Víctimas y verdugos

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Se estima que más de seis millones de judíos murieron durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), de los cuales cuatro millones fueron gaseados en los campos de concentración nazis. A vueltas con la historia, me llamó la atención que hace unas días una joven de un grupo falangista dijera durante un acto autorizado en el madrileño cementerio de La Almudena de homenaje a la División Azul, que la culpa “de nuevo está en el judío”. Más tarde quiso matizar sus palabras al indicar que no se refería al semitismo en general, sino a lo judío en particular. No me quedó muy claro el matiz. Seguramente ni a mí ni a nadie, pero sí me impactó ese “de nuevo”, como si me estuviera explicando (¡?!) que son ellos, una vez más, los causantes de nuestros males.

Ahora que está en boca de todos la libertad de expresión -en nuestros derechos antes que en nuestros deberes- y la eventual necesidad de modificar algunos artículos de nuestro Código Penal, considero que esas palabras son una instigación al odio de raza y religión. Imagino que se habrá abierto ya una investigación judicial sobre el discurso de la joven, que en una entrevista confesó “haberse enamorado del fascismo a los 13 años”. ¡Vaya perdida de tiempo! En su, a mi juicio, confusión mental se manifestó contraria al nazismo. Otros grupos falangistas han discrepado de su discurso.

En estos tiempos de coronavirus, cada día más revueltos, me da la impresión que vale todo. Que alentar a poner una bomba debajo del vehículo a un líder vasco o abrirle la cabeza con un piolé a un ex dirigente socialista no es instigar a la violencia ni por supuesto al odio. Yo admito que como soy más bien asocial y tirando a tímido me siento muy perdido. Tan perdido como cuando nos confinaron la primera vez ahora hace casi un año y con un pesimismo crónico sobre el futuro. Poco ya me queda para continuar en la brecha. Aspiro al menos a disfrutar con la escritura y si llego a tiempo, a ver cómo un ser humano pone el pie en Marte. Voy a escribir a la NASA y al magnate Elon Musk, el dueño del Space-X, para que me lleven al planeta rojo aunque sea de monosabio espacial.

Según un portavoz de los Mossos, durante la última y sexta noche de episodios vandálicos registrados en el centro de Barcelona los violentos se olvidaron de pedir la excarcelación del rapero cuyo nombre no recuerdo. Se dieron cita nocturna para desahogarse quemando contenedores, rompiendo escaparates y saqueando algunos establecimientos de lujo simplemente porque sí, por el propio placer de la destrucción.

Más allá de la irresponsabilidad del socio minoritario de la coalición de gobierno de no condenar sin eufemismo la violencia de los “jóvenes antifascistas”, así como del cinismo de uno de los partidos que hasta ahora han gestionado el orden público en Cataluña, me quedo en la retina con la desesperación y sobre todo la rabia con la que muchos chicos menores de edad se han lanzado las pasadas noches a la calle, principalmente en Madrid y Barcelona, para protestar por el ingreso en prisión del rapero.

Creo que debería ser objeto de reflexión, antes que sobre las posibles imperfecciones de nuestras leyes, la desafección tan inmensa existente en España respecto a la política y los políticos, especialmente en la juventud. Basta con que uno hable en un café o con un taxista para escuchar con inquietud la opinión que tienen muchos de la democracia española, justo ahora que se cumple el 40 aniversario del fallido golpe de Estado del 23-F.

¿Y los jóvenes? El pedrusco que enseñó a la prensa el día después de la primera noche de incidentes la presidenta de la Comunidad de Madrid patentiza claramente la rabia, inmensa, de quien lo arrojó a la policía. ¿Y por qué esta rabia? Condeno sin paliativos el gesto en sí y censuro el silencio del socio minoritario de la coalición del gobierno de la nación. Pero me hubiese encantado poder charlar con el agresor. A lo mejor no hubiese valido la pena, porque se hubiese expresado mal o con eslóganes manidos. Escuchar qué pretendía con esa salvajada. ¿Herir o matar directamente al agente antidisturbios? ¿Darle un abrazo virtual al rapero del que tal vez no había escuchado ni uno solo de sus temas? ¿Tendría en mente algún proyecto de nueva sociedad que a mí se me escapa porque las neuronas ya comienzan a oxidarse en mi cerebro?

De víctimas y verdugos. A las primeras las entiendo y me solidarizo con ellas. No hace mucho veíamos cómo asesinaban los fanáticos en nuestro país sin aparente motivo. A esos, a los victimarios, siempre es más complicado comprender. ¿Cuáles son sus fines si es que los tienen y cómo reaccionan si uno discrepa de ellos?

Todas estas reflexiones me surgen después de leer una magnífica biografía de un capo nazi, que murió cuatro años después del final de la guerra en un hospital romano y escrita por Philippe Sands, abogado y profesor del University College de Londres (Ruta de escape/Philippe Sands/ Ed. Anagrama).

Otto Wächter, miembro de las SS y gobernador de Cracovia, huyó en la caída del régimen de Hitler hasta Roma y no pudo ser procesado en los juicios de Nuremberg a diferencia de su colega Hans Frank. Su hijo Horst, nonagenario aún en vida, defiende en el libro la inocencia del padre, responsable del gueto de Cracovia, de la deportación de civiles judíos a campos de concentración y de algún modo de la ejecución de muchísimos de ellos. Sostiene que Wächter pudo cometer errores pero jamás se manchó las manos de sangre pese a que el autor del libro le aporta documentos y fotos. Siempre encuentra una disculpa sobre el hacer del padre. Una de las nietas convertida paradójicamente al islam admite los delitos de su abuelo y pide perdón al igual que lo hace el hijo del colega de Otto.

¿Amor filial? ¿Ceguera? ¿Fanatismo? El libro me invitó a pensar qué clase de conducta hubiese tenido yo al conocer que mi padre hubiese cometido crímenes atroces durante la Guerra Civil española. Seguramente no los hubiese justificado, sino condenado sin ambages. ¿Pero me bastaría? ¿Renunciaría a él como padre? ¿Lo eliminaría de mi vida? ¿Buscaría papeles, documentos para entender sus tropelías? De ahí que a veces es más sencillo comprender y solidarizarse con la tragedia de las víctimas que las barbaridades de los verdugos puesto que al fin y al cabo son seres humanos como yo aunque con un fanatismo enfermizo que afortunadamente no tengo.

 

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Bosco Esteruelas
Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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