Una experiencia religiosa

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Ya sabes eso de que todo el mundo tiene sus quince minutos de fama en la vida. Aquel día yo tuve sesenta minutos de gloria, que no de fama porque hasta ahora me lo he guardado sólo para mí. Pero creo que ha llegado el momento de contarlo.

 

La conocí por motivos de trabajo, fue por una de esas cosas de la consultoría tan de moda en mi empresa hace diez años que le dio a algún listo por mandarme varios meses a otra compañía para «prestar mis servicios» y allí estaba ella con sus ojos azul profundo, vidriosos, como si un fino velo de lágrimas cubriera siempre sus pupilas y no acabaran de rebosar. Parecía mirarte desde muy lejos, como si estuviera a miles de kilómetros de ti, delgada, fibrosa, una figura perfecta, unas tetas grandes, un tanto desproporcionadas con respecto a ese cuerpecito que Dios se lo conserve muchos años y una voz dulce, sensual y segura, pese a los 24 o 25 años que tenía entonces. Nada chaval, que aquí no hay nada que rascar, esta tía no está tu alcance. Debió de ser precisamente esa convicción y el hecho de que a mí en aquella época las cosas no me iban mal y me estaba follando a dos tías bastante decentes que no le di mayor importancia al asunto y lo asumí rápidamente como un fracaso preventivo. Seguro que entiendes lo que quiero decir: te comportas con absoluta normalidad y seguridad, las palabras fluyen solas, te conviertes en un tío simpático, certero, actúas sin presión y las cosas te salen a pedir de boca. Había captado algo en ella y se lo solté a bote pronto como quien no quiere la cosa: «¡Hola… aquí está mi querida Paula, la niña de los ojos bonitos y la mirada triste. Tan pronto sonríes como cambias de expresión y parece que un manto de tristeza cubre esa cara tan bonita!». Estábamos con más gente, pero noté como palideció, como si la hubiera pillado fuera de juego; aquellas palabras parecían haber pulsado algún resorte oculto en su alma y Paula me abrió su corazón… y un poco más tarde, sus piernas. Porque desde aquel momento todo fue coser y cantar, como quien dice. Largas y profundas conversaciones que giraban sobre la vida, el trabajo, el amor, el sexo y la poca experiencia en la materia de su hasta entonces único y jovencito novio. Un día, sin saber bien cómo, reuní el valor suficiente para besarla y me abrió su boca con generosidad. Grande, bonita, labios carnosos, dientes blancos y una lengua cálida. Fue la primera de muchas sesiones en plan rápido, aquí te pillo, aquí te mato, hasta que se dieron las circunstancias adecuadas.

 

Una noche de verano en un lujoso apartahotel de la A-6, entramos en la habitación comiéndonos a besos, ella había querido pagarlo todo, me quitó la camisa y empezó a chuparme las tetillas y mi polla recorrió en cuestión de segundos los cinco estadios de la erección: blanda, semiblanda, morcillona, dura y dura con brillo. Aquel día caté bien con mis manos y con mi lengua sus tetas grandes, bonitas y sensibles, porque gemía suavemente y se entregaba cuando yo le chupaba esos pezones como taquitos duros y oscuros. Así como estábamos de pie penetré con fuerza su coñito precioso y cerradito con mi polla gorda y con venas hasta que gritó de dolor. ¡Hostias, yo quería ser un caballero!, aquella tía me gustaba de verdad, aunque sabíamos los dos de antemano que lo nuestro no tenía futuro, y le dije: «¿Te he hecho daño, te duele? Sí mucho, pero ese dolor me gusta», me dijo. Le quité la ropa, que espectáculo ese cuerpo desnudo a media luz y puse el reloj sobre la mesilla para contar todos los minutos que iba a estar follándomela. Ahí estaba encima de su suave y resistente cuerpo, suplicándole que sacara la lengua para mordérsela, mientras ella entreabría sus ojos de vez en cuando para mirarme desde no se sabe dónde. Saqué la polla para no correrme y me dediqué a lo que mejor sé hacer y más les gusta. Casi todos los tíos somos así: dejas que cualquier tía te la chupe, basta con que te guste un poco para besarla, si te gusta bastante te la follas, pero sólo cuando le miras el coño y se te hace la boca agua es cuando sabes que la tía realmente te enamora. Le abrí bien las piernas, se las levanté y le hice la «U». Sí, le pasé la lengua, como si fuera una brocha, desde el hueso del culo hasta el ombligo y desde el ombligo hasta el hueso del culo, y vuelta a empezar, muchas veces, deteniéndome intensamente en todos los agujeros y todos los relieves que encontré en mi camino. Cuando la polla se caía hasta el estadio de morcillona, volvía a penetrarla, porque aquel coño era imposible de penetrar con la polla dura so pena de oírla gritar despavorida. Así aguanté muchos minutos, muchos, usando un viejo truco, bueno, más que un truco con la ayuda de mi compañera de trabajo Rosa, la tía más fea y pesada que te puedas echar a la cara; siempre pienso en ella cuando estoy a punto de correrme y la polla se me baja como si la hubiera metido en una cubitera llena a rebosar. Rosa no tiene tetas, ni cintura, ni cadera, es un tronco o un cilindro, más fea que el diablo y más triste que una noche oscura. Siempre viene a joderme con algún informe en el momento más inoportuno y raja y raja y no me deja ni a tiros la muy cabrona. Yo creo que ni es hombre ni es mujer, es un ser asexuado. Y, sin embargo, ¡qué útil resulta para mi vida sexual!

