XX. El encuentro con Pat

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La casa de Pat estaba muy metida en las montañas, a solo unos kilómetros de la aldea de Phoenicia. No había sido nada fácil encontrarla. Arda Solís había conducido el Volkswagen de aquí para allá por un tobogán de carreteras sinuosas en medio del bosque y por caminos empinados que acababan súbitamente en un talud de piedra o enfrente de la casa equivocada. Por fin, tras muchas vueltas y revueltas, medio tapado por los pinos, Solís había visto asomar por la ladera de un monte el picudo tejado de pizarra que con tanta precisión le había descrito la madre de Mónica Schwegler. Aparcó el coche en el arcén, debajo de unos árboles, y salió para cerciorarse. El día estaba encapotado. Echó un vistazo al buzón de la entrada, comprobó la dirección y descendió luego por un camino escarpado que le llevó hasta un puente como de cuento de hadas; y de ahí, pasado el riachuelo, entre el murmullo del agua y el piar de los pájaros, fue subiendo poco a poco por una escalinata de piedra flanqueada a uno y otro lado por una tupida hilera de setos. El chalet de dos plantas se levantaba imponente sobre el altozano, con su hastial en punta, su porche de madera y una enorme cristalera frontal en donde se reflejaba, anubarrado, un desapacible cielo de zinc. Solís, maravillado quizá por el montañoso panorama que se le presentaba a su alrededor, se quedó quieto, sin saber muy bien si debía subir al porche o llamar a la puerta que tenía a unos pasos, pero mientras se decidía oyó voces a lo lejos. Se dio la vuelta, se acercó hasta un mirador y desde allí alcanzó a ver, al final de una ondulante pradera, un recoleto estanque rodeado de sauces llorones, un cenador chinesco y una mujer de mediana edad que le hacía gestos con la mano para que bajara hasta allí. Habían empezado a caer algunas gotas.

 

  “Rápido, venga a guarecerse”, le gritó la mujer, que llevaba un ponche mexicano y una melena gris que le llegaba casi hasta la cintura. Solís, tras bajar a toda prisa, había entrado en el cenador algo jadeante.

–Ya se habrá dado cuenta de que uno tiene que tener buenos pulmones y mejores pantorrillas para vivir en estos parajes.

La mujer, de cerca, parecía más joven. Los ojos eran de un azul intenso, los labios muy finos, el óvalo de la cara algo triangulado, con un maquillaje que le daba un aire cómico, como de figura de arlequín. Tenía ojeras y patas de gallo, sobre todo al reírse, pero conservaba todavía un aspecto juvenil. Hicieron las presentaciones y se sentaron en una de las banquetas del cenador.

– ¿Dónde está la hija de Stella?

Solís contestó que a última hora Mónica Schwegler se había visto obligada a quedarse en la biblioteca sustituyendo a una compañera que se había enfermado.

–Mejor así. Si la hija es tan metijona (busybody) como la madre, no nos hubiera dejado hablar ni un segundo. Stella me comentó por teléfono el interés que tienes por mi queridísimo Laszlo. ¿Estás pensando escribir su biografía?

Solís negó con las manos, pero en seguida rectificó y añadió que a lo mejor sí, que el profesor Martell le resultaba un personaje fascinante.

–Sí que lo era, por lo menos para mí. Yo lo quise mucho. Los dos nos quisimos mucho. Nunca perdimos la amistad.

Solís, sin mayores preámbulos, se refirió al manojo de cartas que se había encontrado.

– ¿Cartas mías? Qué interesante. Es cierto que nos escribimos mucho durante una larga temporada, casi hasta poco antes de casarme.

– ¿Y guarda Ud. cartas de él?

– No, qué va. Y mira que lo siento. Debí tirarlas en alguna de mis muchas mudanzas.

– ¿No me diga que no guarda ninguna?

– Me temo que no. Nunca he sido de guardar mucho, aunque debo tener por ahí un diario mío escrito por aquellos años. Si lo encuentro, te lo dejaré leer. Pero ¿qué cuento en esas cartas? Espero que no haya muchas barbaridades. Yo era la típica paleta.

– No es esa la impresión que uno saca leyéndolas. Se descubre a una mujer muy sensible y con mucho sentido del humor.

