“Viejas reflexiones pandémicas”

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Ha habido escritores, la gran mayoría, que se han abstenido “olímpicamente”, en su escritura, de la pandemia. Otros sí se han ocupado puntualmente de ella, perfilando su actitud ante ella, vertiendo esta actitud en un buen libro, como es el caso de Antonio Muñoz Molina. Otros han tenido el gusto de “enviciarse” de alguna manera publicando mucho en la pandemia, contraponiendo favorablemente la incomunicación global existente con la siempre susurrante poesía, superadora de las circunstancias. Mi querido amigo, el poeta toledano Jesús Maroto, publicó nada menos que tres libros en ese impositivo período. El primero, Polvo y gas estaba escrito antes. De la inquietud y tres poemas invitados sí se ciñe argumentalmente, todo él, a ese transcurso existencial ahormado en la pandemia. El último, Mientras sigamos vivosya incorpora poemas libres del virus asesino.
Nada más comenzar a anunciarse el estado de alarma, durante la víspera de su declaración, a mediados de marzo de 2020, mi mujer y yo nos trasladamos desde la urbe a nuestra casa de campo, donde tenemos un amplio patio y una no menos amplia azotea. A pesar de la explícita prohibición, caminábamos diariamente por los senderos, vacíos de personal. No se lo decíamos a los amigos que se habían quedado en la ciudad y que obligadamente, si no tenían perro, tenían que andar sólo trasegando “infinitamente” por los pasillos de sus pisos. Aparte de esto, cumplíamos con lo estricto: ir a comprar el pan a la panadería de la aldea y gasolina a la gasolinera para poder trasladarnos, solos, no en pareja, al pueblo, para hacer en Mercadona, preferentemente, unas compras tristísimas. Y casi todo el tiempo, por lo demás, en casa.
Desde el primer momento, y durante dos meses, me aplicaba, no diariamente, en el bloc de notas del móvil y escribía párrafos alusivos, más que al terreno informativo de la situación -aunque, en parte, también-, a mi quehacer, a modo de diario, en ese confinamiento, procurando hallar un matiz expresivo sustancioso en la vivida cuarentena. Los iba enviando privadamente, por whatsapp, a buena parte de mis contactos telefónicos. Observaciones del entorno rural en el que estábamos inmersos, inventario de las lecturas emprendidas en el encierro -sobre todo-, historiografía literaria, citas de grandes y oportunos pensadores, alguna crítica sociológica, o poner en tela de juicio el abuso de  ciertas costumbres, ciertas decisiones de la política (uno de los fragmentos de este tenor lamentablemente -o afortunadamente, ¡a saber!- me costó romper con una consolidada relación amistosa), es lo que contienen los párrafos que siguen. Algunas líneas de este material privado, hasta ahora inédito, se escaparon al cuerpo de algunos artículos que en ese momento publiqué. En todo caso, sirvan para, homogéneamente, recordar.
Más que perseguir un refinado empeño literario, lo que pretendí es reflejar una manera armoniosa de respirar, no con pulmones sino con palabras,  dentro de esa experiencia tan singular que hartamente y en tantas ocasiones se ha implantado en el mundo (muchas plagas ha habido), aunque nosotros, desmemoriados, pensásemos que esto consistía en un suceso insólito.    
Madrid durante el confinamiento

Viejas reflexiones pandémicas

Nada más iniciarse el estado de alarma en España por la implantación del coronavirus, el 15 de marzo de 2020 Mario Vargas Llosa publicó un artículo en El País que, entre otras cosas, decía: “La peor novela de Albert Camus, La peste, tiene ahora un súbito renacimiento y tanto en Francia como en España se hacen reediciones y ese libro mediocre se ha convertido en un best seller”.

En la novela Los novios, del escritor romántico italiano Alessandro Manzoni (1785-1873), que leo en estos días, se describe la peste de Milán de 1630. En un fragmento se describen las medidas de seguridad que adopta un panadero. Una cita muy apropiada en la presente situación crítica que padecemos por el coronavirus: “Renzo, en Monza, pasando por delante de una tienda en que vendían panes, pidió un par de ellos. El tendero, previniéndole de que no entrase, le alargó por medio de una paleta una cazuela con agua y vinagre, diciéndole que arrojase en ella el dinero, y hecho esto, le dio con una tenaza los dos panes.”

Una de las muchas cachondadas de la cuarentena

El humor cunde en el transcurso de esta cuarentena que ya va avanzando lo suyo. Un humor que tal vez persiga la comunicación como consuelo, como remo que queramos eficaz para abarcar, con el máximo acierto posible, la singladura de la obligada encerrona. Yo creo que está a punto de llegar lo duro de este enclaustramiento, y para aguantarlo tendremos que adoptar una actitud mística; “toda ciencia trascendiendo”, como dijo el poeta.

