Un debate virtual sobre el realismo en literatura

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La semana pasada mantuve un diálogo con tres amigos españoles en torno a la novela y el arte narrativo en general, lo cual resultó ser, al menos para mí, una experiencia divertida, aunque frustrante, como me suele pasar cada vez que inicio un debate con ellos. No son lo que se dice gente fácil, ni de los que dan su brazo a torcer así como así. El primero se llama Antonio del Real y, fiel a su nombre, es un defensor a ultranza del realismo literario. Su profesión médica, sus bigotes de morsa y su oronda panza no hacen sino subrayar sus principios estéticos. Mi otro amigo, al que conocí casualmente en un café parisino hace ya más de veinte años, atiende al nombre de Luis Sastre, aunque sea otro su nombre en el pasaporte y otro muy distinto el que se lee en su partida de nacimiento. Siempre a la última -o, más bien, a la penúltima-, este hombre cansado de su nombre tiene aversión a todo aquello que suena, huele o sabe a familiar, sea Miguel Delibes, el arte figurativo o el cocido madrileño. El tercer amigo es una amiga y se llama Lidia Recadero. Lidia es alta, elegante y políglota, además de periodista. Trabajó de corresponsal durante años en Berlín y ahora lo hace en Nueva York, aunque a regañadientes. Su mucha cultura y su conocimiento de lenguas le permiten transitar cómodamente por la literatura en alemán, en inglés o en francés. Víctima quizá de su cosmopolitismo (o porque verdaderamente lo siente así), muestra bastante indiferencia por los escritores españoles actuales (salvo Vila-Matas y Andrés Ibáñez) y también por los hispanoamericanos, exceptuando los del boom (y Bolaño, cómo no). Es lectora voraz y exquisita a la vez, sin que esto represente en ella una contradicción. Asegura que le atrae la escritura experimental, aunque sospecho que al final lo único que de verdad aprecia es un buen reportaje que conteste cumplidamente a las seis preguntas W del periodismo anglosajón.

 

El debate, como tantas otras veces, lo inició precisamente Lidia, tras mandarnos a los tres un mensaje electrónico donde adjuntaba un artículo de Eduardo Lago en El País sobre la última novela de Franzen. El mensaje, escueto y burlonamente ambiguo, decía así:

 

¿Lo leísteis? Yo sí. Y me dejó fría… La novela de Franzen, no lo que dice Lago. Ahora estoy aquí viendo en la tele con mi hija un viejo episodio de “Mujeres desesperadas”. Narrativamente muy superior, por mucho disparate que sea.

 

La contestación no se hizo esperar. Primero fue Antonio, seguido en poco menos de dos minutos por Sastre. Y, por alusiones, yo, cinco minutos después. Me permito transcribirlos aquí, en mi blog, junto al resto de los emails, que fueron entrecruzándose durante dos intensos días. Mis amigos no me han puesto ninguna objeción a que los cuelgue y sólo me han pedido que los transcriba tal cual, sin cosmética ni maquillajes.

 

From: Antonio del Real

To: Lidia Recadero.

CC: Antonio del Real, JLM.

 

Querida Lidia:

El retintín de tu sincopado mensaje no va a quedar sin respuesta esta vez. No me hace falta ponerme a leer la última novela de Franzen para saber que se trata de una obra maestra. Leí Correcciones y me basta. ¿Que a ti te aburre? Pues sigue viendo la tele, hija mía… En cuanto al realismo, ya sabes lo que opino. La narrativa experimental no da más de sí. Lo he dicho muchas veces y lo repito ahora. Sirvió en su momento, hace ochenta años, en una época cuando poner un bigote a la Gioconda o inventarse un lenguaje idiosincrático causaban escándalo y epataban a la burguesía. Ahora ya esas cosas no escandalizan ni sorprenden a nadie, ni siquiera a los críticos murcianos. Se necesita volver urgentemente a una literatura que sea reflejo de su sociedad, como en los viejos buenos tiempos. Basta ya de mirarse al ombligo encerrado en una torre de marfil vanguardista. Hay que salir a la calle y contar lo que pasa. Con tantas cosas nunca vistas ni oídas antes, ¿para qué perderse en meta-disquisiciones sobre lo que uno puede o no puede representar? El subjetivismo y la auto-referencia no llevan más que a la parálisis y a la más completa incomunicación. Tú, Lidia, siendo periodista, lo sabes mejor que nadie, pero observo en ti una doble moral. Cuando escribes un reportaje, como el que publicaste el otro día, tu realismo es total. Sin embargo, basta que un novelista utilice un método semejante para que te rasgues las vestiduras. La verdad es que no lo entiendo. En fin, gracias por el artículo, que leeré en cuanto tenga más tiempo.