– Graciosa sí era… y lo soy. O eso dicen los que me conocen.

– ¿Y cómo se conocieron Uds.?

– ¿Leslie y yo?

– Sí, claro.

Pat frunció el ceño, como si hiciera por acordarse, aunque el recuerdo del primer encuentro parecía tenerlo muy presente.

– Fue en una poza donde íbamos los dos a bañarnos. Recuerdo que una de las tardes estaba yo braceando apaciblemente cerca de la orilla y un hombre muy apuesto, sentado en una roca, me advirtió que había una culebra de agua a menos de un metro de donde yo estaba. Yo he tenido siempre pánico a las culebras y debí armar un buen alboroto. El caso es que esa tarde, después del susto, estuve hablando con ese hombre durante mucho rato. Leslie era un magnífico conversador.

– Era bastante mayor que Ud. ¿no?

– Bastante más. Y casado.

– ¿Casado?

– Bueno, en trámites de separación, aunque esos trámites se alargaron una eternidad. Nuestra relación fue adúltera de principio a final.

Pat había acompañado ese último comentario con una risotada. Solís no se dio por enterado y siguió impertérrito con la interrogación.

– En algunas de las cartas se denota cierta frustración por su parte.

– ¿En qué sentido?

– No sé, como si Laszlo fuera un poco impenetrable, como si le costara abrirse.

– Eso es verdad. Se metía en su caparazón y no había quien le sacara nada.

– ¿Y cómo era Laszlo Martell?

– Buena pregunta. ¿Cómo era?

Pat volvió a enarcar sus cejas en busca de una respuesta. Pasaron dos o tres segundos. La lluvia caía con fuerza y tamborileaba por el tejado piramidal del cenador.

– Supongo que muchas cosas, pero para mí fue sobre todo un educador. Ya le digo que yo era muy burra, una cateta de las montañas, y Laszlo me abrió nuevos horizontes. Con él aprendí mucho. Me dio a leer buenos libros, me enseñó a apreciar el arte y, sobre todo, logró quitarme complejos tontos que tenía. Laszlo era muy buen amante.

Esa última frase, un poco forzada, vino acompañada con un guiño cómplice. Solís se apresuró a señalar, con cierta pedantería, que desde los griegos el amor y el conocimiento habían venido de la mano.

“Así debió de ser en mi caso”, refrendó aquella mujer de semblante cómico, aunque en seguida aclaró que había sido una chica desinhibida desde muy joven. Luego Solís escuchó de su boca algunas intimidades. Pat era parlanchina y no parecía tener demasiado pudor. Así, le contó que había perdido la virginidad en una borrachera antes de terminar el High School y que sin ser nunca una chica promiscua (a slut), tenía ya más de una historia de cama al tiempo de conocer a Laszlo. Sexo y alcohol eran, según ella, las únicas diversiones que existían por estos parajes.

– La revolución sexual debió llegar a los Catskills con los primeros colonos. Mi madre y mi abuela se quedaron las dos embarazadas antes de casarse; y si yo evité ese inconveniente fue probablemente gracias a la píldora.

Se oyó de pronto un aleteo y Solís se volvió a mirar el estanque. Seguía lloviendo, aunque con menos fuerza ya. Un cisne bogaba elegantemente cerca de la orilla, medio escondido por la rala melena de los sauces. Más allá, a unos cien metros, había dos caballos pastando, en la ladera del monte. Al fondo, velado por la lluvia y la neblina, se dibujaba un oscuro macizo de montañas.

– Y de su pasado en Europa ¿hablaba?

– No mucho. Laszlo había tenido una infancia muy traumática. La madre murió gaseada en Auschwitz; él sobrevivió de pura casualidad.

– El padre y él se escondieron en un albergue de montaña ¿no es así?

– Sí, pero solamente en los primeros días de la ocupación alemana. Casi en seguida el padre tuvo que volver con el ejército húngaro. Laszlo se quedó escondido en la casa de unos labradores. Él se sentía muy en deuda con esa familia.

Solís interrumpió incrédulo.

– ¿El padre volvió con el ejército húngaro? ¿Cómo puede ser? ¿Se hizo pasar por otro?

