Thomas Mermall

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Se cumple hoy una semana de la muerte del amigo. Tuvo una mala agonía, quizá innecesaria, pero era ante todo un superviviente y luchó hasta el final. En una de nuestras últimas conversaciones me confesó que ya no podía más y que si el sufrimiento se alargaba una semana más, se colgaría de una lámpara del techo, cumpliendo así con una vieja tradición practicada durante generaciones por sus compatriotas húngaros. Claro que esto me lo había dicho acompañándolo de una media sonrisa, sin creérselo demasiado, pues en el fondo debía creer, todavía entonces, que al día siguiente los dolores y el estupor de la morfina y el asedio al que le tenía sometido el cáncer se volatizarían como se volatiza un mal sueño.

 

Por una triste casualidad fui yo el primer amigo en saber que le acababan de descubrir un tumor en el páncreas y de los últimos en hablar con él por teléfono antes de que se lo llevaran de urgencias al hospital, donde murió a los pocos días. En todo ese tiempo, no más de seis meses, encaró la enfermedad con admirable entereza y valentía. Su mayor preocupación no era él, sino su mujer, esto es, el dolor que su mujer pudiera sentir por verlo a él sufrir y morir.

 

Conocí a Thomas Mermall en 1989, al poco de iniciar mi doctorado en el Centro Graduado. No llegué a ser alumno suyo, pero sí asistí de oyente a alguna de sus clases, en las cuales uno quedaba en seguida prendado de su magisterio socrático. Todos hablábamos allí y todos opinábamos, aunque luego era él -con exquisita elegancia y con su mucho saber- quien aclaraba conceptos, resumía posturas y llevaba el debate a las cuestiones de fondo. Esa tolerancia pedagógica, que a mí tanto me impresionó en el aula, tuve luego ocasión de comprender -cuando hice amistad con él- que no era tanto una técnica adquirida como algo innato en su persona.

 

Pues si algo sabía hacer Mermall era escuchar al otro, fuera amigo o no, gracias a una gran capacidad de empatía, no sé si acentuada por la terrible experiencia del Holocausto, aunque creo que a él le resultaba de lo más natural ponerse en lugar del otro, sentir con el otro, comprender -e incluso compadecer- al otro. Nunca noté en él ningún resentimiento hacia aquellos que en su infancia lo habían perseguido para exterminarlo y que exterminaron sin piedad a su madre y a tantos de los suyos. Mermall recordaba -no olvidaba-, pero su postura era parecida a la postura abierta y comprensiva de Miguel de Cervantes en relación a su cautiverio en Argel.

 

Llegada la jubilación, quizá algo prematura, dejó al margen su labor de hispanista y dedicó todas sus energías a escribir sus memorias, muy consciente de que todo lo que podía decir de Unamuno, de Ortega o de Francisco Ayala no era ni la mitad de interesante que el testimonio de su propia vida. A mí me agradeció siempre que lo animara en esta empresa, aunque para mí fue un privilegio y un honor contar con su confianza y poder seguir muy de cerca su gestación.

 

Mermall escribía con la misma soltura y amenidad con la que hablaba, pero además, a diferencia de casi todos nosotros, tenía cosas que contar. Su relato se tejía casi siempre en torno al sustantivo, más que el adjetivo de relumbrón o los adverbios intrascendentes. No había necesidad, en su caso, de esmerarse en la frase bien hecha y en la estilizada descripción, o de embarullarse en originales construcciones narrativas. Sus memorias, al menos en todo lo que atañe a su infancia y primera juventud, tienen la verdad brutal de quien ha vivido y sufrido mucho.

 

Dijo Adorno que después de Auschwitz no es posible hacer poesía, pero la realidad es que la poesía se ha hecho, especialmente, en épocas convulsionadas, como la que vivió el niño Mermall. Y así, todo su relato de la huida al bosque con su padre, y las peripecias allí pasadas hasta la llegada del ejército ruso, no difieren grandemente de un cuento de hadas, como no lo tiene, en buena parte, la relación con su madrastra en la dura postguerra. Así se lo dije yo alguna vez a mi querido amigo y él se sonreía y me daba la razón, con esa bondad tolerante que nunca perdió. Toda historia real, lo sabía él mejor que nadie, incluso la historia más cruda, más terrible, o quizá por eso mismo, se hace siempre con el mismo cañamazo de los sueños y las fantasías, a modo de escapismo o de analgésico, porque el dolor, si no, es demasiado insoportable. Uno necesita escribir para mitigar el dolor de la pérdida, como el que todavía siento yo ahora, al poner punto y final, y comprender que mi amigo Tom no está ya aquí, ni me llamará por teléfono, ni se sonreirá al verme ni me abrazará ya más.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.