Se debate el espinoso asunto de la economía, caída a consecuencia del coronavirus. Que no haya bares ni restaurantes abiertos, ni librerías, ni floristerías, etc.; constreñidas líneas aéreas, teatros y cines a oscuras, acontecimientos deportivos suspendidos, hoteles clausurados… Todo esto genera una especie de economía de guerra. La aplicación de esta economía yo la deduzco muy factible. Y no es que yo sea un as en estos planteamientos. Pero pienso que si la nación pasase por una situación de guerra, “bélica” (y perdón por la redundancia), se tendría que gastar mucho, pero que mucho, en aviones, tanques, fragatas, munición, mantenimiento de la tropa y la marinería, etc. Pues ese mucho que lo emplee sencillamente sin racanería el Estado, siempre potente, para mitigar la falla productiva. El Estado así se aureolaría desarrollando la más encomiable labor social, presta a ayudar al trabajador desfavorecido, despedido, a las múltiples empresas que se han sumido en la inactividad, al pequeño empresario autónomo, inseguro en la cuerda floja. También a costa, si es preciso, de sesgar una miaja sueldos altos, pensiones altas y altas ganancias, obligando así a solidarizar excesivos beneficios en pro del bien común. El Estado creo que puede aguantar durante bastante tiempo, porque gruesas son sus reservas. ¿Qué opinan los demás de esto? Yo soy lego total en la materia. Sólo me dejo llevar por la intuición a la que el instinto  de mi pobre pensamiento conduce.

El pianista Diego Ramos. Foto: Pedro del Santo

“Afuera llueve y hace viento, el agua / azota en los cristales / y el trueno brama por la chimenea. / Afuera acechan rutilantes sombras / y el peligro se cierne detrás de las esquinas / y espíritus malignos andan sueltos. / Ese afuera produce escalofríos, / propensión a la fiebre / y tableteo constante. / Pero yo estaré indemne y saldré ileso / porque a pesar de todo / me siento fuerte, tengo amigos / y paso muchas horas, / después de inventariarlo largamente, /acorazando mi pequeño mundo.” Mi buen amigo, excelente pianista, profesor y fotógrafo, Diego Ramos Lobato, rescata en Facebook este viejo poema mío al que atribuye concomitancias con la penosa situación actual ocasionada por la dichosa pandemia. Ese poema lleva escrito más de 25 años, perteneciente a mi libro Enemigo admirable, publicado en 1994. En esa época no había estallado ninguna epidemia viral, al menos de estas grandes dimensiones globales. Esos acechantes males descritos en el poema: lo sombrío, lo maligno, lo escalofriante, lo febril, ahora pienso que debieron ser imaginarios, sólo aparentes en su función de ahormar el adecuado énfasis de la composición. Agradezco que Diego Ramos haya visto en ese texto de ayer las latosas circunstancias de hoy. Puede que el supremo poder de la palabra poética (y estoy convencido de que sí) contenga esta gran virtud: adaptarse a cualquier realidad -transformándola, traduciéndola y sublimándola, como afirma Teo Serna-, de tal manera que la realidad, en verdad, resida en el poema más que en el tantas veces engañoso entorno real.

«El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa sólo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta.» BYUNG-CHUL HAN (Filósofo y ensayista surcoreano. Imparte clases en la Universidad de las Artes de Berlín).

Todo empezó muy bien. El Gobierno, declarando el estado de alarma, acaparó un poder en democracia nunca visto, sin apenas réplica. A día de hoy aún atesora, intacto, ese poder, pero ya llueven unos reproches que ganan en intensidad. Un reproche vehemente, quizá el que más, es la torpe autorización de la gran manifestación en Madrid del 8 de marzo. Este reproche no ha de empeñarse en cegar, entorpeciéndolo obcecadamente, el reconocimiento del intento del Gobierno por esforzarse en conducir la situación con acierto a la hora de intentar atajar la expansión del coronavirus. Todos los gobiernos adoptaron tarde eficaces medidas. Pero hacer crítica no es tabú. Lo que no entiendo en los gobernantes de izquierda (la derecha siempre actúa con más desfachatez) es ese complejo que les lleva incomprensiblemente a retrasar unas actuaciones perentorias; actitud timorata que les empuja con desdicha a estrellarse. Zapatero negó la crisis financiera global de 2008, palmaria, y así le fue. Sánchez, en lugar de hacer esas encopetadas declaraciones redactadas por un escriba, debería de haberse dirigido a la nación por sí solo, casi espontáneamente y en tono coloquial, sentado, moviendo expresivamente mucho las manos, anunciando sin rodeos que autorizar la manifestación feminista, y otros eventos de esos días, acarrearía un máximo peligro (del que ya era, al parecer, consciente) que aumentaría considerablemente el crecimiento de la infección. Sin haberle importado, en suma, que ciertas organizaciones populares se le echasen encima, confiando en los verosímiles, cimentados y necesarios presupuestos que urgía a toda costa defender. Con esta actitud nadie, en ningún caso, a estas alturas, reprocharía al Presidente  que hubiese prohibido entonces esas convocatorias multitudinarias.