 

 From: Luis Sastre

To: Lidia Recadero, Antonio del Real

CC: JLM

Queridos amigos:

No puedo por menos que llevarme las manos a la cabeza. El señor Del Real, tan defensor de la literatura “empírica”, está convencido de que Freedom, la última novela de Franzen, es una obra maestra… ¡sin haberla siquiera leído!, y luego nos pide a los demás que salgamos de nuestra torre de marfil. Hay que tener un poco más de rigor. No quiero entrar en debates, pero me parece verdaderamente ridículo a estas alturas confundir realismo con realidad, que son dos cosas claramente distintas. El realismo es un movimiento artístico y literario que floreció durante buena parte del siglo XIX y la realidad es lo que percibimos a través de los sentidos y a través, sobre todo, del lenguaje. ¿Acaso cree el señor Real que el París que aparece en la Comedia Humana de Balzac es el París real? ¿O que el Madrid barriobajero de La busca, novela que admira tanto nuestro amigo, se corresponde con la realidad? Toda novela es un ejercicio verbal que se enrosca sobre sí mismo, lo quiera o no lo quiera el señor Real. Y lo mismo le diría a Madrigal, que en uno de sus últimos blogs parece hacer el elogio de la novela realista, aunque confieso que en ocasiones no sé muy bien a qué carta se queda (¡mójate más, querido!). Y, por cierto, Lidia, no te pierdas la nueva serie, The Event, los lunes a las nueve. Creo que puede ser mejor que Lost… 

 

From: JLM

To: A del R, LS, LR

Queridos:

La andanada de Luis no me deja otra opción que entrar en esta refriega, aunque me sentiría mucho mejor si el debate lo hicierais directamente en mi blog, porque así se sabría que todavía hay algún loco o despistado que me lee. Primero, quiero aclarar que empleé el término “realismo” con demasiada imprecisión. Siguiendo al maestro Auerbach, debería haber dicho, más bien, que toda novela está obligada o condicionada o destinada a “imitar” o representar la realidad circundante y que, por lo general, esta imitación debe centrarse en lo cotidiano o en lo particular de la existencia. No quiero ponerme profesoral ni dedicarme a hacer una historia de la mímesis en Occidente, pues para eso está, entre otros, el libro del propio Auerbach, pero a mí me parece que no se puede llamar novela a un ensayo o a un diario personal, a no ser que nos dé igual cualquier tipo de taxonomía. Y sí, la novela vivió su época de mayor esplendor en el siglo XIX, de igual manera que el soneto tuvo su mejor momento en los siglos XVI y XVII en Europa. A esto habría que añadir que, lo mismo que el soneto, la novela tiene sus condicionamientos formales. Un poema con treinta versos no es un soneto, y una narración sin personajes mínimamente delineados dentro de unos parámetros espacio-temporales es cualquier cosa menos novela. Otro asunto sería la tipología de la novela. Las tenemos de muchas clases. Está la novela de aventuras, la novela policiaca, la novela de espías, la novela rosa… En esa entrada del blog a la que se refiere Luis yo distinguía, con poco rigor quizá, entre novela y romance, que es en realidad la distinción que se viene haciendo desde la época del Quijote. El “romance” en el Quijote eran los libros de caballerías y hoy serían las novelas que escribe Dan Brown y Tom Clancy. ¿No os parece la novela postmoderna una puesta al día de la parodia cervantina? Claro que, bien mirado, toda obra moderna suele empezar como parodia de la antigua… No quiero extenderme más. Sólo una última pregunta, ¿estás seguro, Luis, de que The Event puede superar a Lost? Yo vi el primer episodio el lunes y me supo a muy poco.

