Una cama flotando en Ámsterdam

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En Ámsterdam vi una cama con dosel flotando por un canal con luces cárdenas. Lo más íntimo flotaba por el agua del canal. Los sueños flotaban y fluían en mitad de la ciudad. Porque la propia ciudad se inventó como una cama, no como una fortaleza. Y ese para mí era el sentido de Europa. Una cama íntima y viva vibrando en el agua incesante.

Y ese lirismo lo busqué por todas partes en un viaje en unas Navidades ya remotas (todo se ha vuelto tan remoto) por los países del Benelux. Por los tres primeros países que ensayaron la Unión Europea. Después de que la escritora y mecenas Aline Mayrish, amiga de Michaux, Rilke y Thomas Mann, reuniera en su castillo de Luxemburgo a unos cuantos intelectuales pacifistas y apasionados, después de la Primera Guerra Mundial, con el sueño de no repetirla nunca.

Y fui encontrando ese lirismo, que para mí es una esencia de Europa. De esa Europa que tal vez exista todavía en alguna parte y tal vez funcione. Aunque el lituano Romain Gary desconfiaba mucho de ella como unidad espiritual en su novela Europa. Y sin embargo ahí está, el mundo no puede ser un vacío. Júpiter raptó a la ninfa Europa y eso quiere decir que la hizo algo arrebatado y creador, algo audaz y vibrante.

Aquí nos hemos peleado siempre, somos tan distintos unos de otros. En ningún lugar de la Tierra hay unas variaciones tan grandes y una tal densidad de culturas diferentes. Y sin embargo todas ellas son Europa, lo quieran o no. Y (lo reflejan las novelas de Somerset Maughan o de Joseph Conrad) cuando dos europeos se encontraban en otras latitudes se reconocían como europeos.

En el Museo Magritte en Bruselas vi El imperio de las luces. Sus ventanas insinuaban el misterio interior y su farol trémulo se fantaseaba en el agua. El cuadro me ha hecho pensar tantas noches en tantas cosas. En seres interiores que esperaban algo en el interior de la habitación, que se refugiaban contra todo lo extraño.

En Brujas dos monjes atribulados de bronce unían sus cabezas silenciosamente para consolarse delante del antiguo hospital de san Juan. Unían sus cabezas contra todos los elementos y todo lo kafkiano que abandona a los hombres, contra las murallas chinas impersonales de las que hablaba Kafka.

Un comerciante flamenco en viaje por Florencia escogió una figura de Miguel Ángel con la Virgen y el Niño, la única figura del genio fuera de Italia. Tiene una actitud casera, tal vez porque le recordaba las atenciones sencillas de su madre, y yo la miré en la iglesia de Nuestra Señora.

En Rotterdam, en el museo Boijmans, en un día lluvia, miré La mujer tocando el clavecín, de Emmanuel de Witte. Miré ese silencio de la mujer de espaldas, miré el espacio ilusorio del espejo, miré los recintos cada vez más íntimos hacia el fondo.  Nunca ceso de mirar a esa mujer en el clavecín, de pensar en el clavecín, de instalarme en el espacio ilusorio en que ella vive hecho de sombras o de espejos.

En Ámsterdam, en tantos barcos-casa, me asomé a los cuartos tan interiores, espié las casas con los visillos abiertos hacia los canales que mostraban bibliotecas o parejas cenando. Vi una cama con dosel flotando por un canal con luces cárdenas. Lo más íntimo flotaba por el agua del canal. Los sueños flotaban y fluían en mitad de la ciudad. Porque la propia ciudad se inventó como una cama, no como una fortaleza.

En el Museo del Túnel, en Luxemburgo vi Los niños, de Edward Steichen. Ese hombre hizo la fotografía más sugestiva del mundo, Claro de luna en el estanque. Luego hizo el Flatiron Building, de Nueva York, como un sueño en la noche. En el Túnel vi más fotos, vi los sueños imprecisos de Greta Garbo…

Europa inventó la intimidad. En un espacio pequeño hay un montón de países con personalidad propia y con lenguas diferentes. Y en cada país hay un montón de personas que conocen cada una su intimidad. Y en la Holanda del siglo XVIII los pintores empezaron a pensar que valía tanto un ama de casa leyendo una carta como todas las batallas del mundo y todas las enormidades del mundo.

Otros inventaron la desmesura, la producción en cadena, los fenómenos descomunales, los miles de millones de personas vestidos con mono de mecánico. Pero en Europa se pintó La carta, de Vermeer, Rimbaud soñó con echar un barquito en una charca después de recorrer todos los mares del mundo, Van Gogh pintó las botas sencillas e íntimas, Morandi pintó botellas que solo querían ser botellas. Europa inventó la intimidad.

Otros tendrán volcanes grandiosos, inmensidad de frutas interminables, movimientos de masas, océanos descomunales, rascacielos apabullantes, cantidades increíbles, los edificios más altos del mundo. Pero Europa tenía una cama flotando por un canal en Ámsterdam. Esa es la Europa que añoro. No la del Dios de los triunfadores económicos, del ahorro y la austeridad, de lo avinagrado y mezquino.

No esa Europa donde un holandés se negaba a aprobar ayudas solidarias contra el coronavirus para toda Europa. Cuando decía con su ética calvinista que en el sur de Europa nos dejáramos de tanto vivir y produjéramos más. Porque su Dios calvinista helado predestina a los que acumulan dinero. Sino la Europa donde nacieron todas las libertades, todas las tolerancias, todos los intimismos vibrantes. La Europa donde vi una cama flotando en el agua.

Y ahora Europa puede ser algo fascinante, ahora que no domina en el mundo, que está camino de ser un rincón solitario y sin importancia en este planeta. Ojalá la olviden, no tenga poder ninguno, no se pueda imponer sobre nadie. Como un viejo que antaño dominó a toda la familia, pero ahora humildemente cuenta con sinceridad todas sus historias y se vuelve lleno de encanto. Antes el abuelo tenía el poder, ahora tiene sus recuerdos y su vida. Igual que Venecia dominó todo el Mediterráneo, pero ahora la visitamos como una belleza leve y flotante que se manifiesta agónica a sí misma.

En Ámsterdam vi una cama con un dosel flotando por un canal entre luces cárdenas. En ella lo más íntimo flotaba por el agua del canal. Los sueños flotaban y fluían en mitad de la ciudad. Porque la propia ciudad se inventó como una cama, no como una fortaleza. Y ese para mí era el sentido de Europa. Una cama íntima y viva vibrando en el agua incesante. Manifestando sueños y compartiéndolos sobre una cama que flota en el agua de un canal intimista.

Foto: Consuelo de Arco

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