Algo en lo que no cayó el Gobierno al decretar el estado de alarma fue en permitir la apertura de las bibliotecas, si bien sólo para poder tramitar, con sus cuidados y controles correspondientes, el servicio de préstamo de libros. Hablo únicamente de libros en papel. Las bibliotecas, en cuanto depositarias del ejercicio potencial de la lectura, son establecimientos en los cuales el producto que se atesora es de esencial necesidad, como el contenido principal de los estancos: el tabaco. Y si no ha de propiciarse el mono por la carencia de cigarros, cigarrillos o picadura, tampoco ha de existir el hecho de los libros vedados al adictivo gozo de los lectores, no estando abiertas las librerías. Mi mujer y yo tenemos la suerte de juntar cuatro mil volúmenes. No hemos leído todos los libros, y además nos vemos en la cuasi obligación de releer algunos. De modo que no tenemos gran problema en tragarnos un haz de títulos en esta cuarentena. Pero hay mucha gente que lee ateniéndose a sacar libros de una biblioteca. Lo que le ocurre a Josefina, madre de mi amiga Ana, una mujer casi centenaria que ya ha agotado el exiguo número de libros que guarda la residencia de mayores en donde reside. Si no fuese por su hija, ahora estaría colgada. Leer es como drogarse. Irene Vallejo, autora del exitoso libro El infinito en un junco, que deliciosamente relata los pasos del libro en la Antigüedad, cuenta que cuando era niña se devoraba los tebeos que sacaba de una biblioteca próxima a su casa, devorándoselos uno tras otro como una yonqui, y así lo escribe. En un precioso párrafo, esta escritora maña ensalza la labor de los camellos de esta droga, los bibliotecarios (en España hay más de diez mil), a quienes “les confiamos la suma de nuestros conocimientos y nuestros sueños, desde los cuentos de hadas a las enciclopedias, desde los opúsculos eruditos a los cómics más canallas.”

¿Corderito de Dios? Foto: Rosario Quevedo

Frente a nuestra puerta, la oveja pare un corderito. Todavía unidos por el cordón umbilical, la madre lame a la criatura, afanada en blanquear la sangre. Un nuevo corderito ha nacido. ¡Hosanna! Quizá sea el corderito de Dios que quite el coronavirus del mundo.

Mijaíl Bajtín

Ya hemos saltado de un mes a otro. Esperamos, de todos modos sin mucha fe, que este encierro no se prolongue en el próximo mes. Para consuelo de este enclaustramiento, en verdad nada estrepitoso, me resulta ocurrente acudir a un episodio de la vida de Mijaíl Bajtín (1895-1975), ese importante filósofo y lingüista ruso que, superando las ideas del acaparador Formalismo Ruso, mereció que unos cuantos admiradores suyos crearan el llamado “Círculo de Bajtín”, difundiendo el pensamiento del maestro en el sentido de atribuir al lenguaje un carácter predominantemente social. La anécdota es graciosa, aunque en su momento, por su ambientación y sus consecuencias, fue ciertamente trágica. Bajtín era un fumador empedernido. Al parecer, en 1942 se encontraba en Leningrado, durante el largo asedio que el ejército nazi sometió a la ciudad. Tenía tabaco de sobra, pero le faltaba papel, que no podía conseguir debido al cerco. Confiado en que existían dos copias del manuscrito de un ensayo que acababa de escribir sobre las novelas de aprendizaje, una en Moscú y la otra junto a él en Leningrado, echó mano de ésta para liarse los pitillos, consumiéndola entera. Lo que el bueno de Bajtín no supo fue que la copia de Moscú había quedado destruida en un ataque aéreo. Este sucedido lo relata el actor William Hurt en la película americana Smoke, de 1995, dirigida por Wayne Wang, cuyo guionista fue el novelista Paul Auster. El suceso es comentado por Irene Vallejo (de nuevo la cito) en El infinito en un junco, libro que todo el mundo ha leído o está leyendo, como es mi caso, y del que el prestigioso profesor y académico Emilio Lledó opina que “es una pasada”. La propia Vallejo, al acabar de contar este lance bajtiano, apostilla que los severos bibliotecarios de Alejandría “habrían apreciado la desesperanzada comicidad de ese relato de supervivencia.”

