Utopía hispana

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Me llamó un amigo periodista y me preguntó por el censo del 2010 en los EEUU.

 

-¿El censo? ¿Qué interés puede tener el censo americano en España?

 

-Pues mucho, me dice mi amigo el periodista. Estamos asombrados del creciente número de hispanos en los EEUU y queremos saber si ello significa que el español pasará a convertirse en la primera lengua del país en los próximos cincuenta años. Todo apunta a que sí…

 

-¿Todo? Pues yo ni me he enterado. Claro que vivo en Nueva York y Nueva York…

 

Mi amigo, siempre con mucha prisa, me interrumpió.

 

-Infórmate primero y mándame luego tus impresiones vía email. No más de cien palabras.

 

Yo, muy obediente, me puse a hacer los deberes antes de contestarle. Aquí están mis notas y alguna que otra reflexión al respecto.

 

Los últimos resultados del censo del 2010 hecho en los Estados Unidos vuelven a poner de manifiesto el irresistible ascenso de las población hispana en el país. Ya son 48 millones entre los 308 millones contabilizados en toda la Unión, es decir, un 16% , con proyecciones que apuntan a más de 130 millones para el 2050, lo que representaría nada más y nada menos que el 30% de la población. A la vista de estos datos, no parece impensable que los García y los Rodríguez terminen por desbancar a los Smith o los Johnson en un futuro muy cercano -especialmente en Texas, en Nuevo México o California-, ni que en El Paso o en San Diego, pongo por caso, los niños prefieran jugar al fútbol que al béisbol o comer enchiladas antes que hamburguesas, aunque dada la cultura híbrida de América, lo normal es que los niños hispanos (y los que no lo son) coman y se diviertan de todas las maneras, como han hecho hasta ahora, más o menos.

 

Lo que ya no tengo tan claro, sin embargo, es que la hibridación cultural vaya a extenderse a la lengua. El censo constata que al menos 35 millones de hispanos hablan español en sus casas o, si se quiere, el 12% de la población americana. La cifra es, sin duda, espectacular, pues convierte a los EEUU en el tercer país del mundo de habla española, solo por detrás de México y España, aunque es evidente que hay que hacer muchos distingos al interpretar estos datos. La disparidad de niveles en el uso de la lengua de Cervantes es muy grande. No es lo mismo alguien que llegó ya de adulto que quien nació en el país, ni es lo mismo el niño criado en un entorno donde se habla constantemente español que quien sólo lo oye los fines de semana en casa de los abuelos o en la bodega.

 

Yo hablo desde Nueva York y la realidad aquí es seguramente muy distinta a la que se vive en California o en Nuevo México, pero si me atengo a mi experiencia, debo decir que el español no pervive más de dos generaciones dentro del seno de una familia hispana. Si los dos padres venidos de la República Dominicana o de Colombia o Ecuador hablan en casa el español, sus hijos lo hablarán también en el ámbito familiar y lo manejarán con cierta destreza, al menos al nivel oral, pero el inglés será, a todos los efectos, su primera lengua en los estudios, con los amigos y en el trabajo. Y por muy empeñados que estén en conservar sus raíces y su lengua de origen, las dificultades se harán mucho mayores al formar ellos mismos familia, en una siguiente generación, a no ser que se enquisten en su propia comunidad, lo cual no es ni recomendable ni, en muchos casos, factible.

 

A mi juicio, el bilingüismo a gran escala es una utopía. Ninguna comunidad desde que el mundo es mundo ha dominado dos lenguas por igual. El grado de conocimiento es siempre disímil y está condicionado por el contexto o las distintas situaciones de uso. Quien aprende a hacer cualquier cosa en una lengua difícilmente se sentirá a gusto expresándose en otra. Quien se divierte viendo películas en inglés no las quiere en otra lengua. Pasar de una lengua a otra exige esfuerzo y dedicación y normalmente se hace solo por necesidad, no por gusto o por amor a la patria.

 

Mi predicción, por tanto, es la siguiente: en 2050 Danny García y Jennifer Rodríguez tendrán en su fonética inglesa algún resabio hispano, pero o mucho me equivoco o su lengua será la de Shakespeare y la de Steve Jobs. Y todo será que no sea también la lengua de nuestros nietos nacidos en Palencia o en Almería cuando tengan que ponerse a escribir algo medianamente serio…

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.