Enrique Meneses o la aventura de la vida

Javier Zardoya

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Un simple mensaje hace unos días del reportero de guerra Gervasio Sánchez en Facebook dio la noticia: “Ha muerto a los 83 años Enrique Meneses”. Miles de usuarios de la red social se enteraron entonces de quién se escondía tras ese nombre. Volvía a cumplirse otra vez la máxima sentencia de G. K. Chesterton de lo que significa Periodismo: “consiste esencialmente en decir “Lord Jones ha muerto” a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”.

 

Pero Meneses, a diferencia de Lord Jones, había estado muy vivo para muchísimas personas que admiraron su trabajo desarrollado con pasión durante más de seis décadas. Muchos otros lo descubrimos en los últimos años a través de su voz cansada y ahogada por miles de cigarrillos en sus pulmones. Ese legendario reportero, del que muchos colegas de profesión dudaban de que aún siguiese vivo, acabó convertido en una fuente de inspiración para las nuevas hornadas de periodistas que las universidades españolas echan cada año a las calles sin rumbo fijo. Su mensaje y su legendaria vitalidad caló hondo entre aquellos jóvenes, que se siguen –nos seguimos- enfrentando al peor panorama del oficio en su ya no tan corta historia.

 

Su voz era un soplo de optimismo y esperanza en tiempos difíciles: “Hacer frente al miedo; ser independientes; comprar billetes sólo de ida a lo Hernán Cortés; arriesgarse; ser optimistas; no comprarse un piso; aprender idiomas; salir fuera de España”. Estos eran algunos de los consejos que lanzaba Meneses a todo el que quisiera oírle en su continuo bucle trufado de anécdotas irrepetibles. Hacer de la aventura y tu pasión tu forma de vida. “La oportunidad de ponerte frente a las dificultades para saber resolverlas; para saberlas vencer”, en palabras de Meneses. El probarse a prueba a uno mismo. En definitiva: vivir en letras mayúsculas. Ahora que recuerdo, hace ahora diez años, sin saber quién era Meneses, me pagué la carrera de Periodismo repartiendo periódicos a las cinco de la mañana y pizzas por la noches en las calles de Barakaldo. Aquello, en el País Vasco de entonces, también eran unas cuantas aventuras.

 

Pero sigamos. Evidentemente, esa era la visión Meneses; su particular percepción del oficio a través del prisma y la época que le había tocado vivir. La de un tiempo donde los obituarios nos han recordado las 150 pesetas que le pagaron por cubrir con 17 años la muerte de Manolete, pero también los más de tres millones y medio de pesetas de 1957 y su ración de gloria por la exclusiva mundial de esos barbudos de Sierra Maestra liderados por un tal Fidel Castro. Ese dinero, hace más de medio siglo, era una auténtica fortuna. Luego vendrían reportajes históricos siguiendo a Martin Luther King, sus viajes por África y Asia o incluso su aportación erótica a la Transición Española a través de la revista Playboy.

 

Esa visión y esa particular forma de vida tampoco le salió gratis a Enrique Meneses. Supo pagar el precio. Su hija Bárbara, que acabó desistiendo del oficio de su padre, se lo reprochaba con amargura durante unos momentos grandiosos en Oxígeno para vivir, el reportaje sobre su vida y su obra que emitió TVE tras su muerte. Me recordó al reproche que Indiana Jones le hacía a su padre en La última cruzada. Seguramente no fue el mejor padre del mundo. Individualista convencido, Meneses amaba a su particular manera. Manu Leguineche, otro de los grandes, también llevó hasta las últimas consecuencias su amor por el oficio del periodismo y la aventura. El vasco quizás fue menos egoísta que Meneses y optó por no casarse nunca, consciente de las renuncias que para una mujer supondría compartir la vida con él. Rosa María Calaf, la veterana periodista de TVE, corresponsal en mil lugares, también escogió el camino de renuncias personales de la soltería. Ambos acompañaron a Meneses en su última crónica televisiva.

 

Le gustaba recordar que cuando Fraga Iribarne acabó de leer su libro de memorias Hasta aquí hemos llegado, publicado en 2006, le confesó: “Hay que ver lo que has bebido y lo que has follado”. Esa delicia de libro fue el brutal testimonio de lo mucho que también había vivido. En los últimos años, Meneses permanecía enganchado a dos cordones umbilicales: el oxígeno para respirar y su pasión intacta por el oficio a través de Internet. Ambos le mantenían aferrado a la vida. También eligió a su sucesor: David Beriain. Así se lo trasmitió al bravo periodista navarro en uno de los homenajes que le procuraron. Ese periodismo de mochila, multimedia, y de formato largo creía Meneses que será el futuro que le espera al oficio de contar historias. La vuelta al periodismo clásico. La búsqueda de la independencia y la visión personal. La huida de los lugares y las fuentes comunes. El rechazo al  periodismo insulso de declaraciones políticas. El formato largo. El volver a llamar a las cosas por su nombre y decir simplemente que “Lord Jones ha muerto a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”. Quizás fuese ésta su última gran exclusiva.

 

 

 

Javier Zardoya es periodista. En 2009, uno de los peores reporteros españoles que escribía en un periódico, fue acusado de un delito que sí que había cometido. No tardó mucho en fugarse del país en que se encontraba recluido. Hoy, buscado todavía por el gobierno, sobrevive en algún lugar de Estados Unidos como periodista de fortuna. Si usted tiene algún problema, quizá pueda contratarlo

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