Un rápido apunte sobre ética

0
288

El pasado no admite rectificaciones ni nuestros errores pueden ser en rigor errores si de ello resulta algo que en nuestra vida lo sentimos como único e irreemplazable. Una amiga divorciada se me queja de su desdichado matrimonio y conjetura lo que pudo ser ella de haberse casado con aquel ingeniero que conoció en unas vacaciones en Palma de Mallorca, pero yo le recuerdo que entonces no tendría los maravillosos hijos que tiene, ni la casa de campo en que pasa los veranos, ni siquiera su amor por la ópera que su espantoso marido le transmitió. Al echar la vista atrás no podemos ser selectivos, ni pensar que con un poco más de sentido común -o de suerte- habríamos añadido más bienes a los muchos o pocos bienes que tenemos ahora. La vida de cada uno es en todo momento la mejor vida posible, porque es a fin de cuentas la única que uno puede tener. Todo lo demás no existe. El “si” hipotético no trae más que malos ratos y absurdas desazones. ¿Qué bien le puede reportar a un libio conjeturar lo feliz que sería siendo finlandés o sueco? ¿O al sueco si hubiera nacido en Jerez de la Frontera? Uno no puede errar más que en su propia vida y esa vida es tan buena -o tan mala- como uno la quiera ver. Conjeturo que un habitante de la tierra en un país en guerra, con hambrunas y sin un buen sistema sanitario, debe vivir en peores condiciones que yo, pero de lo que estoy segurísimo es que si por arte de birlibirloque pasara a vivir como vivo yo ahora, sería tan infeliz como lo sería yo caso de que se me forzara a vivir en su situación. El New Yorker de esta semana le dedica un largo artículo al filósofo Derek Parfit, quien desde hace muchos años se ha afanado en dar con una fórmula universal para conducirse moralmente por la vida. No sé si es posible encerrar en una fórmula la conducta humana. Kant lo intentó con su imperativo categórico, pero a mí siempre me resultó dudoso pasar cualquier acto humano por el cedazo abstracto de la justicia universal. Porque, al final, ¿quién decide lo que es universalmente justo para todos? ¿Puede un masoquista establecer una relación romántica con un sádico? Y esa relación ¿es inmoral porque a muchos nos parezca repugnante?¿Deberíamos condenarla, impedirla, prohibirla? El imperativo categórico sanciona el status quo y persigue cualquier desviación o error, obviando quizá que toda vida, desde el primo giovenile errore, suele ser un cúmulo de decisiones erradas que no deberíamos tomar si pensáramos de manera abstracta, en lugar de conducirnos por las pulsiones del deseo y del capricho. El corazón tiene siempre sus razones que la razón ni puede ni quiere entender. El imperativo categórico no vale cuando uno tiene hijos. O cuando se está enamorado. O cuando se está viendo una final donde juega el equipo de nuestros amores. El imperativo categórico, sea el de Kant o el de Parfit, se olvida del amor. Y sin amor no hay nada. Por muchos errores que nos lleve a cometer.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.