Un disfraz de enmienda transaccional

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Los políticos de hoy, sin experiencia laboral en las empresas, ni siquiera en la calle, criados al calor de sus partidos, utilizan, por supuesto, su propio lenguaje inaccesible. Con ese idioma estamental de laboratorio pretenden (¡y lo consiguen!) acercarse a la gente. Es una cosa horrible. No es que cambien el significado de las palabras para crear (y encastillar) su mundo, sino que se las inventen. No parece que el nivel y la cantidad de sus lecturas vaya mucho más allá de los papeles que les escriben. La calidad de sus mensajes así lo indica, aunque también hay algo de moralidad en el asunto. Esa jerigonza que, con tanta soltura, por ejemplo, practica Irene Montero es como escuchar a Antonio Ozores pero con ínfulas ministeriales. Adriana Lastra, un suponer, hablando de “enmiendas transaccionales” podría producir vueltas de cabeza al oyente. La mía lo imagina y ya lo intenta. Enmiendas transaccionales. Una enmienda transaccional es que, grosso modo, una vez redactado el texto definitivo de una ley (como la ley Celaá o la ley del rebaño monolinguístico libre de español), cualquier ponente (un político como Lastra, sin ir más lejos, o como la propia Celaá) puede hacer todos los cambios que considere con el acuerdo de los grupos participantes. Y a eso lo llaman “enmienda transaccional”, eufemismo siniestro. En el próximo Halloween voy a proponerle a alguien el disfraz de enmienda transaccional. Yo a mi hijo no le voy a decir que viene el coco, ni siquiera Pablo Iglesias, sino la enmienda transaccional. Pero no oirán a una Lastra cualquiera ningún día de estos hablar de enmiendas transaccionales porque las enmiendas transaccionales, esos fantasmas, se las guardan para ellos. Y casi nadie lo sabe y, lo que es peor, a casi nadie le importa. La política es un laberinto aburrido e indescifrable e indeseable para el votante medio, que acaba dejándose llevar por lo que dicen sin pensar en lo que callan. Es la teoría del iceberg de Hemingway aplicada al noble, innoblemente ejercido mayormente, ejercicio de la política. Lo importante, lo más grande del iceberg son los siete octavos de su volumen que permanecen bajo la superficie, donde se encuentran, por ejemplo, las enmiendas transaccionales y otros muchos instrumentos de los que no oiremos hablar a nadie. La mal llamada enmienda (la perversión política de las lenguas alcanza hasta a las etimologías) es el comodín del político (la baraja del político está llena de comodines de todas las clases), mientras entre ellos, individuos sin vida que gestionan las cosas de la vida, soberbios legos que cuestionan la Constitución intelectual, vívida y vivida en comparación a lo que acontece, y la historia y la vida que nace de ella, se ufanan hoy de toda su terminología moderna y vacía y lejana y arribista, inservible para el pueblo, que no aparece en los libros que lee, o que leía (ay), la gente.

 

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