 – No. El padre era un mecánico de primer orden. Su hijo me contó, no sé si con orgullo, que los nazis, aun a sabiendas de su origen, lo emplearon hasta los últimos días de la guerra. No podían desprenderse de alguien con sus habilidades mecánicas. Claro que también esa situación debió pesarle. Laszlo pensaba que su padre tenía mala conciencia.

 – ¿Le hablaba mucho de su padre?

 – Sí, Laszlo lo quería y lo respetaba. Había mucha complicidad entre ellos.

– ¿Y Ud. lo conoció?

– ¿Al padre? Claro. Era un hombre muy formal, muy educado. Un caballero antiguo. Era de los que al ver a una dama por primera vez se quitaba el sombrero y hacía una inclinación con la cabeza. Resultaba gracioso.

– ¿Y la madrastra?

– La traté menos. Era una mujer muy reservada y un poco rara, aunque conmigo tuvo siempre un trato exquisito. Recuerdo que cada vez que iba a su casa me servía un maravilloso pastel de manzana. Era una magnífica cocinera.

– ¿Tuvo alguna vez oportunidad de hablar con ellos de la guerra?

– No, nunca. A mí tampoco se me hubiera ocurrido preguntarles. No era un tema agradable precisamente.

– ¿Se acuerda del nombre del padre?

Pat puso cara de extrañeza.

– Se lo pregunto porque unos dicen que se llamaba “Gabriel” y otros “Thomas” o “Tommy”.

– Ahora que lo dices yo creo que era “Gabriel”, pero eso sería muy fácil de comprobar, ¿no te parece?

– En todos los sitios consta como Gabriel. 

– Pues entonces, ¿cuál es el problema?

– Pues que hay algo, una tontería seguramente, que me tiene de lo más intrigado.

– ¿El qué?

Solís le refirió el dato del censo de 1950 en donde la madrastra aparecía como casada con un tal “Thomas Mortensen” y luego sacó a colación el retrato de la joven sentada al lado del padre, con los versos de amor y las iniciales T y E.

– Lo que más me choca, concluyó Solís, es que la foto esté hecha antes de la guerra.

– ¿Y qué tiene eso de chocante?

– Pues que antes de la guerra estaba casado.

Pat se impacientó.

– ¿Y qué más da? 

– Me resulta extraño que estando casado se fotografiara a solas con ella. La foto parece indicar que son pareja.

– No necesariamente. Además, podría ser una hermana, una prima, yo qué sé. Hay muchas posibilidades. La inicial “E” puede corresponder a otros nombres: Erika, Elisabeth, Eleonor…

– En efecto, pero uno de los vecinos, que la conocía bien, me asegura que es ella.

– Yo tendría que ver esas fotos.

Solís se sacó del bolsillo de la chaqueta su cámara digital y estuvo buscando en el monitor unas reproducciones que había hecho, a instancias de su hija, unos días antes. En cuanto dio con ellas, se las enseñó a Pat.

–Aquí se ven muy pequeñas. Necesito mis gafas.

Pat se levantó. La lluvia había cesado casi por completo. Se oía el trino de los pájaros por entre los árboles.El olor a mojado acentuaba la belleza idílica del estanque, de las praderas, del coqueto cenador.

–Aprovechemos que ha escampado para regresar a la casa. Allí te presentaré a mi marido.

El paseo en cuesta que llevaba hasta el chalet iba recorriendo en zigzag un jardín de variada vegetación. En un recodo aparecía una cascada artificial, en otro una fuente dieciochesca; aquí y allá parterres cuadrados o circulares hechos de aligustres, de árboles frutales o de flores.

–Este jardín tiene un encanto muy especial, comentó Solís.

–Es todo obra de mi marido. Su profesión de juez le deja un montón de tiempo libre. Últimamente le ha dado por la jardinería. Heredó la mansión de los abuelos, pero hay que reconocer que él ha hecho grandes mejoras.

La vista del valle, arriba, desde el mirador, impresionaba, pese a la niebla, o quizá por la misma niebla. En lontananza el horizonte de montañas aparecía sumergido en un mar nebuloso, y abajo, el jardín, con su estanque y su cenador, se asemejaba a un grabado japonés envuelto en luz difusa, a modo de sfumato.

