Manuel S. Santos es de El Salvador. Ha vivido y trabajado durante casi 40 años sin papeles en los Estados Unidos. Él mismo se siente más estadounidense que salvadoreño, ya que allí ha formado no una, sino dos familias.

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    ¿Persiguiendo el sueño americano? Setenta mil personas han desaparecido camino de Estados Unidos

    Texto y fotos: Fernando G. Calero - 05-06-2014

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    Millones de personas en todo el mundo se ven obligadas a abandonar sus países por falta de oportunidades laborales dignas y por la imperante violencia social y criminal a la que se ven expuestos. México, un país que tradicionalmente ha sido punto de origen, tránsito, destino y retorno de migrantes, ve pasar cada año a unas 200.000 personas con intención de llegar a Estados Unidos (o, cada vez más, para quedarse a trabajar en su territorio). De todos ellos, más del 90 por ciento provienen del Triángulo Norte de Centroamérica, sobre todo de Honduras, donde el golpe de estado de 2009 engendró un clima de mayor inestabilidad e impunidad.

     

    Se estima que a lo largo de los últimos cinco años, 70.000 personas han desaparecido o fallecido a lo largo de esta ruta. Una tragedia que sin embargo no acaba ahí: cada año, de acuerdo a la Comisión de Derechos Humanos de México, unos 10.000 centroamericanos son secuestrados en el país. En general son víctimas de grupos narcotraficantes que piden hasta 3.000 dólares de rescate a los familiares que esperan en Estados Unidos o en los países de origen de los migrantes, pero muchos otros son secuestrados por simples bandas que en ocasiones cuentan con la complicidad de funcionarios locales.

     

    Durante ese viaje hacia Estados Unidos, que puede llevarles hasta un mes o mes y medio y que en su mayor parte realizan como polizones en los trenes de mercancías que atraviesan México de sur a norte recorriendo centenares de kilómetros de territorios desérticos, los migrantes están expuestos a robos, violaciones, secuestros, mordeduras de animales, amputaciones por caída de los trenes o incluso a la muerte.

     

    Médicos Sin Fronteras les ofrece atención médica y psicológica a través de tres puestos de salud estratégicamente situados junto a otros tantos albergues de acogida, al costado de las vías de algunos de los puntos más críticos del trayecto: Arriaga, Ixtepec y Huehuetoca.

     

     

    Manuel Sigfredo Santos, El Salvador. Albergue de Arriaga, Chiapas

     

    Manuel Sigfredo Santos (63 años) salió de El Salvador con destino a Estados Unidos en 1973. Por aquel entonces, el país cumplía su 41º aniversario bajo la dictadura militar, las acusaciones de fraude electoral se sucedían en cada elección, se acababa de producir un nuevo intento de golpe de Estado y la tensión en las calles iba creciendo día tras día. Sin embargo, la guerra civil, que estallaría 7 años después y que causaría más de 75.000 muertes desde 1980 hasta 1992, aún estaba lejos de producirse.

     

    Para Manuel la decisión de emprender viaje rumbo al norte no tuvo mucho que ver con la violencia o con la persecución política que algunos de sus compatriotas sí sufrían; en su caso se trataba más bien de “escapar de la pobreza, de poder tener una vida mejor y de experimentar aquellas libertades que en El Salvador no existían”.

     

    Y lo cierto es que durante mucho tiempo la vida no le trató nada mal: en Estados Unidos se casó dos veces, tuvo cuatro hijos, trabajó para General Motors y para Ford, luego montó su propio taller de reparaciones: “funciona muy bien y me deja bastante dinero”. Además, tiene dos nietos a los que adora, “aunque el mayor de ellos es el puro diablo”. Visto lo visto, y si nos fiáramos de las apariencias, podría parecer que estamos hablando de una historia con un final bastante feliz.

     

    Pero seamos realistas: si todo fuera tan bonito Manuel no estaría hoy durmiendo en el albergue de Arriaga con sólo 6 dólares en el bolsillo de su mochila. El protagonista de este texto quizás se llamaría Ángel, que es otro de los migrantes con los que tuve la oportunidad de charlar un rato, estaría esperando ansiosamente a que el tren volviera a ponerse en marcha para jugarse la vida subido en él, y a buen seguro no sería este salvadoreño que “en cuanto reciba algo de plata” estará cómodamente reclinado en el asiento de cualquier autobús de primera que vaya rumbo a Nuevo Laredo.

