hockey sobre hielo con el graderío repleto sobre todo de hombres. ¿Qué mejor que eso? Circo en lugar de muerte. Y no se me quita de la cabeza Corea del Norte. Cómo estará durmiendo esta madrugada el amado líder Kim Jong  Un o aquel atribulado intérprete que me pusieron en una visita en 1989 a Corea del Norte, que me dijo con cierto orgullo cretino que su castellano lo había aprendido escuchando cintas de discursos de Castro. Así salió, claro. Era un trabalenguas cada vez que me esperaba por la mañana en el vestíbulo del hotel y yo malvadamente lo humillaba. Por entonces todavía vivía el gran líder y fundador de la patria, Kim Il Sung. Si resucitara esta tarde aventuro que se moriría del susto.

Lo sé, son boludeces con la que está cayendo y seguirá haciéndolo. Mejor no marcarme metas. Entretanto, en mi edificio sale de nuevo la gente a aplaudir y algún vecino conecta un aparato desde el que escuchar los compases de la Marcha Real. Yo no salgo. No me olvido que soy asocial y encima asintomático.

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí