VII. Excursión por el bosque

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Los primeros días de febrero hubo un súbito ascenso de la temperatura y la nieve acumulada en derredor casi desapareció. El color blanco del campo había dejado paso a una monotonía de grises y de ocres, allá afuera, bajo el azul del cielo. Sentado en el despacho, delante de la ventana, el profesor volvía a sentirse tristón, tan tristón como los colores apagados que veía en el paisaje. El sol invernal, lejos de animarlo, lo tenía amustiado. No escribía, pero tampoco se decidía a hurgar en los papeles de Martell, como si aquello constituyera poco menos que un delito. Miraba por la ventana y sus ojos se iban irremediablemente al tejado de pizarra de la otra vivienda, tentado como estaba de examinar a fondo todo lo que había en esas cajas. Había que esperar, se decía, pero a la vez su curiosidad iba en aumento, no cejaba, lo corroía por dentro. ¿Esperar a qué, en todo caso? ¿Al permiso de la viuda? ¿Y qué podían importarle a la viuda esos papeles?

 

Una mañana, aprovechando el buen tiempo y la poca disposición que tenía para trabajar en lo suyo, Solís salió a darse un paseo por la propiedad. Al pasar por delante del estudio se detuvo un momento y echó mano de la llave que llevaba en el bolsillo, pero luego se lo pensó mejor y prosiguió su paseo.

 

Hacía algún viento.

 

Con las solapas del chaquetón bien subidas y el gorro encasquetado hasta las orejas, Solís fue bajando por la inclinada llanura hasta llegar a la zona de bosque y casi enseguida, a unos pocos metros, en medio de los pinares, se volvió a encontrar de frente con el musgoso muro de piedra y el riachuelo, que seguía todo helado, salvo por un hilillo de corriente que se filtraba por entre los cantos. En dos brincos lo cruzó y fue caminando río abajo. A cada poco el riachuelo se ensanchaba y formaba una poza o un remanso salpicado de redondos pedruscos y rocas aplastadas.

 

Al cabo, en un recodo, Solís se topó con una valla de madera y una especie de garita que parecía marcar el límite de la propiedad, aunque en realidad, al acercarse, la garita no era sino una caseta hecha de troncos y la valla estaba puesta ahí como parapeto para impedir que nadie se despeñara por el tajo. Solís se asomó y vio un peñasco cortado a pico sobre una charca de agua a medio congelar.

 

Debió estar así, acodado al pretil, unos minutos, con la mirada abstraída en la rocosa hondonada, hasta que le sacó de su contemplación el caminar sigiloso de un zorro que se había acercado a beber a la orilla del lagunazo sin reparar que lo observaban desde arriba. El zorro dio unos cuantos lengüetazos, irguió luego la cabeza como oteando el peligro y desapareció por el bosque con el mismo sigilo con que había venido. Solís se había fijado poco antes en unas escaleras que bajaban hasta la charca, al pie del mirador, pero prefirió no hacerlo por temor de encontrarse con el raposo o con alguna otra alimaña merodeando por ese circo de piedra.

 

Esa tarde le preguntó a Luke por lo que había visto en el bosque y Luke le dijo que aquello era una cantera abandonada, aunque en los veranos resultaba un lugar ideal para bañarse. Su hija y los nietos se iban hasta allí muchos días, de junio a septiembre, igual que lo había hecho él muchas veces antes de la enfermedad de su mujer. La caseta era de construcción antigua, aunque el padre de Martell, según Luke, se había encargado de remozarla por su cuenta con la ayuda de su segunda mujer, una señora de mucho carácter y muy dispuesta.

 

Solís había aprovechado la coyuntura para inquirir algo más sobre la madrastra de Laszlo y, como casi siempre, Luke había salido del paso con respuestas un tanto triviales o no del todo satisfactorias: que si tenía mucho acento y algo de mal genio, que si en sus últimos años, ya muerto el marido, perdió la cabeza y hubo que internarla en un asilo de ancianos, que si su vida, en general, había sido bastante triste.

 

Poco después, sin embargo, Luke, volviendo otra vez al asunto de la cantera, contó algo muy raro, un incidente que había ocurrido a principios de los setenta, al poco de llegar él aquí. Un día como el de hoy, muy soleado, aunque ya de primavera, el padre de Laszlo, tras más de 24 horas desaparecido, había sido encontrado amarrado a la valla del mirador y con claros signos de violencia. Nunca se dio con el culpable o la causa de la agresión, pero lo más extraño o sorprendente es que ni él ni su esposa ni tampoco el hijo quisieron denunciarlo.

 

¿No? –había preguntado Solís todo intrigado.

 

No. Echaron tierra por medio. Y eso que el padre se salvó de milagro, gracias a un chico que solía entrenarse corriendo campo a través y ese día pasó por el camino de la cantera. La idea era que se lo comieran los animales del campo.

 

Solís apuntó a posibles motivos y Luke los descartó todos. Ni robo ni extorsión ni disputa con nadie. El padre era un caballero y tampoco tenía tanto dinero como para ser objeto de un secuestro.

 

¿Antisemitismo entonces?

 

Luke sacudió la cabeza. Imposible. En los Catskills había casi más judíos que en Israel.

 

¿Y el padre qué dijo?

 

No recordaba nada. Decía que lo habían golpeado por detrás a la entrada de la casa y que al recobrar el sentido se había encontrado atado al parapeto de la cantera. Mi mujer piensa que debió tratarse de una banda de motoristas.

 

Solís le preguntó por la versión de Laszlo.

 

Nunca me la dio ni yo se la pedí. Por aquellos años apenas nos tratábamos.

 

Arda Solís, nada más despedirse de Luke, se fue directo al estudio. Era ya noche cerrada, pero esta vez, con ayuda de la linterna, no tuvo dificultad de encontrar el interruptor de la luz. La bóveda piramidal, con todo aquel artesonado de maderas barnizadas, se iluminó de golpe. El profesor se sentó en la mullida butaca del escritorio, acercó una de las cajas y empezó a revolver entre los cuadernos y carpetas. Nada de interés encontró en esa primera caja, ni en otra que miró muy por encima, poco después, pero al llegar a la tercera encontró, encajonado en uno de los lados, todo un fajo de cartas.

 

Solís desató el lazo que las sujetaba y empezó a hojear los sobres con detenimiento.

 

Las cartas, expedidas entre 1971 y 1983 en el pueblo de Phoenicia, tenían como único destinatario a Laszlo Martell, aunque las direcciones variaban. Unas habían sido enviadas aquí, otras a Nueva York y una gran mayoría a París, entre 1972 y 1973, unas quince cartas que formaban el grueso de la correspondencia. La letra del remitente era redonda y clara, seguramente letra de mujer. Mujer inteligente, pensó Solís. Y enamorada, según lo leído en la primera carta de agosto de 1971…

 

No quiso leer más. Apagó las luces y se fue con el fajo a la otra vivienda.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.