     

    Una vez que llegue a ese punto, Manuel tratará de cruzar la frontera de México con Estados Unidos y se arriesgará a ingresar por segunda vez en una prisión de la que no saldría en al menos 18 meses. “Si me agarran ahora se acabó eso de pedir perdón. No hay vuelta de hoja”. “Pero es muy difícil que eso ocurra”, me dice confiado en sus posibilidades de eludir la detención. “Los gringos se fijan en tu aspecto, te hacen algunas preguntas en inglés y cuando ven que eres de allá lo normal es que te dejen seguir tu camino”.

     

    En cualquier caso, todo esto no pasará hasta dentro de unos días. Ahora Manuel tiene que esperar a que su hijo, que vive en Dallas y no sabe aún del percance que ha tenido su padre, le mande algo de dinero para comprar el billete de autobús, pues al cruzar la frontera de Guatemala con México “unos ladrones” le atacaron y le robaron a punta de pistola los 280 dólares que llevaba en el bolsillo de la camisa. “Debieron ver que me los había guardado ahí, pues ni siquiera me registraron en otros lugares. Estuvieron observándome, luego me siguieron, y sin mediar palabra me apuntaron con un arma y me sacaron el dinero del bolsillo. Afortunadamente no me hicieron nada, pero me quedé sólo con los 180 pesos mexicanos que tenía en el bolsillo del pantalón y con los 6 dólares que guardaba en la mochila. El billete de autobús desde Tapachula hasta Arriaga costaba 192 pesos, así que anduve pidiendo para completar lo que me faltaba. Encontré gente amable y enseguida agarré el transporte”.

     

    ¿Y vas a subirte en el tren cuando logren reparar la máquina?”, le pregunto aún desconocedor de sus planes. “Ahora voy a esperar unos días para recuperarme y luego llamaré a mi hijo para que me mande dinero. No voy a subir al tren”. Manuel me explica que de momento prefiere no llamarle para que no se preocupe, que va a esperar hasta que llegue el fin de semana. Le pregunto entonces si su hijo ya sabe que está de camino para allá.

     

    —Sí, sí lo sabe.

    —Entonces, quizás esté preocupado, ¿no cree?

     —Sí, pero de esta manera, al ver que no ha recibido noticias mías durante tantos días, y sabiendo que ya debería haber llegado a los Estados Unidos, llamará a sus hermanos en la frontera para preguntarles si ya pasé por allá. No me cabe duda de que también avisará a su hermana, así que cuando le llame el sábado todo el mundo estará ya sobre aviso. Y si no, lo estarán el mismo sábado, porque no le quedará más remedio que llamar a su hermana para decirle que su padre está en problemas y que necesito que me manden dinero.

    —¿Entonces, su hija no sabe que va para allá?

    —No, si lo supiera me mataría. Pero ya se va a enterar porque su hermano se lo va a decir. Ella prefiere que espere hasta que pase el año, que luego pida el perdón a las autoridades migratorias y que entre de manera legal. ¿Pero qué hago yo un año en El Salvador? No conozco a nadie, no hay trabajo y, sobre todo, que quiero volver a los Estados Unidos con mi familia. Además, con los 50 dólares que me estaba pasando mi hijo, allá no se puede vivir.

     

    Una vez que ya lleve varias horas de autobús y se encuentre cerca de la frontera, el plan de Manuel pasa por llamar a uno de los dos hijos que tuvo con su primera esposa. Ambos viven en un pueblecito nada más cruzar a Estados Unidos y son ciudadanos norteamericanos, al igual que los otros dos hijos que Manuel tuvo con su segunda esposa y que viven en Dallas. Si para entonces su hermano no les ha avisado aún de que su padre va para allá, él mismo se encargará de hacerlo.

     

    —Hace más de un año que no hablo con ellos. No saben que me han deportado y mucho menos que estoy de camino para allá. Llamaré a uno de los dos y le diré: ‘ven con tu hermano y trae el auto, que estoy del lado mexicano de la frontera’. Seguro que enseguida querrá saber detalles de lo que pasa, pero me temo que tendrá que esperar. Ya se los daré en cuanto nos veamos. ‘Tú ven a buscarme y luego ya te lo explicaré’, le diré.

     

    “Yo sé que a ti te parece complicado, pero te digo que pasar la frontera no es demasiado difícil”, me asegura. “A los ciudadanos norteamericanos no les piden los papeles, así que si pasas la prueba de sus preguntas y ellos consideran que eres de los suyos, te dejan pasar”. “¿Así sin más?”, le pregunto extrañado. “Sí, así sin más. Puede que no funcione y que te echen para atrás, pero si eso llega a pasar lo intentaría de nuevo al día siguiente y ya está. Si tú vas en un coche americano que tenga matrícula de los Estados Unidos, hablas inglés correctamente, vistes como gringo y además vas acompañado de dos ciudadanos norteamericanos con papeles que dicen ser tus hijos, no debería haber problema. Además, yo iré conduciendo”. “Pues visto así parece sencillo”, le digo casi convencido por sus argumentos. “Sí, en realidad el problema no está allá. El verdadero problema se encuentra a 40 millas de la frontera, de camino a Dallas. Allí sí que te paran y te piden los papeles sí o sí”. “¿Y entonces?”, pregunto confundido. “Pues que allí es donde está el riesgo. En el check point es donde verdaderamente puede pasarnos algo. Si nos piden los papeles del coche, miran la documentación de mis hijos y no les da por comprobar nada más, pues adelante. Pero si se ponen a cruzar más datos y ven que he sido expulsado de los Estados Unidos, me detendrán y acabaré en la cárcel. Y como ya he pasado 9 meses (6 en la cárcel y 3 en el centro de detención de migrantes esperando a ser deportado), ahora serían 18. No hay vuelta de hoja”.

     

    “¿Y merece la pena arriesgarse?”, le digo con asombro. “Sí, para mí sí. Toda mi vida está en los Estados Unidos. Salí de El Salvador cuando tenía 24 años y ya nada me une al país. Y luego está todo lo que te comentaba antes: que allí no hay trabajo para mí y que ya me he cansado de abusar de amigos a los que hacía muchos años que no veía. Primero estuve en casa de uno que vivía con su novia. Allí tenía mi cuarto y todo iba bien, pero luego llegó la hermana de ella y todo cambió. Es una mujer problemática y yo no quería líos, así que le dije a mi amigo que muchas gracias, pero que yo me iba. De ahí me fui a la casa de una amiga de la infancia, que me acogió como si fuera una hermana. Me hacía la comida, me lavaba la ropa, charlábamos… hasta que hubo un momento en el que ya no me parecía bien seguir quedándome allá. He estado cuatro meses en El Salvador y ya no podía más”. “¿Pero ante el riesgo de acabar en la cárcel, no te merece la pena aguantarte unos meses y entrar a Estados Unidos por la vía legal?”, le insisto de nuevo, pues previamente me había explicado que después de ser expulsado tienes que esperar un año para solicitar el perdón y que, dadas sus circunstancias, a buen seguro que no tendría problemas para obtenerlo.

     

    —Es que no son unos meses. Lo pediría en junio, que es cuando se cumplen los 12 meses, pero luego los trámites tardan otros 3 o 4 meses más, así que estaríamos hablando de que no podría volver a Dallas hasta octubre o noviembre del año que viene. ¿Y mientras tanto qué hago? Yo quiero ir a mi casa, trabajar en mi taller, ver a mis hijos y a mis nietos… mi vida está allá. Yo soy de allá.

     

    Me quedo en silencio pensando y me doy cuenta de lo que dice es completamente cierto: después de tantos años, y a pesar de no tener los papeles que lo acrediten, Manuel ya es mucho más estadounidense que salvadoreño. De hecho, hoy lleva unas gafas Nike y unos pantalones Ralph Lauren y, a diferencia de los otros migrantes que están en el albergue, él viene vestido con ropa distinta cada día y con un aspecto impoluto. De hecho, recuerdo que el saludo que me dedicó cuando nos vimos por vez primera vez fue en un perfecto inglés: Are you American, my friend?

     

    —¿Nos vemos mañana?

    —Sí, ya te digo que yo de aquí no me muevo hasta que hable con mi hijo y me mande el dinero, así que si quieres nos vemos mañana.

     

     

    Una burla del destino

     

    Al día siguiente acudo al albergue para encontrarme de nuevo con Manuel y hacer algunas fotos. Le encuentro mirando la televisión y con aspecto relajado, esperando a que lleguen los médicos para echarle un vistazo a su boca, pues tiene bastantes molestias. Nos sentamos en un banco junto a la consulta y comenzamos a hablar de nuestras vidas. Como dos amigos que se conocen desde hace años.

     

    —¿Y qué fue lo que pasó para que te expulsaran, Manuel? –le pregunto al rato.

    — Conduje ebrio. O al menos eso es lo que dicen, porque yo no me acuerdo de nada. Estaba en un bar con un amigo y con una amiga y me fui un momento al baño. Calculo que habría tomado unas tres cervezas. Al volver me senté de nuevo junto a la barra y después ya no recuerdo nada más. Cuando me desperté ya estaba en el cuartel. Los dolores de cabeza me duraron tres días y coincidirás conmigo en que eso es bastante raro cuando solo se han tomado tres cervezas, ¿no crees? Yo estoy convencido de que lo que verdaderamente ocurrió es que alguien me echó algo en la bebida.

    —¿Pero tú solías beber mucho? –me atrevo a preguntarle.

     —Antes no, de hecho por eso nunca me preocupé por pedir la nacionalidad. Yo no era una de esas personas que se metieran en problemas fácilmente, así que nunca pensé en que un día llegaría a necesitarla. Tenía mi permiso de residencia en regla y pensaba que con eso sería suficiente.

    —¿Pero podrías haber optado a la nacionalidad si hubieras querido?

    —¡Claro, mis dos esposas eran estadounidenses! –me dice extrañado ante mi pregunta. —¡Entonces, si hubieras tenido la ciudadanía norteamericana, ¿todo esto no te estaría pasando?

    —Así es –me contesta él mientras asiente con firmeza.

    —Mis problemas empezaron el 31 de diciembre de 2010, cuando desconectaron a mi esposa.

    —Espera, espera. ¿Qué me quieres decir con eso? –le interrumpo desconcertado y con la esperanza de haber entendido mal.

    —Mi segunda mujer era una persona muy respetada en la comunidad donde vivíamos. Trabajaba como encargada de planta en uno de los hospitales más prestigiosos del país. Concretamente de la segunda, donde se encuentran los pacientes en estado crítico. Y allí, como si se tratara de una burla del destino, pasó los 6 últimos meses de su vida conectada a una máquina.

     

    Manuel hace una pausa en su relato, se hace un silencio eterno y unos segundos después continúa con su historia: “Ella no estaba gorda, pero tú ya sabes cómo son las mujeres cuando se van haciendo mayores, ¿verdad? Tenía algo de grasa a la altura del estómago y decía que cuando se sentaba se veía fea, que se le quedaban la carnes colgando. Yo le dije que no se operara, que estaba bien así, pero ella no me hizo caso. Por desgracia, algo salió mal en aquella operación. En ese momento las cosas cambiaron para mí y empecé a beber un poco. Una liposucción… ¡por una miserable liposucción!”, me explica con los ojos rojos y conteniendo las lágrimas. “A partir de ahí, todo cambió”.

     

    Los dos días siguientes seguí charlando varios ratitos más con Manuel. Me habló mucho de su hijo el de Dallas, que al igual que él también es mecánico y que “aunque no gana más de 11 o 12 dólares a la hora, siempre está ahí para ayudarme”. “Toma su teléfono por si algún día vas a Dallas y necesitas alguna cosa”, me dice. Pero sobre todo me habló de su hija, que se quedó embarazada muy joven. “Le pregunté qué pensaba hacer, porque yo le había advertido muchas veces que tuviera cuidado de no quedarse embarazada durante el colegio, que eso era algo que no iba a aceptar. Me contestó que ya tenía 18 años y que por tanto se responsabilizaría del bebé. El caso es que había empezado a estudiar la diplomatura en óptica, que es uno de los estudios en los que obtienes el título más rápido y en los que se te ofrecen más posibilidades de trabajo. Y a pesar de que estaba embarazada, en 7 meses ya tenía su primer empleo. Es una chica que vale mucho y por eso hoy en día es jefa de ventas de la marca para la que trabaja. Al poco tiempo de empezar a trabajar, se puso a estudiar leyes sin decirme nada. Iba al trabajo por las mañanas y a la universidad por la tarde. De veras que es una gran chica”, me insiste como tratando de convencerme, “pero lo malo es que le gustan demasiado los lujos. Yo no sé de dónde ha sacado esos gustos por lo caro viniendo de la familia de la que viene. Tiene un Cadillac nuevo que le ha costado 50.000 dólares y su marido tiene otro coche que está valorado en 35.000. Le encantan los zapatos caros y tiene una estantería entera llena de ellos. Así, con la etiquetita del precio aún colgando y todo. Luego no se los pone, pero el caso es tenerlos. ¡Y el marido es igual! Un día me manché los zapatos y como tenemos el mismo número de pie me dijo: ‘vete allá donde la basura y escoge uno de los pares que he dejado para tirar’. ¡Estaban nuevos!, lo único que les pasaba es que estaban un poco sucios, pero claro, ¡para qué va él a tomarse el tiempo de limpiarlos si puede comprarse unos nuevos! Había cuatro pares. Yo cogí dos y le dejé los otros dos allá”.

