Los demás, los otros

Isabel Gutiérrez Cobos

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Aunque he conocido algunas personas que me sobraban, en general son más los otros que cruzándose conmigo han pasado a sumarse a mi piel, a mi cabeza, a mis manos y hasta mis pies. Me siento un rompecabezas de saludos, abrazos, sorpresas y enfados. De extrañezas y desencantos. De fascinación y seducción, todo lloviendo sobre mí y dejando su huella incorporada a mi cuerpo y a mis emociones inevitablemente, a mis deseos, a mis pensamientos.

 

Mirar sin ser visto. El traje invisible con el que hemos soñado alguna vez todos. Si no hago ruido en una reunión, si no levanto la mano para que lean lo que escribo, la conversación los absorbe y yo, tranquilamente, repaso gestos, arrugas, brillo en los ojos, líneas imaginarias que subrayan o tachan alguna frase dibujada por un movimiento de la mano en el aire. Escucho en silencio como una planta agostada sorbe agua cuando llueve. Es un teatro espontáneo y además conozco a los intérpretes. Son mis invitados. Cada uno desarrolla su papel, cada cual el que ha ido ensayando en sociedad y los diálogos, escritos sobre la marcha, se cruzan y se revuelven en la escena que es única e irrepetible. La belleza del teatro.

 

Lo digo porque, a partir de saber que tenía esta enfermedad, he sido más consciente de la constante y casi siempre silenciosa aportación de los demás. He conseguido una especie de patente de corso que me permite expresarme con mucha más libertad y gusto por hacerlo. Y al mismo tiempo los amigos y los conocidos y hasta algunos desconocidos intuyen esa licencia y se permiten, ellos también, hablar de sentimientos y sensaciones en profundidad, perdido el pudor (estúpido) de quien teme ser criticado o juzgado o de quien tiene demasiada prisa para mirar al otro más allá de las pestañas.

 

Cada retazo de personas, lugares, espacios, sonidos y olores, se funden hilvanados en mi memoria. Cada roce de la vida va moldeando nuestro espíritu, nuestros gestos y a veces también la figura. Y al final somos un tapiz de nuestros recuerdos, de lo que nos dolió, de aquello qué nos mostró otra perspectiva, de los momentos de placer o dolor intenso.

 

Es imposible nombrar incluso desordenadamente a todos los que forman parte de mí. Y seguramente he olvidado cosas importantes de personas que, sin embargo, se pegaron a mi piel o entraron como una bocanada de aire a mi cuerpo para quedarse dentro. Me toca ahora revisar continuamente los recuerdos de mi hermano pequeño, José Manuel. De repente, como tantas otras cosas que nos suceden en la vida, sin previo aviso, falleció. Mi hermano ha muerto. Solo han pasado dos semanas. Así, sin avisar de su enfermedad, sin permitirnos cuidar de él, con tan solo 46 años. Explicando su calvicie como parte de sus pequeñas extravagancias y su pérdida de peso como el resultado de practicar los consejos médicos. ¿Estábamos ciegos? Quizá sí. Dejamos a nuestro cerebro elegir la vía menos dolorosa. Y él, cumpliendo a rajatabla lo aprendido en casa, se negó a hacer sufrir a los demás. Quizá también fue un gesto heroico que le ayudaba a sentirse valiente y generoso. Todo un número uno, dando en las narices al padre severo e injusto que no pudo ni supo ver sus cualidades.

 

Y entonces todas las palabras suenan huecas y solo queda un dolor denso y, a la vez, afilado. Solo quiero gritar y golpear las paredes. Quiero doblarme y gritar hasta conseguir descargar el dolor. Y llorar desconsolada e impotente porque no puedo ni siquiera enfadarme con él. No reclamo a nadie una explicación porque sé bien que no la encontraré. Mi pena se abraza entre sollozos a mis hermanos que tuvieron que contarme esta espantosa noticia, a Isabel su mujer valiente, a su preciosa hija María y a nuestros amigos que entre lágrimas y sollozos me consuelan. Sin poder emitir sonidos, los abrazos y las caricias se convierten en voz abrumadora. Comparto el dolor con los demás. Quiero verlo aún así, abandonado el cuerpo. Siento una dulzura infinita. Porque necesito despedirme y todavía me pregunto si este adiós no es un error, un terrible error.

 

Aún con la pena envolviéndome, pero más serena, reconozco la impronta de quienes me enseñaron a ambicionar ser mejor persona, los que con su ligereza al andar me demostraban, cada día, que todo es relativo. He disfrutado de la amistad de maestros en generosidad, en conversación y en sensibilidad. Personas capaces de sorprender y enamorarme con su vitalidad. También de aquellos que sacan a pasear su sonrisa regalándola ahora que casi todo se compra o se vende con una buena campaña de publicidad. Aquel amigo que habla en voz baja para conseguir que el ruido no lo distraiga mientras elige con mimo las palabras por su significado. Otros me han enseñado a subir montañas que en sus cimas te hacen sentir más fuerte y más libre. He copiado sin vergüenza las recetas disfrutadas en casas de amigos. Me engancharon a los fogones como otra manera deliciosa de comunicarme. Reconozco que también existen las personas que suenan a música absurda, asonante y sin interés. A esos procuro olvidarlos, encerrarlos en una estancia imaginaria, pero de muros gruesos, donde no pueden comunicarme sus chirridos.

 

Los demás, los otros. Nuestra compañía, nuestra ayuda. Debo quitarme importancia y repartirla. Volver a soñar, como me ocurrió hace dos días, que José Manuel, alto y fuerte, cariñoso, me recoge y me mece en sus brazos protectores. Ternura sin tristeza que serena la angustia y la extrañeza de no tenerlo aquí. Los demás, los otros que caminan a mi lado y consiguen que todo sea un poco más fácil merecen sentirse parte de mi vida y hasta de mi despedida.

 

 

 

 

Isabel Gutiérrez Cobos nació en México en 1960. A los 18 años se trasladó a España y estudió Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Trabajó en el sector de logística internacional, hasta que la enfermedad le obligó a retirarse a los 51 años de edad. Cómo se aprende a vivir sin pronunciar ‘perro’ y algo más fue escrito dentro del Taller de Periodismo Literario que imparte Doménico Chiappe. La autora es paciente y voluntaria de FUNDELA. En FronteraD ha publicado Lo perdido, perdido. Luchando contra una esclerosis lateral amiotrófica

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