Joseph Hubertus Pilates dando clase

Transcurre la Semana Santa sin pena ni gloria; aunque con mi pena por no haber podido asistir a los buenos conciertos de la, este año extinta, Semana de Música Religiosa en Cuenca. Ya llevamos un mes de encierro y la cosa empeora, pese a las esperanzadoras, aun vacilantes, estadísticas. Empeora un sentimiento, o más bien, una sensación de incertidumbre y desconcierto. Ni el humor ni la comunicación textual funcionan como al principio, cuando todo esto lo tomábamos tal una interesante y todavía bastante inocua novedad. Por eso, ésta será la última entrada de esta especie de Diario del Coronavirus que mando por whatsapp. Si vuelvo a reflexionar por escrito sobre el fenómeno, lo haré íntimamente, en un tosco cuaderno con tapas de hule negro. Un cansino tedio o un punzante aburrimiento peligrosamente pueden devenir puro nervio, o una vehemente susceptibilidad que abomine de los mensajes. Sólo la socorrida videollamada es la humilde y consoladora salida que queda a no poder salir. Las jornadas se suceden provocadoramente iguales, sobre insistentes secuencias que acometen las mismas pautas en angostos horarios. El silencio, aquí en el campo, ahora desprovisto del ruido de sus maquinarias habituales, lo invade todo, desde los abrojos de fuera hasta las consolas de dentro. Un intenso silencio que hace bajar a los lobos de la sierra. La otra noche, al cruzarme al contenedor para tirar basura, se me quedó mirando uno con mucha paz en sus lánguidos ojos y en sus muelles fauces, compadeciéndome. Durante una hora escasa, muchos días hago ejercicio llamando a dialogar a mi sistema muscular realizando pilates. Creado por el alemán Joseph Hubertus Pilates (1883-1967), a este conocido método su fundador lo llamó Contrología, pues está fundamentado en el control de los músculos. Su función principal es robustecer la base de la columna, incidiendo en la zona lumbar y abdominal. En Inglaterra trabajó como boxeador y en un circo. Llegó a Nueva York en 1926 y abrió un estudio en la Octava Avenida para enseñar su método, intimando con coreógrafos y bailarines. A pesar de su inclinación al cuidado del cuerpo (en pleno invierno neoyorquino corría por Manhattan con sólo un calzón corto), acabó sus días fumando como un carretero y bebiendo whisky como un cosaco. Así que, siguiendo las reconfortantes enseñanzas de Pilates, me tumbo en una simple colchoneta y desarrollo los ejercicios: el agradable calentamiento durante el primer cuarto de hora, el acompasado y preciso ritmo de la respiración, la medida aplicación del imprint, los movimientos musculares continuos, suaves y completos. Luego, el puente de hombros, el rodar arriba, la plancha, el lomo de gato, los agradecidos estiramientos… Pilates, por ser alemán, estuvo encarcelado en Inglaterra durante la Primera Guerra Mundial. Recogido en su celda, comenzó a ejecutar, para mantenerse en forma, esos ejercicios que  otorgarían su mucha fama. De forma que la respuesta de Pilates a la soledad y al confinamiento es la que yo ahora adopto cada día. Buen homenaje que, en esta prisionera vivencia, se brinda a este importante personaje que glorifica nuestra salud.

Dije que ya no haría circular este atribulado dietario. Pero como la cuarentena va a durar un mayor tiempo del anunciado, acudo a mi viejo cuaderno con tapas de hule negro y pongo en los aires sociales de esta retícula comunicativa unos cuantos sintagmas más. ¿Excepcionalmente? Ya se verá. Además, la China hegemónica alienta a gastar datos para engrosar su imponente negocio gestado por la plaga. Tal el coronavirus, datos que no se ven, pero muy sustanciosos. Por contra, como potencial provocador de guerras, el imperio del petróleo parece que ya está demodé. Estas, debatidas, sentencias aplastantes sistematizan holgadamente lo intuido. No es que en este confinamiento yo esté leyendo más de lo habitual, pero sí es cierto que algún componente adensa el hábito, o lo caracteriza de una manera particular. No sé. Gran parte de lo que leo ahora comprende nuevas lecturas en tomos que ya leí hace tiempo: la Odisea, traducida siempre en verso; la Medea de Eurípides; dos novelitas de Galdós, Nazarín y Tristana y, entre otros, 1984 de Orwell. ¿Algunos regímenes, después de esta pandemia que ha desarrollado tantos “tele-asuntos”, se verán tentados a establecer castradores sistemas basados en la Oceanía orweliana? También he releído uno de los libros de la colección bíblica. De siempre he degustado repetidamente unos cuantos textos de la Biblia para mí predilectos, además de los “obligados” Evangelios: el libro de Job, el de Ruth, el Eclesiastés, magnífico compendio de sabios aforismos; cito de memoria: “Mejor es ir a casa de duelo que a casa de banquete, pues aquél es el fin de todo hombre y con eso el vivo reflexiona.” Hace años decidí leer toda la Biblia de seguido, de cabo a rabo, desde esas cargantes, y explícitamente crueles, tiradas del Pentateuco, hasta el expresionista y surrealista texto final, apocalíptico. Más que nada por recorrer toda una literatura que refleja la civilización circundante, la nuestra, o viceversa. De forma que, en una traducción Reina-Valera del santo libro de libros, volví a leer Hechos de los Apóstoles. Es el primer documento testimonial de la historia paleocristiana. Constituye la segunda parte de un texto más amplio (la primera es uno de los evangelios) que el médico Lucas, que aquí se muestra como un riguroso historiador, escribió a un tal Teófilo. No poseo la debida fe para gozarlo en plenitud, pero aprecio su enorme calidad literaria. Según me dice un buen amigo mío que es pastor evangélico, la tesis central del libro reside en el hecho de la resurrección de Cristo, que es el único factor que puede explicar el surgimiento y la extensión del cristianismo. Saboreé sobremanera la secuencia de cuando el apóstol Pablo, ciudadano romano, conocedor del griego, como Lucas -al contrario que Jesucristo, nada cosmopolita, que sólo conversaba en arameo-, Pablo, digo, va a Atenas y se sitúa ante el ara ofrendada  al Dios Desconocido, sin condenarla, justificándola empero. Alberto Caeiro, heterónimo de Fernando Pessoa, trata en un poema sobre Cristo considerándolo solamente como un oportuno dios más en el Panteón. Yo no soy ateo, aunque me tengo por tal. Si tuviera que definir mi religiosidad lo haría como un convencido neopagano, siguiendo los principios que expone Pessoa en su insigne tratado El regreso de los dioses, y sin necesitar ya, claro, de la antigua imaginería estatuaria del paganismo.

