Vosotros, los solitarios

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Ni siquiera sé por qué os escribo. Y además una carta. Pero ya me da igual que me tilden de antiguo. Tampoco sé bien para deciros qué. Acaso nada más que para haceros unas preguntas que no tendrán respuesta. ¿Es cierto que en el fondo todos estamos solos? ¿No será uno, a solas, más uno mismo? Y vosotros, los solitarios, ¿amáis la soledad? Preguntas muy propias —pensaréis— de quien no os conoce.

También quería saber si es verdad que los demás pueden darse a su intensa actividad social gracias a vosotros. ¿No producen los árboles oxígeno y absorben la contaminación? Pues lo mismo, o algo parecido: tal vez vuestra soledad sea la condición necesaria para la sociabilidad de los otros, lo que la hace posible. Lo que, de alguna extraña manera, compensa el ruido exterior e interior en el que viven quienes se dan a la exasperación de la compañía.

Me pregunto si fuisteis siempre solitarios, y en qué momento supisteis que lo erais. Si no podéis ya prescindir de la soledad porque, como escribió Jung, es adictiva. Pero ¿no la sentís a veces como una condena? A un amigo le dijeron: «Terminarás más solo que la una», y dudó si era profecía, maldición o —aún peor— una amenaza. ¿Y no es la soledad también como una manta, que reconforta cuando hace frío, pero con calor agobia si no puede uno quitársela de encima?

Dicen que formáis una comunidad de miembros dispersos. ¿Cómo os reconocéis unos a otros cuando os junta el azar? Busco señales para averiguar si no seré yo —lo digo en voz baja—uno de los vuestros. Uno de esos árboles silenciosos. Porque yo también me quedé en casa muchas tardes, sabiendo que la vida estaba fuera. O eso me decían. Pero dentro estaban, no sé, las cartas de Franz y de Milena, o los libros de Delibes y El gran Meaulnes.

Me acuerdo de una escena. Fue a principios de los ochenta, antes de… todo lo que vino después. Recupero la imagen de aquel chico a las cuatro de la tarde de un domingo de verano. En el silencio y el calor de la ciudad universitaria, desierta a esa hora, ¿qué hacía solo, qué buscaba? Posiblemente ese silencio y esa soledad: se estaban empezando a conocer. Sentado en un banco, el muchacho leyó un rato su tomo de cuentos de Turguéniev. Decidme: ¿soy yo, también, un solitario?

Es extraña vuestra compañía. Y sospecho que esta carta quedará sin respuesta. Pero ya sé por qué os escribo. Para preguntaros todas estas cosas —¿es verdad que siempre puede uno quedarse un poco más solo?—, y quizá también porque, como dijo María Zambrano, “escribir es defender la soledad en que se está”. Ir al pozo así, a solas, a tirar de la polea, y esforzadamente subir de lo oscuro un poco de agua para calmar uno su sed. O para ofrecérosla a vosotros, los solitarios.


NOTA: Unas pocas semanas después de publicarse esta carta, recibí respuesta de Carlos García-Mateo en su blog “Barcelonerías”: “Coordenadas de una soledad (una carta a Víctor Colden)“. Y qué buena compañía, la de su prosa.

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