 

Me la quito de la cabeza, sigo follando y el rabo pasa rápidamente de morcillón a duro con brillo, es decir, turgente, a punto de reventar. La saco, le meto los dedos índice y corazón en el coño, froto las yemas contra la pared superior de ese coñito maravilloso con olor a primavera y chupo el clitorís al mismo tiempo hasta notar las convulsiones del orgasmo, y ella grita y grita y termina en una risa nerviosa e incontrolada. Pero yo no he terminado, monina; la pongo a cuatro patas, se la meto hasta el fondo y sigo acariciando su clítoris mojado, se sigue corriendo y me suplica que pare, que ya no puede más. Quiero aprehender bien este momento, que no se me olvide nunca, que dentro de cincuenta años no dude de que pasó, me miro los brazos, la cara en un espejo de la pared. Sí, soy yo el que se está follando a este pedazo de hembra. Más de sesenta minutos en acción sin correrme… Y ya es hora, me toca a mí. Dale que te dale sin parar, las piernas tensas, sudado, me falta el aire, no me la siento. ¡Joder!, no me corro y el corazón parece que revienta, me duele, taquicardias, extrasístoles. Me jodí, caigo redondo sobre la cama… Me fui p’al carajo, pa casa destrozado sin correrme. Al día siguiente llamé a mi hermano, médico, y se lo conté. Nada chaval, un sobresfuerzo, una arritmia. Pero me duele el pecho, hombre. No, me dice, te duele el corazón porque el corazón es un músculo y ahora está dolorido, con agujetas, y no lo vuelvas a hacer, que ya no tienes veinte años. Mierda, me duele el corazón y no es de amor, es de follar.

 

Estuve días sin verla, me llamó varias veces, contesté seco, frío, agotado; sólo iba a trabajar y pa casa. Sabía que aquella mujer me quería de verdad, se preocupaba, pero yo ya tenía bastante con mi vida, mis hijos, la hipoteca, no quiero volver a pasar por ese rollo de montar una familia… No, esa jodienda no va conmigo y, sin embargo, cualquiera se volvería loco por vivir con ella, menos un pendejo balaperdida como yo. Al final, ya recuperado, la llamo: «Te voy a pasar a buscar, quiero que hagas exactamente lo que te pida y que no digas ni una palabra». «Lo que tú quieras», contestó la voz al otro lado del teléfono. La recogí y la llevé en coche al Parque de Berlín. La cogí de la mano, sin hablar, hacía calor, caminamos hasta colocarnos bajo la luz de una farola. «Ponte de rodillas, quiero correrme en tu boca, quiero verlo y que no se te escape ni una gota». Ella no dijo nada, se arrodilló, me miró con esa mirada que ya conoces y empezó a meneármela. A diez metros había una pareja en un banco enfrascada en sus cosas, él me daba la espalda y le comía las tetas mientras ella nos miraba fijamente, yo quiero creer que a mi rabo, y aquello me excitaba más, me ponía loco. Cuando le avisé de que me iba a correr, se la acercó más, abrió la boca, saco un poco su bonita lengua y ahí fueron a parar los dos primeros chorros, grandes, hermosos y espesos; algunas gotas salpicaron sus labios y dientes. Llevaba más de diez días sin correrme, en el apartahotel tampoco pude, y aquello fue un diluvio, pero como me gusta más terminar a cubierto, la agarré por la nuca y pa dentro. En esa confortable habitación que es su boca, acabé. Ella se relamió los labios y el dedito con el que había capturado una última gota. Tenía metida a aquella mujer hasta el último hueso de mi cuerpo. Me gustaba de veras y como soy un puto débil sentimental al final siempre me pongo cariñoso. «¿Me he pasado mucho? No -me dijo-, me gusta arrodillarme delante de tu polla y, además, te lo debía».