     

    —Luego está el niño, que como te decía ayer es un auténtico demonio. En el centro comercial al que va con sus padres tienen fotos suyas en todas las tiendas. Y no por guapo, sino para alertar del peligro a los empleados. Cada vez que va por allá provoca un destrozo. Para que te hagas una idea de lo malo que es, una vez tiró un jarro de agua hirviendo sobre su hermana pequeña, que es una niña adorable. Sé que lo hizo sin querer, pero el caso es que le dejó unas cicatrices terribles en todo el torso, en el brazo y en el cuello. Lo de ese niño es algo terrible… y sus padres no hacen nada por pararlo. Ese, te lo digo yo, sí que va a acabar en la cárcel como no pongan remedio.

     

    Los de Manuel son problemas comunes a los de otros muchos ciudadanos de los países occidentales, entremezclados con los problemas propios del migrante indocumentado, pienso mientras me sigue contando la vida y milagros de su hija.

     

    —Me pidió que esperara hasta que ella termine la carrera el próximo año. Una vez que esté en la carrera judicial, dice que podría ayudarme a hacer desaparecer lo que pasó. Pero yo no puedo esperar. Para que veas cómo era mi situación allá, te diré que en El Salvador me han quitado los últimos cuatro dientes que me quedaban, por eso me ves así ahora, pero yo no puedo esperar hasta que me den la dentadura postiza. Ya me haré una nueva cuando llegue a Dallas.

     

     

    José Moisés y José Ángel Castellanos, Honduras. Albergue de Arriaga, Chiapas

     

     

    José Moisés Castellanos (30 años) vive desde el año 2003 cerca de Xalapa, la capital del estado de Veracruz, México. Su historia no es la típica del migrante centroamericano que viaja sin papeles en dirección a Estados Unidos, sino que representa más bien la otra cara de la moneda: la de aquel que ya se ha cansado de perseguir el sueño americano y que, ya sea por frustración o por convencimiento de que esa es la mejor opción que se le presenta, decide tratar de establecerse de manera legal en México. Hace 10 años, los casos como el suyo eran considerados la excepción a una regla que casi todo el mundo seguía, pues para la mayoría de los migrantes centroamericanos México sólo constituía una estación de paso hacia su destino final en Estados Unidos. Sin embargo, José Moisés y su hermano José Ángel (33 años), que hace apenas 8 días inició por vez primera el viaje desde Honduras, a día de hoy representan al 90% de las personas que cruzan la frontera de Guatemala con México para buscarse un futuro mejor en este último país.

     

    “En el año 1999 decidí viajar mi primera vez para acá en el tren”, explica José Moisés. “Uno viene con ese miedo de lo que le va a pasar. No conoces a nadie, no tienes un familiar… vienes con ese gran temor de que te vayan a violar, de que te torturen. Y es que en definitiva todas esas personas con las que compartes el viaje son un montón de gente a la que tú no conoces. Y se oyen muchas cosas terribles”.

     

    Unos meses antes de que José Moisés decidiera emprender su viaje, varios países de Centroamérica habían sufrido la embestida del Mitch, un devastador huracán cuyos terribles efectos fueron televisados en directo a todo el mundo y cuyo paso sirvió para que muchos situáramos por primera vez en un mapa a países como Honduras y Nicaragua, tradicionalmente desdeñados por los medios de comunicación y de los que sólo nos llegaban y nos llegan noticias de matanzas o desastres naturales. En Honduras el Mitch dejó unos 6.600 muertos, más de 8.000 desaparecidos y 1,4 millones de damnificados… así como millones de personas abandonadas a su suerte en cuanto el impacto mediático/solidario de los primeros días comenzó a decrecer.

     

    José Moisés sólo contaba con 16 años por aquel entonces, y sin embargo podría decirse que ya había vivido toda una vida: “Por aquella época yo conducía un autobús de transporte. El huracán trajo muchas lluvias al país, y debido a la cantidad de agua que había y al mal estado de las carreteras, un día volqué la unidad. Afortunadamente nadie resultó herido grave y la policía me eximió de responsabilidades, pero el dueño de la empresa, con quien ya llevaba diez años trabajando y estudiando, me dijo que me había quedado sin trabajo. Aquel señor me agarró bien chiquito para trabajar en la mecánica y todo eso. Y de hecho ya estaba para traerme la unidad para mí porque él me la iba a regalar… pero con aquel accidente lo perdí todo. Tras el paso del huracán, la moneda se devaluó y no había trabajo para nadie, así que decidí que lo mejor era salir a otro país. Terminé mi carrera técnica y me puse en marcha”.