Abrazos,

JL

 

From: Lidia

To: A del R, LS, JLM

 

Queridos muchachos:

Ya veo lo peligroso que es encender la mecha delante de material tan explosivo. Pero no desbarremos ni nos vayamos por los cerros de la teoría literaria. A mí la novela de Franzen me resulta un pestiño, pero no porque sea “realista” o “mimética” o americana. Lo es porque está, a mi juicio, escrita en un estilo que no es ni humilde ni sublime ni mediano (como diría el gran Auerbach, a quien yo también leí en la Universidad, profesor), sino francamente vulgar, pedestre, inane. Hay demasiadas frases infelices, pasajes infumables, personajes y situaciones que no se los cree ni la abuelita de Mr. Franzen. Se nota que es muy currante, pero al lado de Updike o de Saul Bellow, Franzen es, sencillamente, un colegial pedante y pesado. Hay mucho de artificial en Franzen, como en tantos escritores americanos que surgen de los departamentos de literatura creativa, llenos de fórmulas y carentes de una voz auténtica. No entiendo el entusiasmo de Lago, la verdad. Pero conociéndole, seguro que lo ha hecho para provocar… Y, por cierto, estaré pegada a la tele el próximo lunes para ver el segundo episodio, y si me aburre, me pondré entonces a releer a Sebald. Oh, Sebald, Sebald, por qué nos abandonaste tan pronto…

 

From: A de R

To: LS

CC: JLM, LR

 

Del señor Real al señor Modisto:

París era una fiesta hace ya más de ochenta años, pero incluso hace ochenta o noventa años había un jovencito que se llamaba Hemingway que se dejaba las pestañas para descibir con todo detalle las gotas de vino tinto que le resbalaban por el codo a su desorientado protagonista mientras lo empinaba (el codo, que no otra cosa) en los San Fermines de Pamplona. Estoy con Madrigal con respecto a la mímesis, pero sin olvidar que la representación de la realidad tiene que aparecer dentro de una historia con principio, nudo y desenlace. O, por lo menos, con nudo. Pero que no me vengan con engendros narrativos totalmente ajenos a la realidad cotidiana. Las palabras y las cosas pueden divergir, pero si no se juntan nunca y andan siempre cada una por su lado, no se verá maldita la cosa y la palabras sonarán a sonajero. (Alguien acusaba a otro de practicar la escritura sonajero, aunque no recuerdo ahora quién era ese alguien ni ese otro). En todo caso, señor Modisto, déjese de las modas de París, que están ya muy pasadas, y anímese a leer a Franzen, o, si no le atrae por ser americano o le ha convencido nuestra querida amiga Lidia de lo malo que es, hínquele el diente a cualquier escritor que respete la toponimia, los nombres propios y las coordenadas de lugar y tiempo.

 