Parece que cada vez se dice menos, pero aún agoniza una opinión por la cual se sostiene que esta pandemia nos hará mejores. Que nos dispondrá a mostrar más amor por la vida, más amor por la Naturaleza, más amor por lo público, más amor por los vecinos, más amor por los ancianos, más amor por los sanitarios. También es fácil que se dé la siguiente paradoja: alguien aplaude públicamente a esos sanitarios a las 8 de la tarde y a la vez marca la puerta de la vivienda de una de esas personas a las que tanto ama, con lejía y advertencias, si reside en su mismo portal. “Menos aplausos a las 20,00 y un poco más de empatía”, fue la decidida y desolada respuesta de una víctima frente a la amenaza de un pósit adherido al espejo del rellano. La receptora no era ni siquiera sanitaria, sino cajera de un supermercado. En el periódico una médica muestra en su móvil la foto de su coche con la negra pintada RATA CONTAGIOSA. Claro que todo el cúmulo de información nos lleva a un lío, al lío de trabucarnos con noticias de faz confusa, ¿verdaderas, trucadas? He de confesar que tengo la extravagante manía de manifestar una cierta antipatía, una especie de aversión semántico-temperamental (¡!) por la palabra “amor” cuando su concepto se estira y se hace difuso. Un vocablo que ha sido, al paso de los siglos, pervertido en determinadas circunstancias, sobre todo por las instituciones religiosas, ora imprecisas por conveniencia ora pacatas por rentabilidad. El adosar la palabra “amor” a un contenido de esencia confesional, se origina por una apreciación errónea en la etimología que cometieron los escolásticos, al considerar que “amor” consta de un prefijo negativo (a-) y la abreviatura de mortem (-mor), deduciendo que si en la idea de Dios no hay muerte, el amor proveniente de lo divino es eterno. Los romanos utilizaban amare para el amor adhesivo, pasional, y diligere para el amor reflexivo, responsable. A esta segunda significación pertenece más la expresión “amor al conocimiento” que “amor por tu cuerpo”, ya que la intención de esta última es, en postrera instancia, fundirse con el objeto amado. De forma que “amor”, con el paso de tanto tiempo, se ha dotado de un significado amplio y ambiguo. Incluso la expresión “te amo” puede incurrir en un acto contradictorio y terrible, pronunciada in extremis por un maltratador agrediendo a una mujer. Entonces, no es por nada, pero yo prefiero segmentar, llevado a las relaciones de pareja, el significado de “amor”. Segmentarlo en “estimar”, “respetar”, “valorar”, “admirar”, “mostrar cariño”, “ofrecer afecto”, “demostrar delicadeza” y un largo etcétera, y, por encima de todo, “desear”, porque sobre toda creencia, moral e ideología, como fundamental fuente de vida está el deseo; naturalmente el deseo sexual, moviendo el mundo él solito. Deseo que impele tanto al orangután como al coronavirus.

