Viviendo con una familia palestina en Beit Doq (Cisjordania)

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La entrevista en el campo de refugiados de Belén acabó a las 18:00h de la tarde. Aún teníamos que coger un autobús y llegar a Ramallah, donde nos esperaba mi amigo el escritor palestino Tahseen Yaqeen. En Israel es imposible viajar en  transporte público durante el viernes por la tarde y el sábado hasta las 17:00h porque es sabbat (el sabbat se observa desde el atardecer del viernes hasta la aparición de tres estrellas la noche del sábado. Según las prescripciones de la Torá, debe ser celebrado en primer lugar mediante la abstención de cualquier clase de trabajo. El sabbat es en el ethos judío, una señal de la relación entre Dios y el pueblo judío. La celebración del sabbat está prescrita entre los Diez Mandamientos recibidos por Moisés), pero el pueblo árabe palestino no celebra el sabbat, así que es posible viajar desde East Jerusalem (Jerusalén este) hasta Ramallah (West Bank, Cisjordania) sin inconvenientes.

 

Volvimos a la puerta de Damasco y desde ahí compramos dos billetes al conductor de un microbús para que nos llevara. La verdad es que los microbuses (furgones blancos que conectan Palestina con Jerusalén) me recordaron a los taxis blancos que viajaban a todas horas desde los guetos de Ciudad del Cabo hasta Town, la ciudad blanca. Por más que recorría el mundo había cosas que nunca cambiaban.

 

Viajar desde Damascus Gate hasta Ramallah ofrecía unas imágenes bien distintas a las vividas en el campo de refugiados horas atrás, en los que la luz y la electricidad se desvanecían por momentos y tenían que encender hogueras para combatir el frío del anochecer. En Ramallah había Audis, Mercedes y BMWs aparcados en las aceras.

 

—¿Ese carro Audi que está parado es tu amigo?, preguntó Pamela al bajar del microbús blanco.

—Sí, le respondí. Entendí el tono de su pregunta ¿Un palestino en un Audi? Sin duda no son las típicas imágenes que la prensa europea publica sobre el pueblo palestino.

 

Tahseen salió de su elegante coche negro y nos abrazó. Agradecí al cielo sentir su cálido cariño tras la entrevista realizada en el campo de refugiados. El cuñado de Yasheen nos esperaba sentado en el asiento del conductor, mientras el escritor nos abría la puerta de atrás como un auténtico caballero. El motor del coche arrancó cuando Pamela y yo acomodamos nuestro equipaje. Mi primera impresión fue que la cultura palestina era gentil y acogedora, similar a los latinos, algo que nunca había sentido con los judíos, quien pese a ser honestos y trabajadores siempre mantienen la distancia con los extranjeros.

 

A los cinco minutos de empezar el trayecto ya podíamos ver el muro

 

—Antes no era como ahora —comentó Tahseen con cara apenada—. Aún recuerdo cuando el muro no existía y podíamos cruzar a Jerusalén libremente en 20 minutos. Desgraciadamente, con los nuevo asentamientos judíos no es imposible incluso llegar de una aldea palestina a otra directamente, tenemos que bordear la montaña tardando más de una hora, y sólo podemos entrar en Jerusalén con permiso especial.

 

Entrar en Jerusalén con permiso especial me recordó cuando los negros de Ciudad del Cabo no podían entrar en la ciudad blanca durante el apartheid. Por supuesto no era el mismo escenario, pero el amor y el odio son dos constantes que se repetían en todos los lugares a los que visitaba.

 

—Lo siento, no sé mucho de este tema, pero ¿me podría explicar por qué motivo está construído el muro?, interrogó Pamela de modo suave a Tahseen.

—Pues en teoría está hecho para contener el terrorismo. El argumento es que muchos ataques suicidas ocurrían antes de que se edificase esta barrera. Pero en nuestra aldea, Beit Doq, somos todos granjeros. Aquí no hay terroristas. Es innecesario poner un muro que corte y robe nuestras tierras y que nos separe de nuestros vecinos.

—¿Cómo describirías vivir bajo la ocupación?, disparé a Tahseen.

 

Él hizo un gesto que se me quedó grabado. Puso su mano alrededor del cuello como si estuviera asfixiado.

 

—Es como vivir con una correa, respondió con pena y seguridad.

 

Antes de llegar a Beit Doq, su cuñado paró el coche para comprarnos a mi y a Pamela dos chocolatinas. Una sonrisa se dibujó en mi cara al ser tratada con tanta gentileza. No importe las guerras que haya, y el sufrimiento que los seres humanos tengan que aguantar en los rincones de este mundo, siempre hay momentos para el amor y el cuidado del otro.

 

Llegamos a Beit Doq. Era de noche y no podíamos ver absolutamente nada. El Audi se paró frente a la casa de Tahseen. Una preciosa casa de campo de dos pisos frente a una huerta y en medio de una montaña espectacular. Tahseen nos abrió la puerta y cargó con nuestro equipaje.

