Un Céline en blanco y negro

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Acabo de ver en YouTube varias entrevistas hechas a Louis Ferdinand Céline por la televisión francesa al final de su vida. Mucho de lo que allí dice -dicho entre 1957 y 1961- ya lo había dejado dicho y escrito en otros sitios, pues Céline era de suyo bastante machacón, pero al oírselo decir de viva voz y en su casa de Meudon, con su loro y con sus perros, siento casi la misma emoción que sentiría si viera a Marcel Proust recostado en su cama de charla con Celeste, o a James Joyce de paseo con su mujer por las calles de Zurich, pocos días antes de que se le declarara la úlcera que lo llevó a la tumba.

 

El rostro de Céline me era ya de sobra conocido de verlo en fotos, aunque una cosa es la foto estática que uno ha visto en una enciclopedia o en un artículo de revista y otra la cara en movimiento, con su gesticulación y parpadeo, con su risa y su sonrisa, por más que este Céline que vemos en televisión se sonría poco y apenas mire de frente a la cámara o a los ojos del entrevistador. Céline habla casi siempre en voz baja y como para sí, con la mirada perdida, y se le ve físicamente gastado, con ropa vieja y con mucho desaseo. Desde luego la pirotecnia verbal desplegada en Entretiens avec le professeur Y es solo aquí el bisbiseo de un ajado sesentón que parece irremediablemente condenado a morir, no se sabe si de una apoplejía o de un tiro en la nuca.

 

Como es de suponer, Céline en estas entrevistas se cuida mucho de no tocar su pasado colaboracionista y su antisemitismo visceral (tan visceral e histriónico, en verdad, que ni los mismos nazis lo aceptaban) y se centra mayormente en su escritura y en su pesimismo existencial. Se declara pacifista y hasta visionario o profeta de catástrofes. Así, muy al principio de una entrevista, al preguntársele por la naturaleza violenta de su lenguaje literario, primero lo niega y luego concede que a lo mejor su supuesta virulencia verbal no es más que un ladrido de advertencia, como los ladridos que realizaba el perro guía de los exploradores polares cuando olfateaba o intuía que unos metros más allá podía haber una grieta en el hielo.

 

Mi francés oral es precario y el viejo Celine, aun sin echar mano del argot, no es que se caracterice por su buena dicción ni por hablar con claridad cartesiana, pero cojo cosas aquí y allá, como eso del perro guía o como cuando afirma que a un escritor debe juzgársele exclusivamente por su estilo y no por las historias que cuenta, lo cual, según él, está al alcance de cualquiera: del carnicero, de la señora de la limpieza y hasta de un registrador de la propiedad.

 

Pues para Céline solo parece contar la música o la “pequeña música” que emana del ritmo de la frase, de igual modo que en un cuadro de Cézanne o de Picasso cuentan, especialmente, las formas y los colores y no la manzana que se pinta o la modelo retratada. Este purismo formal, sin embargo, no puede ser frío ni distante. Las palabras tienen que estar acompañadas siempre por el calambre de la emoción. Al principio, nos dice Céline, fue la emoción y no el verbo. Emoción primero y la petite musique después, et tout le reste est litterature.

 

Celine era un entusiasta del ballet y consiguientemente del ritmo. No sé si era aficionado al jazz, aunque seguramente lo era, y así se refleja en la cadencia de su prosa, que oscila entre la verborrea inconexa del que delira y los patrones rítmicos y versátiles que arranca el baterista de jazz en torno a un tema cualquiera. Prosa maniática, obsesiva, circular, que se enrolla sobre sí misma, sin aparentemente ir a ningún sitio, salpicada de humor negro, de improperios y de hilarante ferocidad.

 

Confieso que nunca pude terminar De un castillo al otro, ni Nord ni Rigodon, quizá debido a esa falta de dirección que muestran sus últimos escritos o quizá por el exceso de virulencia verbal, pero puede que en esta trilogía, escrita al final de su vida, se encuentre su más ambicioso proyecto y uno de los mejores testimonios sobre los estragos de la guerra.

 

Claro que el Céline que todos reconocen y admiran es el de sus dos primeras novelas. Recuerdo todavía la conmoción que me produjo a mí la lectura de Voyage au bout de la nuit, a mis veinte años, en una edición de Planeta, creo, dirigida por Baltasar Porcel. Luego he vuelto a releerla en francés, como Mort à crédit, que puede que sea, como dicen muchos, su obra maestra.

 

Mi admiración y mi deleite por estas novelas, y por su escritura en general, nunca han disminuido. Se habla mucho del nihilismo y del hondo pesimismo que aflora en toda la producción de Celine, pero yo no creo que haya un escritor que pueda ser más tierno y más feroz a la vez, además de ser casi siempre divertidísimo. En eso se parece a nuestro Quevedo.

 

Vargas Llosa, en un penetrante artículo sobre Céline, relacionaba la sordidez de la periferia parisina expuesta en sus dos primeras novelas con el fascismo barriobajero que luego adoptaría como suyo a finales de los años treinta y que daría textos tan reprobables como Bagatelles pour un masacre. Me parece acertado lo apuntado allí por Vargas. Pues la genial contribución de Celine a la literatura francesa, así como su mayor delito, está en haber sabido recoger, entre otras cosas, los prejuicios que anidan en la lengua del populacho, sea el racismo, el machismo o el odio al forastero. De manera inexorable, todo fascismo nutre su discurso bajando a la cloaca del lenguaje popular, con su surtido de descalificaciones xenófobas, resentimientos de clase y miedos ancestrales al sexo y a cualquier otredad. Céline, lejos de sustraerse a las palabras obscenas de la tribu -las palabras tabú y las sucias palabrotas que la lengua almacena en sus letrinas-, las dejó correr por su prosa a raudales, con un vértigo y una belleza nunca vistos en la estreñida literatura francesa, por lo menos desde Rabelais.

 

La fascinación que nos causa la lectura de cualquier escrito de Céline, hasta el panfleto más repugnante, supongo que estriba en el ritmo (en esa “pequeña música” engañosa) que convierte sus diatribas contra todo y contra todos en un martilleo hipnótico y sus obsesivos monólogos, taraceados por el prejuicio y los bajos instintos, en un histérico divertimento, con masacre incluida.

 

Al final de la última entrevista, a unos meses de su muerte, Celine decía, con cierta solemnidad, que el escritor siempre paga por lo que hace. En su caso bien pudo ser así. Con poco más de sesenta años su aspecto físico era el de un guiñapo. La imagen en blanco y negro nos hace recordar a un reo nazi, como Eichmann quizá. Claro que en el escritor no hay arrepentimiento ni disculpas ni mala conciencia. Hasta su último día debió pensar que era un perro guía (o quizá un mero chucho) al que se le había atado a un árbol y que no le quedaba más que ladrar y ladrar en mitad de la noche.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.