Solís sacó la cámara e hizo varias fotos.

–Debe ser increíble despertar por las mañanas con una vista así.

–Esto no es nada. Dentro de unas semanas estará mucho más bonito, aunque debo decir que casi todos los días hay un momento especial como el de ahora.

Solís le preguntó si había pintado alguna vez desde este mirador.

–No. Prefiero pintar interiores. Admiro a los paisajistas, pero me siento más a gusto con el retrato. Además, no tendría mucho sentido ponerse a competir con los maestros de la escuela del Hudson. Fíjate. ¿No te parece estar viendo ahora mismo un cuadro de Thomas Cole o de Frederick Kensett?

Solís asintió sin saber muy bien a qué cuadros podría referirse. Su conocimiento pictórico era ciertamente limitado.

–Laszlo –continuó Pat– era un entusiasta de la pintura paisajística. Tenía varios cuadros muy valiosos. Uno, si recuerdo bien, era de Church. Se gastaba dinero. Me imagino que su mujer hará un buen negocio si vende la colección. En los años sesenta todavía se conseguían verdaderas gangas.

Entraron en el chalet. El interior desprendía lujo y modernidad. Artesonados y suelos barnizados, alfombras de motivos indios, muebles de diseño, grandes ventanales con el punto de fuga situado en un horizonte verde o gris. La entrada se había hecho cocina y la cocina dio paso a una inmensa sala que tenía un techo abovedado con vigas de roble, una chimenea adornada con la calavera de un búfalo y al fondo, empotrada en la pared, una pantalla gigante donde se retransmitía un partido de hockey. De un sofá de color beige que hacía perfecto juego con los otros muebles se incorporó un hombre macizo, con perilla, de ojos redondos, risueños, que se fue acercando a Solís y le extendió la mano.

– Ya me contó mi mujer que quería informarse del bueno de Laszlo. Váyanse a la biblioteca y charlen allí todo lo que quieran.

– Hemos hablado ya más que de sobra y ahora necesitamos tu opinión.

Pat se puso a explicarle con todo detalle el asunto de las fotos. El marido, al cabo de un rato, la interrimpió.

– ¿Las fotos están en esa cámara?

– Sí.

El marido cogió la cámara y le echó un vistazo.

– Con esta maquinita se pueden enviar a mi ordenador y hacer luego las copias que queramos.

Pat le dijo a Solís, mientras su marido se marchaba con la cámara al piso de arriba, que en pocos minutos bajaría con pósteres de más de un metro.

– La fotografía es una debilidad que tiene. Y otra, aún más acusada, es que le encanta resolver enigmas.

Los dos se fueron a sentar al otro extremo de la sala, en un tresillo que estaba delante del ventanal que daba al porche. El sol había asomado tímidamente por entre las nubes y dejaba, aquí y allá, un luminoso destello sobre la barandilla mojada o en alguna de las muchas maderas del interior del salón.

– ¿Lleváis muchos años casados?

– Veintidós se cumplirán el próximo seis de mayo. Ya éramos los dos mayorcitos y habíamos corrido lo suficiente (sowed enough wild oats). Es la clave de un matrimonio feliz. ¿Estás tú casado?

– No. Lo estuve brevemente, pero sospecho que todavía no había corrido tanto. Me casé joven y mi matrimonio fue bastante tempestuoso.

Pat era preguntona y quiso saber más de la vida íntima de Solís, que contó muy por encima ese matrimonio y otras relaciones anteriores, además del nacimiento sorpresivo de su hija, e incluso la ruptura, hacía solo unos días, de su última novia. Pasaba el tiempo. El marido no daba señales. Por fin, se oyeron los pasos del juez por la escalera.

– Me ha costado lo suyo, pero al final he conseguido unas ampliaciones de buena calidad. Hay un detalle, ya lo verán, que puede haber resuelto el problema.

El juez extendió las ampliaciones por la mesita de cristal que estaba en el centro del tresillo. Pat y Solís se arrimaron. Las copias de tamaño normal, en papel mate, habían mejorado el original; las otras, tamaño póster, aparecían demasiado difuminadas, al menos vistas muy de cerca.