 

—Mi familia siempre han sido agricultores —me comentó mientras tocaba las hojas de los olivos de su huerta—. Las aceitunas siempre han sido un fruto que mi pueblo ha cultivado durante décadas.

 

Nos descalzamos al entrar, costumbre árabe. Su esposa Rania, una hermosa mujer y artista saudí de tez blanca y ojos marrones, nos acogió en su hermoso salón familiar. Al instante tres niños empezaron salieron corriendo de sus escondrijos mientras nos tocaban las rodillas. Tasheen tenía una especial conexión con su hijo menor.

 

—No parece árabe, sino europeo, respondió mientras le acariciaba la cabeza y besaba al resto de sus niños.

 

Los palestinos son sin duda un pueblo familiar. La familia marca el ritmo de sus vidas.

 

—Mi madre y mi hermana viven en la casa de enfrente. Mañana iremos a tomar té y comer dulces con ellas.

 

Mientras conversábamos, Rania y el escritor traían todo tipo de manjares a la mesa. Hummus, pita, falafel, queso, exquisito aceite de oliva… muy disinto a la comida que me daban en los treinta minutos que tenía de descanso del trabajo de la fábrica en el Kibbutz.

 

—Estudié literatura en la Universidad de Egipto, comentó Tahseen, y de ahí viajé por América, Europa, África… Ahora trabajo en el Ministerio de Educación. Al igual que tú, soy periodista y escritor

—Ser periodista es fácil, le respondí. Ser escritor es difícil, porque cuando escribes debes de hacerlo con el corazón, sino la prosa no es verdadera

—Totalmente de acuerdo.

—Tu cultura me recuerda a mi país Ecuador, dijo Pamela sonriendo. Nosotros también damos mucha comida a nuestros invitados porque representa símbolo de amistad.

 

Pamela y Tahseen estuvieron conversando. Cuando acabaron de hablar me volví a acercar a él y le comenté.

 

—¿Sabes que en el campo de refugiados tuve problemas por decir que vivía en un Kibbutz? ¿Sabes lo dificil que me está costando mantenerme imparcial?

—Lo entiendo perfectamente, me respondió. Yo no tengo ningún problema con los judíos, de hecho tengo amigos en Jerusalén y también he visitado algún Kibbutz. No tendría ningún inconveniente en convivir con ellos. Pero el muro y toda la ocupación ha de acabarse.

—¿Y por qué los palestinos no son capaces de organizarse y crear su propio Estado como hicieron los israelís en un día cuando estalló la guerra de la independencia?

— No es tan fácil. Primero has de tener en cuenta que América dio armas a los israelís y Alemania mandó dinero por la culpabilidad que sentían tras el Holocausto. Segundo, creo que es un problema de mentalidad. Parece que necesitamos que alguien nos diga lo que hacer en vez de hacerlo por nosotros mismos. Nosotros también tenemos tierra y compramos leche a Israel ¿No sería más lógico cuidar las vacas y producir la leche de nuestros granjeros?

—En el campo de refugiados me dijeron que si Palesina construyera una fábrica el Ejército israelí la destruiría. ¿Es cierto?

— La verdad lo dudo mucho. No creo que a Israel le importe demasiado que se construya una fábrica o un negocio en Cisjordania.

 

La mentalidad abierta del escritor distaba mucha de la de mis últimos entrevistados. La batalla entre buenos y malos no era tan fácil como la prensa europea simplificaba, básicamente porque entre los palestinos había distintas posturas, igual que entre los judíos. Al igual que Tahseen creía en la convivencia y en el reconocimiento del otro, Miguel, el secretario de mi Kibbutz (publicaré su entrevista proximamente), tampoco creía en los asentamientos judíos, ni en la ampliación del territorio de Israel en Transjordania. Israelíes y palestinos estaban divididos en función de sus mentalidades. Quizás la paz fuese dificil, pero no imposible.

 

Estábamos cansadas, nos fuimos a la cama. Nos tapamos con mantas de lana de oveja, ya que hacía un frío increíble en la montaña. A la mañana siguiente un apetitoso desayuno estaba servido en la mesa. Me sentía como una princesa en un palacio y admiré la hospitalidad del pueblo palestino.

 

Después del desayuno, la hermana mayor del escritor, Nema Yaqeen, entró en la casa. Nos abrazó a Pamela y a mí y nos llenó de besos mientras nos hablaba en árabe, ya que no entendía inglés. Una acogida muy distinta de la del pueblo israelí ,quienes saludan con un  simple Hy dando la mano y manteniendo siempre la distancia corporal.

 

—Mi hermana quiere hablarte de la ocupación. Le gustaría que escribieras sobre ello.