From: Luis Sastre

To: Antonio del Real

CC: LR, JLM

La realidad más real, señor Real, es que Ud. no se entera de la realidad actual… Todo lo que dices en tu anterior mensaje me huele a rancio. ¿Nombres propios? Si ahora es lo que más se lleva, al menos en televisión… Enciéndela a cualquier hora y te encontrarás con todos los reality shows habidos y por haber. ¿Hay mayor realismo que ver cómo se lava los dientes un macarra durante dos largos minutos y escucharle luego en conversación con su novia mientras se rasca sus partes tumbado en un sofá? Si es ese el realismo que buscas, lo tienes a espuertas en Gran Hermano o en cualquiera de las otras decenas de realities que pululan por la televisión. Pregúntale a Lidia, que seguro que te puede asesorar muy bien. La literatura es otra cosa, debe ser otra cosa. Por de pronto, la misión de un escritor es pulir en lo posible las palabras de la tribu. Esta recomendación, por parisina que sea, está todavía de moda, como lo están los antibióticos, la aspirina y otras medidas higiénicas, como lavarse las manos antes de empezar a comer… un cocido. Luego, naturalmente, tiene que construirse una voz personal, que se hace mediante el uso particular de la lengua. El lenguaje debe serlo todo en un escritor, sea novelista o redactor en un periódico de provincias. Lo tercero es que debe ser consciente de que la realidad circundante y la realidad verbal son indefectiblemente dos mundos aparte, aunque puedan en algún momento andar conectadas. ¿Por qué tiene que ser «prosa sonajero» (era Marsé quien se lo decía a Umbral) toda prosa que tenga sentido por sí misma, sin acudir al referente externo? Orlando el furioso o el Orlando de Woolf apenas tocan la realidad cotidiana y son obras maravillosas. ¿O no lo son? La verdad literaria se encuentra sólo y casi exclusivamente en la particularidad de la voz, no en la particularidad de lo que se cuenta. ¿A quién puede importarle la hora en que sale la marquesa de su casa?

 

From: JLM

To: Luis Zapata

CC: LR, A del R

Una simple aclaración. Aquí se discute, mayormente, de las posibilidades de representación (mímesis) dentro de una obra literaria y no lo que es o qué significa la literatura en sí, algo mucho más complejo, aunque ciertamente relacionado. La mímesis se puede alcanzar de muchas maneras. El teatro clásico francés del siglo XVII pensaba que el único modo válido y verosímil de representar la realidad era mediante el cumplimiento de las tres unidades de acción, tiempo y espacio. Debía haber un solo conflicto, que sucediera en un mismo lugar y en menos de veinticuatro horas. Los románticos pensaron que eso era el colmo de la falsedad, pero si se mira con detenimiento, una obra cuya acción dura dos horas y se desarrolla en un mismo escenario es mucho más verosímil si ocurre en un mismo día que si se extiende durante meses o años. Lo mismo podría aplicarse a cualquier otra faceta de la escritura. Por ejemplo, este diálogo. ¿Es nuestro diálogo más auténtico que los diálogos de Platón o los de Erasmo? Probablemente sí y, sin embargo, no es ni más interesante ni desde luego más artístico. De modo que la autenticidad no puede ser nunca un criterio literario, creo yo. Si cojo una grabadora y me voy a la calle, recogeré la lengua de la calle, pero esa lengua no tendrá, de por sí, arte. Necesitamos, pues, algo más. Necesitamos seleccionar el material, recrearlo, componerlo. Es decir, la poiesis. Ahí sí que puedo estar de acuerdo con Luis. La composición es esencial, no tanto la autenticidad o, incluso, la singularidad. Además, como sabéis bien, sospecho que todo lo que decimos, necesariamente, es siempre singular y único. Todos estamos condenados a convivir con nuestra propia individualidad, por más clichés y frases comunes que empleemos. Al final, si lo pensamos bien, todo pasa por la Monadología y la identidad de los indiscernibles de Leibniz. Propongo, pues, su lectura detenida…

 

From: Lidia

To: JLM, LS, A del R

Con la filosofía hemos topado… Mi propuesta, mucho más modesta, es que nos reunamos el próximo lunes en mi casa a las nueve de la noche para ver el segundo episodio de The Event y, si os apetece, sigamos allí con la discusión.

 

De modo que fue Lidia quien inició el debate y, como en otros muchos casos, también fue ella quien lo acabó. Los tres aceptamos gustosos la invitación, pero antes Luis, en email personal, me mandó esta simple nota:

 

Por favor, la próxima, en lugar de teorizar tanto, escribe una novela… aunque sea mimética. Pues sea como sea, te saldrá una monada.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.