Pat cogió una de las copias pequeñas, la de la joven, y estuvo examinándola.

– Podría ser la madrastra, pero no pondría en ningún caso la mano en el fuego (bet my life on it).

– Yo, tampoco, atajó Harry.

Solís se sonrió.

– ¿Alguna razón?

El juez desparramó toda su humanidad por el sofá.

– Una, por lo menos. En las ampliaciones fijaos en la madre del retrato familiar y luego en la de la chica.

– Son muy distintas, ¿no?, apuntó Solís.

– No diría yo tanto.

– ¿Cómo que no? La chica tiene cejas y pómulos más pronunciados, además de ser mucho más bonita.

El juez, arrellanado en el sofá, hizo un gesto escéptico.

– Yo no veo tantas diferencias fisonómicas, pero da un poco igual. Es una apreciación subjetiva al fin y al cabo. Hay, sin embargo, un detalle idéntico que comparten ambos retratos. Fijaos en las manos de la chica y de la madre.

Pat y Solís se pusieron a mirar las dos ampliaciones cabeza con cabeza.

– Las dos parecen llevar una pulsera con colgantes, dijo Pat

– En efecto. ¿Y no os parece que son idénticas?

– No me atrevería a llegar tan lejos

– ¿No? Pues yo sí. Una de las figurillas en ambas pulseras es un elefante.

Solís se arrimó aún más a la mesa y cotejó, puesto de rodillas, una y otra ampliación; su cabeza se movía como la de un espectador en un partido de tenis. Pat, de pie, hacía lo mismo.

– Distingo claramente el elefante en la pulsera de la chica –un elefante y una jirafa, creo–, pero nada de eso veo en la otra foto.

– Yo tampoco distingo nada, añadió su mujer.

– Necesitáis los dos ir al oculista entonces.

El juez se levantó y puso su dedo índice, pecoso y peludo, sobre la superficie grisácea de la ampliación y luego, con un lápiz, trazó un circulito.

– Separaos un poco y mirad.

El pixelado en blanco y negro dibujaba, como en un cuadro puntillista, a una mujer algo gruesa, de pecho abultado, con un niño de cuatro o cinco años en sus rodillas; una de su manos, la derecha, estaba extendida sobre el pecho infantil y alrededor de su muñeca podía verse una pulsera con varios colgantes, aunque dentro del círculo trazado por el juez cabía ver –o adivinar– casi cualquier cosa, como en un test Rorschach. El juez veía un elefante; Pat creyó vislumbrar un pez o incluso una torre Eiffel y Solís, con menos imaginación, se conformaba con el hecho de que las dos pulseras se asemejaban.

– Hay otro punto que debe tenerse muy en cuenta, prosiguió el juez. La cara del hombre en todas las fotos apenas cambia, excepto en la foto familiar, donde el rictus lo tiene mucho más marcado y se notan más las entradas en la frente. No sé en qué año nació…

– En 1907, precisó Solís.

– Entonces la foto del jardín debe estar hecha a mediados de los años treinta y la foto familiar al menos diez años después.

Solís se quedó pensativo por un momento. Se oyó un teléfono al fondo y Pat fue a contestar la llamada.

– Su conjetura está muy bien, pero esas dos mujeres se parecen poco y hay una gran diferencia de edad.

El juez volvió a arrellanarse en el sofá.

– En diez años una persona puede cambiar de manera significativa. Además, una foto es engañosa.

Pat había regresado

-Creo que el problema es irresoluble. Lo mejor es que le preguntes a la hermana de la madrastra.

Harry miró el reloj y propuso ir ahora mismo a visitarla.

– Imposible. ¿Se te ha olvidado el almuerzo con tu hermana? Anda, vete a vestir, que tenemos que estar en su casa antes de las dos.

El juez se levantó y miró con gesto resignado a Solís.

–Nos volveremos a ver pronto, ¿no?

–Me imagino.

Pat acompañó a Solís hasta la puerta. Se intercambiaron teléfonos y direcciones electrónicas.

Afuera volvía a chispear.

De regreso a casa, aquella tarde, anduvo recluido en el salón, sin ganas de nada. Abrió y cerró varios libros, leyó alguna poesía, escuchó la misma música.

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José Luis Madrigal
Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.