Nos parece ya muy normal este enclaustramiento, aunque llevemos sólo mes y medio cumpliendo su incierto destino. “Virtual” es el término del hecho arrollador que como una insidiosa nube nubla casi cada instante de este encierro. Nube que también incide en la perspectiva de nuestros sueños. Todo proyecto adolece de virtual en este extraño acontecer; cualquier celebración adopta ahora una realidad teñida de virtualidad, aunque trascendida, naturalmente, con cierta pena, asumiendo tristemente sus inconvenientes. Una celebración cursada de este modo fue, hace una semana, la del Día del Libro. Si otros años apenas me enteraba de la recitación colectiva de los capítulos de la magna obra cervantina que siempre releo con renovado gozo, en éste, dadas las circunstancias, he recibido vídeos de esas lecturas del Quijote: metrajes de secuencias viejunas y manidas, además de otros redichos videoclips recordando en plan ñoño la efemérides. En lo sucesivo, podríamos tranquilamente abandonar la referencia a piñón fijo del Ingenioso Hidalgo y leer diferentes textos de otros eminentes autores, como Jorge Manrique (que murió un 24 de abril), o Galdós, ambos emblemáticos productores de alta lengua castellana. Se podría también dar entrada a literatos de los demás idiomas españoles, y en todo el territorio del Estado. Galdós, por añadidura, celebra centenario de su muerte en este desdichado año (¡ya no ha podido ser!). Eso si queremos que ese día se llame justamente Día del Libro, no sólo el día de Cervantes. En la noche de esa jornada el cachondo de mi hijo Miguel me envió una viñeta (foto que ambos hemos perdido), aliñada con un mensaje picarón e irónico, en la que en realidad lo que se celebraba en ese 23 de abril, como reacción a tanta virtualidad,  era la compacta existencia, bien trajinada, del librito de papel de fumar, nada virtual. Ante tanto convencionalismo, condimentado de oficialidad (las niñas de los reyes de España nos deleitaron leyendo al Manco de Lepanto), esta ofrenda irónica la he apreciado mucho, compensando el, pelín coñazo, haz de hábitos a los que acabo de referirme.

Álvaro de Campos por Almada Negreiros

En este encierro, del que ya se va pronosticando su finalización a remolque de la palabreja “desescalada”, la comunicación entre camaradas ha picoteado a veces en seductores pesebres de rutilantes citas. Un notable pintor amigo mío me escribió enarbolando esta aforística definición de Gaston Bachelard: “La poesía es un alma inaugurando una forma”. Yo le respondí enrollándome con el tajante dictamen de Ferdinand de Saussure, en el que el ilustre lingüista ginebrino afirmaba que “la lengua siempre es forma, no sustancia”. Los elementos significante y significado del signo lingüístico pertenecen ambos a la forma. El pensamiento, constituido por palabras, por lenguaje, es enteramente formal. Sin embargo la sensación se orienta a la sustancia. En el dilema “pensar versus sentir” se halla este verso de Fernando Pessoa: “Lo que en mí siente está pensando”, que refleja esa inclinación humana de tender casi siempre a transformar la sensación en pensamiento. El pensamiento es estático, atormentando con frecuencia su capital ejercicio: el reflexionar. La sensación, por el contrario, es dinámica; es más, alígera. Y cuando el pensamiento artístico propende a la imaginación (su más alta ejecutoria), el componente principal para llevarla a cabo es la sensación. De Álvaro de Campos, el heterónimo futurista de Fernando Pessoa, es esta buena cita “sensitiva” que sirve de consuelo a estos momentos en que son imposibles ahora y serán difíciles, por un tiempo incierto, los viajes: “En definitiva, la mejor manera de viajar es sentir. Sentirlo todo de todas las maneras”. Este fragmento es por completo autobiográfico, ya que Pessoa no se movió de Lisboa en los últimos 30 años de su vida, yendo del café Martinho da Arcada a los sucintos apartamentos donde residía, dando tumbos, haciendo eses “en flagrante delitro”, como él se veía a sí mismo. Sólo en una ocasión se desplazó para el día a la cercana Cascais, volviendo a la urbe pombalina totalmente deshecho y aturdido.