—Entiendo, le respondí. Cogí bolígrafo, libreta y grabadora y comencé a entrevista a Nema.

—¿Podría comentarme cómo han sido los asentamientos judíos en su aldea?

—Nosotros somos los dueños de esta tierra —comenzó a hablar Nema, mientras su hermano traducía—. Lo hemos sido siempre. Nuestras familias han vivido en Beit Doq durante generaciones. Un buen día por la mañana dos soldados israelís llegaron a mi parcela y me dijero que la mitad de él quedaba confiscado por motivos de seguridad. A las pocas semanas mi tierra estaba dividida por el muro que ves ahora.

 

—¿Confiscaron la tierra o se la compraron?

—La confiscaron, respondió Nema. Y aunque la quisieran comprar ninguno de nosotros aceptaríamos jamás su dinero.

—¿Es cierto que hubo palestinos que construyeron el muro a cambio de dinero?

—Sí, respondíó el escritor. Pero no de esta aldea, sino de otros lugares. Sería un deshonra que uno de los nuestros participase en la construcción del muro. Es cierto que algunas de las tierras fueron compradas, pero sólo un 6% de todo el territorio de Cisjordania. El resto ha sido confiscado. A veces los soldados vienen y yo les pregunto qué hacen aquí en esta aldea, cuando todos somos granjeros. Ellos responden que tienen órdenes de vigilar el territorio y punto. Le tapo los ojos a mis niños para que no vean los fusiles y no sientan miedo. Mi hermano en una ocasión participó en una protesta pacífica en contra del muro. Era pacífica, sólo caminaba con otros hombres de la aldea alrededor de él. Fue detenido y encarcelado por ello. ¿Crees que es justo?

 

Sin  duda no lo era. Pero yo no estaba ahí para decidir qué era justo o no, sino para documentar los dos lados e intentar entender la voz del otro.

 

—¿Cómo describirías la ocupación?, pregunté a Nema.

—Como lo peor que le puede ocurrir al ser humano.

 

Tras hablar con ella le pedí permiso para sacarle un par de fotografías. El escritor nos llevó a casa de su madre a tomar el té y nos presentó al resto de sus hermanos y sobrinos. Nos sentamos alrededor del canoon, hornillo de carbón que usan en Palestina para calentar las casas de las montañas, y nos sentamos a conversar. Se respiraba tanto calor y cariño que sentí añoranzas de mi familia en Coruña.

 

Tras el té Tahseen nos llevó en su coche a la estación de autobús de Ramallah. De nuevo volvió a cargar el equipaje e insistió en pagarnos el pasaje.

 

—Venid cuando queraís. Mi casa es vuestra casa.Toma Iara. Este es un regalo para que escribas tus artículos.

 

Tahseen me dio una bolsa llena de libros e informes universitarios acerca de la violación de los derechos humanos que supone el muro. Los estoy leyendo y compartiré con vosotros lo que saque en claro en las próximas entradas. Se lo agradecí enormemente.

 

Volvimos a pasar el Check Point para cruzar de Ramallah a East Jerusalem. De toda la literatura y artículos que he leído sobre los controles obsesivos de los Check Points he de decir que es una exageración, y comparto mi experiencia cruzando el Check Point.

 

—Nombre y apellidos —nos preguntó un muchacho de 18 años enfundado en un uniforme militar, armado con un rifle, mirándonos a través de un cristal desde donde estaba sentado frente a un ordenador.

—Iara Mantiñán y Pamela Ortiz —respondimos.

—Pasaporte y lugar de procendia.

—Ecuador y España.

 

Al nombra nuestros países respectivos el soldado sonrió. A fin de cuentas era un adolescente hablándole a dos extranjeras de su edad. Fue entonces cuando recordé los comentarios que Tahseen dijo sobre los soldados y cómo agredían a las mujeres palestinas. Me sorprendió que el niño que me estaba sonriendo, y los chicos israelís con los que trabajaba en mi fábrica en Eltam, fuesen capaces de insultar a una mujer.

 

Los artículos escritos por Tahseen están dispobibles en este enlace. Recomiendo a todo el mundo lo lea y que escriba sus impresiones en este blog.

 

Mi viaje a West Bank había acabado, mis experiencias y conclusiones las expuse la entrevista que me hizo Cristina García en la Radio Gallega el viernes pasado a las 17:45h, así como en el artículo publicado por el periodista Luis Ferrer en el diario coruñés La Opinión. 

 

De vuelta a mi Kibbutz, Ein-Hashofet, empecé a pensar en el problema entre Israel y Palestina. Dos hermanos que se odian. La solución no eran los acuerdos de paz, sino conseguir la paz. Con un muro por el medio y la imposibilidad de que ambos hermanos crucen la barrera para visitar la casa del otro, la paz dificilmente llegaría.

 

Os dejo las fotografías de Nema, la casa de Tahseen, la aldea de Beit Doq.

 

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