Un país que desaparece

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Las estimaciones más pesimistas cifran en unos 30.000 los desparecidos durante los siete añós de dictadura de la Junta Militar en Argentina. Las autoridades olo reconocen 12.000. Cifras escalofriantes en todo caso, rostros difuminados por la desmemoria y rescatados del olvido, uno a uno, por sus familiares, por las y los luchadores por los Derechos Humanos. Pero hoy, en un lugar de Suramérica, el drama es peor si es posible competir en dolor, en sombras.

 

El último informe de Medicina Legal en Colombia revela que solo en 2009 los desaparecidos son 18.236 personas en ese país. El aumento ha sido brutal ya que en 2007 los desaparecidos apenas superaron los 4.300. Pero dicen los bienpensantes que Colombia es un Estado democrático, o así lo consideran los gobiernos europeos y estadounidense que apoyan al Gobierno colombiano en su lucha contra «la maldad» sin analizar quién es víctima y quién victimario, sin juzgar el papel del Estado en esta carnicería.

 

La política de comunicación de San Álvaro Uribe es tan buena que en el resto del mundo (incluso entre un amplio porcentaje de colombianos) se tiene la percepción de que la denominada política de «seguridad democrática» ha sido un éxito. Sin embargo, Medicina Legal -institución oficial- confirma que en 2009 se ha dado un incremento en las muertes violentas como no se recordaba desde 2004. El año pasado murieron de forma violenta 17.717 personas, unas 48 cada día.

 

Estoy escribiendo este post pisanto esta tierra ensangrentada donde se niega la evidencia y se trata de vivir de espaldas a la muerte… hasta que te atrapa. Este domingo, familias enteras se ponen de gala para celebrar el Día de la Madre con un almuerzo fuera de casa, unas flores quizá, algún peluche. Pero hoy tambien serán asesinadas 48 personas, habrá combates entre ejército y guerrilla en los pueblos del Cauca, el Ejército secuestrará a algún joven para presentarlo como guerrillero (la habitual práctica conocida como «falso positivo»), alguien pensará que es razonable lo que dijo ayer el presidente (que eso «de los derechos humanos no puede frenar el accionar de las fuerzas armadas»), alguien llorará, alguien estará traficando con droga y emociones…

 

Los datos, las cifras, se hacen cicatriz cuando se les pone rostro y nombre y yo he tenido la buena y mala suerte de ponérselo desde hace años. Después de 8 días compartiendo con resistentes de la sociedad civil es difícil pensar que las estadísticas son frías. Ese indígena que me cuenta su secuestro en la selva o la muerte de su gente -atrapada en el emparedado de la guerra por la coca y el petróleo-; esa mujer que sale a la calle a denunciar la connivencia del Estado con los paramilitares; este pelao que a punta de rap grita lo que en su pueblo no se puede hablar… Trabajan por la vida día y noche en un país en que la muerte no duerme y en el que la mentira de la institucionalidad es una trampa para el futuro. Europa es cómplice y Zapatero uno de los principales embajadores de la falsedad. ¿Mancha eso las manos de sangre? Es probable que sí y esa deuda va creciendo hasta que un día la vergüenza nos gane la partida.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.