     

    Y así, como acostumbraba a hacer desde siempre, José Moisés se echó la manta a la cabeza y emprendió el viaje sin mirar atrás: “Pasé solito. Entré por Laredo y de ahí caminé siete días por el desierto para llegar a San Antonio, Texas. Recuerdo que mis labios iban bien brotados y mis pies llenos de bola. Se sufre bastante, la verdad. Encuentras todo tipo de animal, y yo no sé si era mi cabeza o si sería el hambre o la sed, pero el caso es que yo miraba animales blancos y animales negros que cruzaban por enfrente. No tenía temor: seguía y seguía caminando. Llegué a San Antonio y como tenía licencia de manejar renté una camioneta. Llegué hasta Miami y allí me cité con Arlington Ford, que me dio trabajo en la empresa y algún que otro curso técnico. Y así me fui capacitando en mi carrera profesional”.

     

     

    El accidente que todo lo cambió

     

    Durante un par de años, a José Moisés pareció sonreírle la suerte, pero cuando mejor le iban las cosas todo se empezó a torcer: “En el año 2001 tuve un nuevo accidente: un tráiler me sacó de la carretera, y a pesar de que el seguro me pagó todos los gastos de hospitalización yo ya sabía que aquello significaba la deportación. Arlington Ford me pagó la fianza y un dinero, y yo pedí una apelación para rebajar el tiempo de cárcel que me impusieran. Tuve que desembolsar 3.000 dólares, pero aún así me condenaron 8 meses. Pedí asilo político, pero no me lo concedieron. El Mitch no era una razón suficiente para que me dejaran quedarme allí. Cuando llegué de vuelta a mi país le dije a mi madre que yo ya no podía vivir allí. Nacimos muy pobres, pero ninguno de mis hermanos ni yo nos hemos echado nunca a perder. Ninguno anduvo nunca en drogas ni se puso a robar. Al contrario: tuvimos ganas de salir adelante con una profesión. Tenía que salir de allá y trabajar en lo mío”.

     

    “En 2002 llego a México... y, hermano, te aseguro que es tremendo llegar aquí sin conocer a nadie. Hice muchos trabajos en los que me pagaban que si 20, que si 50, que si 100 pesos, pero a pesar de no tener papeles nunca tuve problemas con la policía ni con nadie, porque yo siempre me escondía por ahí. Así estuve hasta 2005”.

     

    Aprovechando la pausa, le pregunto por el horrible incidente que me mencionó el día anterior, cuando apenas acabábamos de conocernos: “Sí, aquello fue durante ese viaje, en Guatemala. Yo crucé por el Petén. Éramos un grupo de unas 60 personas. Nos fuimos en una lancha y nos trajeron al Ceibal. Allí unos maleantes nos robaron y abusaron de una mujer. Aquel hombre no pudo resistir los gritos de su esposa. Agarró el arma a uno de ellos y le mató. Los demás criminales fueron tras él hasta que le dieron captura y le mataron también. Yo corrí, corrí y corrí. Con las demás personas no sé qué pasó”.

     

    Se hace un silencio y entonces le pido que pasemos a otra cosa, que continúe con su historia donde la habíamos dejado, así que volvemos a México, al año 2005: “Conocí a una señora que me ayudó. No le gustaba como vestía, así que empezó a vestirme como ella quería… la verdad es que ella era bastante mayor, pues tenía 38 años por aquel entonces, pero se ve que yo ya le empezaba a enamorar. Me dijo: ‘vamos a conocernos’. Y sí, nos aceptamos como novios y todo. Me dio trabajo e incluso nos íbamos a casar. Y por ahí fue como llegué yo a migración en 2006 y regularicé mis papeles. Ahora pago 2.300 pesos cada año (unos 131 euros) por renovar el permiso y trabajo y vivo de manera legal. Hasta 2008 no hubo grandes cambios en mi vida, sin embargo ese año monté en Tuxpan la empresa que tengo actualmente. Mi socio es un ingeniero, que es a su vez quien me proporcionó todos los contactos que ahora tengo. Y desde entonces estoy establecido, tengo mi trabajo y un lugar al que llegar”.