 

Tengo casi 45 años, hace tiempo que no sé de ella; no echo en falta nada o casi nada en mi vida. Soy feliz cuando trabajo, como con los amigos, disfruto de mis hijos el fin de semana o camino por Azca. Pero a veces cuando hace calor y paseo de noche por el Parque de Berlín, Parque Norte o el Parque de Eva Perón me acuerdo de esa mujer. Hay tardes en que me voy a Vallecas Villa, aparco al lado de la iglesia y camino por ese paseo donde los bares, las casas y las caras no se parecen en nada a lo que veo cada día; otras veces sigo caminando por la Avenida del Sureste y recorro todo el Ensanche de Vallecas hasta toparme con la valla que marca el fin de Madrid. Al otro lado sólo hay un secarral y quinientos metros más allá una hilera de chalés que pertenecen a Rivas. Sé que es una tontería, pero como existe otro Madrid, existen otras vidas, y me gusta pensar que Dios debería haberme concedido dos o tres vidas completas para vivir una de ellas con Paula. ¿Cómo sería?

 

9 COMENTARIOS

  1. Querido Romanoff: sigo liado

    Querido Romanoff: sigo liado con el dentista y un poco anestesiado, tu historia me recuerda a ¡Buen trabajo! de David Lodge (Anagrama 1996).

    Aquí al lado el Colectivo Molecular científico ese te come el terreno con una historia de calientaburras ¿la has leído? ¿sueles leer la revista entera? Vale, Dr.J

    • Leo muchas cosas de esta

      Leo muchas cosas de esta revista Dr.J, pero esa en concreto nola he leído, pero por lo que me dices, creo que me interesará. Cuidado con los dientes.

      • Pues ya la he leído y ma

        Pues ya la he leído y ma parece fantástica, es sexo culto, Dr.J.

  2. Nunca más, repito, nunca más

    Nunca más, repito, nunca más leeré las crónicas del Zar en el trabajo. Casi me da un broncoespasmo, y eso que ya voy conociendo al personaje. 

    • Yo también lo paso muy mal

      Yo también lo paso muy mal cuando lo escribo, después no me puedo dormir porque no se me desconecta el cerebro… Y a la calle a caminar.

  3. Yo también soy de las que le
    Yo también soy de las que le lee asiduamente y permanece a la espera de una crónica sobre la decepción…

    • Gracias por tu comentario,

      Gracias por tu comentario, amiga mía, sólo sé de ti lo que te he leído porque tu cara no se ve bien en la foto de tu post, pero se te intuye, y te intuyo, como te dije, guapa y valiente. Y ahora, además, después de este comentario, sé que en ti la decepción sólo es una quimera. Tú no decepcionas.

  4. No doy credito de lo mal que

    No doy credito de lo mal que escribe este pollo. Me resistía a comentar y dejé de leerlo hace tiempo por lo machista, soez, misógino y patético. Pero me llegó a través de alguien.

    Si quieres hacer literatura erótica, aprende antes. Esto parece conversación de bar o de gimnasio o de oficinista.

    Sueñas con que te la chupen tias, pero, ¿te has dado cuenta de que lo que quieres son tios?

    No sé como dejan que escriban tan mal en una revista tan buena. Vete al psiquiatra a solucionarlo.

    • Tranquilo/a Angelín, estoy en

      Tranquilo/a Angelín, estoy en ello, algún día te contaré la experiencia en el psicólogo, fue muy instructiva.

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