La existencia se debe, más que a la compleja, resuelta e inalterable química vital, al estatuto indoblegable del tiempo. Y eso que el tiempo no fue un ente sempiterno, estatuido desde el principio del Universo, sino un ángel caído de la eternidad, según el neoplatónico Plotino; caído por la apetencia voluptuosa del alma, que requería de tiempo para plenamente satisfacerse. Sin tiempo, entonces, no habría palpitación de vida, pues sin tiempo no existiría sucesión, movimiento; indispensables en el transcurso vital. ¿Sólo la eternidad es concebible sin movimiento? ¿O habrá que pensar quizá que la eternidad cunda en una inmensa ráfaga inacabable de tiempo? Hace poco acabé de releer La Montaña Mágica. Ya el propio Thomas Mann recomienda la relectura de su copiosa novela para comprender del todo su rico mensaje. Yo creo que Mann es el mejor novelista del siglo XX, y La Montaña Mágica, la mejor novela de ese siglo, donde cabe todo: magníficas descripciones, consuetudinarias y oníricas, sabrosas reflexiones incesantes… Es la novela del tiempo; su intrínseco discurso dilucida apuntando el tiempo. Estupendo producto de narración sabiamente administrada. A través de uno de sus personajes, en La Montaña Mágica se afirma que el sentimiento tiene un carácter divino. Una cosa es sentir y otra pensar. No es más sabio pensar que sentir. La Naturaleza no piensa, sólo siente y, sin embargo, nada la supera en sabiduría. Sólo el hombre piensa; ese producto humano, exclusivamente humano, el pensamiento, tiene su lado noble, mas también su faz perversa: tanto el arte, la literatura, como el engaño conviven en el pensamiento, que es capaz de generar las cosas más hermosas junto a las más viles. El sentimiento inocente, en el hombre, se puede convertir fácilmente en pensamiento, siempre ambiguo, siempre engañoso. Dios no piensa, o no debe pensar, porque si lo hiciese tendría tendencia a ser un tipo malo e incurriría en maldad, como nosotros. Pues para nosotros el pensamiento se basa en el lenguaje, se piensa con palabras. Eso es lo malo, lo falso. Quizá Dios pueda pensar de otra forma y su capacidad creativa pueda lograr unos límites más puros que los nuestros. De ahí que Logos, lo que existía sólo en un principio, se pueda traducir cabalmente, no como Verbo, como simple palabra, sino como la genuina Mente Pensante de Dios.

Eduardo Chicharro Briones pintado por su padre Eduardo Chicharro Agüera

La escritora polaca Olga Tokarczuk, Premio Nobel de Literatura, escribía en un artículo publicado durante estos días por El País: “¿No será que hemos vuelto al ritmo de la vida normal? ¿Que el virus no es trastorno de la norma, sino que, por el contrario, lo anormal era el frenético mundo anterior al virus?” Algo así pienso yo. O, concretando más, creo que cuando nos den total rienda suelta (esta situación, por inmunda trama política, podría darse irresponsablemente antes de tiempo), algunos vamos a añorar la rica cuarentena de ahora, felizmente encerrados en el exclusivo y sabroso entorno de nuestras predilectas labores. Para ahorrarme una inútil desazón por un deseo desenfrenado de salida a las calles, a los garitos, a la vuelta de una intensa vida social, a penetrar en teatros y cinemas (la Tokarczuk no echa de menos ir al cine), yo ahondo en la placentera visión de una colorida cuadrilla de gatos que merodean por mi jardín. Tranquilos y rechonchos, siempre confinados en un pequeño rodal, con el condumio asegurado (para los prístinos griegos las esencias del ser residían en el tronco, no en la cabeza), estos mininos no leen, pero elásticamente se estiran. No estudian, pero se adormecen lo justo. Sus sentimientos pérfidos los orientan al par de mirlos que incordian en su corro. De este encierro provechosamente aprendemos que es decisiva, únicamente, una postura individual. Lo colectivo es subsidiario. Ilusas partidas. Partidos perversos. Y si deseamos, socorridamente, otras presencias, una suculenta soledad prudente y sabiamente ejercida nos debería, de sobra, compensar. El proceso para llevar a cabo el desarrollo idóneo de nuestra individualidad, está claramente expresado por el poeta Eduardo Chicharro Briones cuando redacta el portentoso texto arquitectónico del primer Manifiesto del Postismo, movimiento del que fue el principal fundador, advirtiendo: “Cuando la imaginación trabaja, el hombre está despierto y en acción; cuando el hombre está despierto, pero su imaginación no trabaja, el hombre está parado, y si obra, obra por fuerza de inercia; cuando el hombre duerme, su imaginación trabaja también; pero separada de él. La imaginación crea mundos, y, episódicamente, en estos mundos, hechos e imágenes. Si el hombre domina con su imaginación los elementos que le rodean, con el tiempo llega a poseer un mundo propio rico en imágenes. Si el hombre de débil imaginación padece las influencias exteriores es dominado por el sentido común, la rutina y el mal gusto; ese hombre no tendrá un mundo propio.” El recurso imaginativo es, por tanto, la acertada técnica de recurrente solución a nuestra impuesta soledad y que podrá llegar a ser elegido y gustoso desenlace.