     

    José Moisés asegura que si hoy se encuentra en Arriaga esperando a que terminen de reparar la máquina del tren (ya hace cinco días desde que sufriera el incendio que la mantiene parada), no es por él, sino por su hermano José Ángel, al que ha ido a buscar a Honduras con la intención de traérselo a vivir con él. “No podemos viajar en autobús porque él no tiene papeles. Y bueno, también porque no ando muy bien de dinero, si te soy sincero. Salimos hace ocho días de Honduras, pasamos dos días en Guatemala haciendo turismo y ahora estamos aquí desde hace tres, esperando para subirnos al tren. Mi hermano tiene cuatro hijos y una mujer a los que mantener y allí sólo gana 200 lempiras al día (unos seis euros), así que aprovechando que yo me encontraba en mi país de visita y que tenía que volver a México, le dije que se viniera conmigo, que yo trataría de ayudarle con los papeles. Lo que pasa es que él tiene a su suegra en Estados Unidos y aún está pensándose si tomar el riesgo e irse para allá.

     

    “La idea es trabajar, y si veo que aquí me va bien, pienso que no será necesario ir a Estados Unidos”, asegura José Ángel. “Con que me vaya igual de bien que a mi hermano me conformo”. Y, ciertamente, a José Moisés no le ha ido del todo mal durante estos últimos años, aunque no cabe duda de que también ha pagado un alto precio por ello. “Además de todo lo que ya sabes, está lo de mis hijos que tienen ahora otro padre, otra familia”, me decía apenas un rato antes.

     

     

    Dos muertos más

     

    Después de casi una semana detenida, los operarios consiguieron arreglar la máquina incendiada y descarrilada y el tren se puso por fin en marcha en dirección a Ixtepec. Ese día, entre los vagones y encima de sus techos, se cuenta que viajaron unos 1.800 migrantes que se habían ido agrupando en Arriaga a la espera de que se desbloquearan las vías, por lo que el albergue de Ixtepec, prácticamente vacío apenas unos días antes, quedó completamente saturado durante varias jornadas. Sólo se reportó un incidente de gravedad, pero éste tuvo el peor de los desenlaces posible: un hondureño cayó a la vía y tanto él como el compatriota que trató de socorrerle perdieron la vida.

     

    Los trabajadores de MSF no tenían aún conocimiento de los nombres de los fallecidos, así que, con el fin de quitarme de la cabeza la idea de que pudiera tratarse de José Moisés y de su hermano, durante unos días me estuve aferrando una y otra vez a las últimas palabras que crucé con él 36 horas antes de que La Bestia se pusiera de nuevo a rugir: “Yo creo que ya no vamos a quedarnos más aquí. Estamos cansados de esperar y el tren no sale. Agarraremos algún autobús para llegar a Veracruz por carreteras secundarias, tratando de evitar los controles. Además, vengo arriesgando la vida de mi hermano y no me parece correcto”.

     

    Para alegría mía, y apenas cuatro días después de escribirle para interesarme por su suerte, José Moisés contestó a mi correo: “Ambos estamos bien. Me cansé de esperar a que arreglaran la máquina y tomé un autobús hacia Veracruz para no dejar el negocio desatendido y para tratar de ir adelantando el papeleo de mi hermano. José Ángel ya está en Arriaga. Prefirió subirse al tren y no tomar riesgos con el autobús, pero aún le queda un buen tramo hasta llegar hasta aquí”.

     

    Respiré aliviado en cuanto tuve la confirmación de que no se trataba de José Ángel ni de José Moisés, pero al mismo tiempo comencé a darme cuenta de que, independientemente del nombre o de la nacionalidad, que en muchas ocasiones ni siquiera llega a conocerse, al final lo que siempre queda son las víctimas. Víctimas que día tras día irán aumentando la ya larga cuenta y que verán truncados sus sueños de alcanzar un futuro mejor.

     

     

    Enrique Contreras, Honduras. Albergue de Huehuetoca

     

    El 27 de junio de 2011, Enrique fue deportado a Honduras tras cumplir 18 meses de condena en una cárcel de Estados Unidos. ¿Su delito? Ser reincidente en el hecho de no tener papeles. “Cada vez que uno cae se van incrementando las penas”, me explica poniéndome infinidad de ejemplos y aportando numerosos datos y cifras. Y es que Enrique ha heredado de su madre, que es profesora de primaria en Honduras, una excelente vocación pedagógica. “Desde 1993 hasta 2002 viví sin problemas en Estados Unidos. Y salvo por los dos años entre medias en los que estuve viviendo en México, y otros seis meses más en los que estuve deambulando de arriba para abajo, pasé casi todo el tiempo allí. La primera vez que la policía me agarró fue en 2002, y de aquella me mandaron 15 días al centro de detención. En 2004 caí de nuevo, y en esa ocasión ya hice 30 días. Aguanté hasta 2007 sin que me arrestaran, pero la tercera vez ya fueron 45 días. Empezaba a hacerse duro”.