Grave suceso, en esta delicada situación, ha sido la celebración en Tomelloso, este fin de semana, de un concurrido botellón. Provocando ruido, dejando mierda y, sobre todo, incumpliendo las medidas de precaución que la circunstancia sanitaria imperativamente exige. Se dice que se reunieron, según los medios, desde 500 ó 700 jóvenes hasta 3.000. En todo caso, no pocos; una reunión que no partió espontáneamente de un grupejo de chavales, sino que requirió, digo yo, una insistente convocatoria. Indignado por el hecho, nada más saber la noticia, comienzo a hacerme una serie de preguntas: ¿No estará en esta congregación, como trasfondo, un desafío al Gobierno? ¿Habrá en esto un subliminal sacar el pecho, encarándose chulescamente: Qué crees, Pedro Sánchez, que vas a conseguir que no hagamos lo que tú prohíbes? ¿Incluirá el reto la palabra “libertad”, ese término ahora tan pervertido por la derecha y ultraderecha? Inmaculada Jiménez, alcaldesa de Tomelloso, del PSOE, declara a la Cadena Ser, muy enfadada por este asunto: “No damos crédito. Si tengo que actuar a golpe de policía, lo haré, esto no se puede tolerar”. Las fotos que aparecen en la prensa reflejan un botellón como los de antes; ni una sola mascarilla y evidentes aproximaciones entre personas. ¿Por qué a la media hora la policía no disolvió el festejo? Uno no puede, ni debe, acusar sin más ni más. Pero a la cabeza acude ese saber por el que Vox está empeñado en soliviantar a las fuerzas de seguridad para oponerlas al Gobierno. Tomelloso, tan castigado por la Covid, es un pueblo en el que gobierna la izquierda; pero también (no hace falta que me lo cuenten), muchos pobladores son afines a la derecha y a la ultraderecha. Por lo tanto, existe una acusada división en su censo. En las concurridas terrazas de la avenida Antonio Huertas, yo he visto a mucha gente luciendo en la muñeca, en la gorrilla, o como insignia en la pechera, los colores de una bandera nacional que, más que unir, por el uso interesado que se le aplica, sobremanera desune. En general, por casos como éste y similares, esta pandemia puede acarrear una notoria confrontación civil.

“El poema terminado nunca es tan bueno como el poema que no se escribió; y, pese a ello, debe escribirse como si lo fuera. Cada comienzo contiene la semilla de un nuevo fracaso, pero eso no es excusa para no empezar.” Parlamento del poeta Virgilio en la novela histórica Augusto, de Allan Massie; unas seductoras memorias apócrifas del Emperador de Roma que han dormido durante largo tiempo en mi biblioteca y que ahora he acabado de leer, con gran gusto, en esta suerte de reclusión. En otra página, Massie también hace que Virgilio, reflexionando sobre la esencia divina, advierta a Augusto que nadie debe “dudar de que el mundo lo forman, guían, gobiernan de algún modo misterioso, unos espíritus potentes e inmortales”, aunque, pudiendo ser que no haya Apolo, prosigue el poeta, sin embargo “hay una fuerza que da vida y que realza la vida que, pese a todo, está bien representada por nuestro Apolo”. Virgilio era un ser, por lo visto, profundamente religioso, aceptando así la humanamente inventada imaginería de los dioses. Yo voy más lejos al decir lo que ya tengo como una frecuente muletilla: Pudiera ser que Dios exista, pero siempre será un misterio, para Virgilio o el corriente creyente de hoy. Recomiendo con fervor esta novela de Allan Massie. En ella hay un llamativo registro coloquial actualizador en el habla de Augusto, que utiliza los términos playboy, gángster, camiseta o papá e introduce incisos, apostillas vertidas como frases hechas en francés; y todo esto le sienta muy bien al relato. Massie asimismo es autor de otra novela concebida como una autobiografía de Tiberio, hijastro, hijo adoptivo y sucesor de Augusto. Hace tiempo que la leí, me gustó, la releí y ahora la voy a retomar de nuevo.

Hoy se ha reabierto el mercadillo de Alcázar de San Juan. Sólo puestos de alimentación. Bastante despejado el recinto, contrastando con los llenazos de antes de la pandemia. Como no se podían vender tres braguitas a un euro, faltaba el castizo ambiente sonoro, ese rítmico timbre del vendedor proclamando canoramente la oferta. En una única entrada, la policía local y al lado, una mesa ofreciendo chorreón de gel y mascarillas. Obligatoriamente, se ha de andar todo el recorrido, completando una “u” para que la gente no se cruce. Todo el mundo con mascarilla y distanciándose debidamente, aceptando una buena organización. He notado que esta apertura del mercadillo es algo sumamente indicativo de cómo debe uno moverse en los próximos meses, o años, quién sabe, acatando beneficiosas normas, eficientes y bien encaminados reglamentos encauzados en sensatas medidas para vivir más seguros y que la economía pueda, en lo posible, reflotar. Precisamente leo en el diario de hoy un entrecomillado que lo encuentro conciliador y me satisface: “La economía depende de la adaptación a vivir con el virus” (Philip Lane, economista jefe del Banco Central Europeo).

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