     

    —Estaba advertido de que una nueva detención supondría un año y medio de condena y de que en esta ocasión me esperaría la cárcel en lugar de un centro para migrantes, pues la acumulación de faltas menores convierte a estas en una falta grave. Pero aún así me dije a mí mismo que había que intentarlo. Todo fue bien hasta que a principios de 2010 pasó lo que no tenía que pasar.

     

    Enrique tiene muy claro que su futuro pasa por Estados Unidos y, si no fuera porque un nuevo golpe de mala suerte se traduciría en una pena de cinco años, probablemente no tendría ninguna duda en embarcarse de nuevo hacia allá.

     

    —¿Y no te planteas ninguna otra opción?, ¿no existe una alternativa a Estados Unidos? –le pregunto extrañado.

    — Sí, pero en otros países ganas mucho menos dinero. Para que te hagas una idea, en México te pagan unos 300 pesos al día (18 euros) por hacer un trabajo de albañil, que es mucho más de lo que ganaría en Honduras, donde me estaban pagando el equivalente a 90 centavos de dólar a la hora. Y eso cuando hay trabajo, porque yo me he pasado los últimos 12 meses allí y habré trabajado como mucho uno y medio. En cambio en Estados Unidos puedes llegar a ganar unos 80 dólares por jornada de trabajo (más de 60 euros). Yo lo único que tengo claro es que con siete dólares al día en Honduras no se puede vivir.

    —Comprendo lo que me dices, pero me cuesta entender cómo puedes llegar a plantearte el volver para allá cuando sabes del riesgo tan alto que corres. Además, ya has comprobado que antes o después siempre te acaban deteniendo, –le digo tratando de ponerme en su lugar.

    —Sí, ya lo sé. Por eso estoy aquí parado y no he seguido camino. Me estoy planteando buscar trabajo en México a ver qué sale. Lo que pasa es que aquí las cosas tampoco están nada fáciles. Ya te conté cómo nos tratan a los migrantes, ¿verdad? Acuérdate de que todas estas heridas que los trabajadores de MSF me están curando son fruto de los golpes que me dieron el otro día, cuando se me ocurrió intentar llegar al centro del pueblo para hacer una llamada.

     

    A Enrique le apalizaron y le robaron el teléfono móvil en Lechería, no muy lejos del albergue de Huehuetoca. Dice que fue gente del pueblo; pandilleros que sabían que era migrante e indocumentado y que se aprovecharon de la situación. “Estas cositas que suceden así, te sacan de la jugada a kilómetros. Con ese teléfono yo perdí un montón de contactos que tenía. Ahora tengo que llamar al teléfono fijo de mi ex esposa para que vaya donde mi hermano y le pida de nuevo los contactos. Quiero sacar algo de dinero para salir adelante, pero aquí es difícil. Ayer cayó un señor por acá, pero nada más quería pagar 50 pesos diarios (unos tres euros) por limpiar todo aquello”, dice señalando un campo de maíz que está junto al albergue. “La gente se aprovecha, hermano. Imagínate qué vas a hacer con 50 pesos diarios”.

     

    —Aún así, ahora mismo lo que necesito es ganar dinero cuanto antes para ayudar a mi familia. Mi madre lleva 18 meses sin cobrar su sueldo. Cada día se está endeudando más, pues tiene que pedir un crédito para vivir, otro crédito para pagar el primero y otro más para pagar el segundo.

    —Y si no le pagan, ¿no puede buscarse otro trabajo? –le pregunto.

    —No, porque si renuncia a su trabajo, o si dejara de dar clases, perdería la plaza. La situación es complicada: la casa de mi madre está hipotecada y el terreno que compré con lo que ahorré en Estados Unidos también lo está. Por eso necesito mandar dinero lo antes posible. Tengo dos hermanos: uno está en Cuba y trabaja en algo relacionado con el turismo, la otra está en Florida, casada con un americano. De los dos, la única que puede mandar dinero de vez en cuando a mi madre es mi hermana.

     

    A Enrique le gusta leer y estar informado de todo lo que pasa en el mundo. Prueba de ello es que cada vez que me veo con él le encuentro leyendo un libro y acabamos hablando del conflicto en Siria, del 15M, de las protestas en Grecia o de cualquier otra cosa que esté de actualidad. Mientras que la mayoría de los migrantes que están en el albergue de Huehuetoca ven pasar las horas mientras miran la televisión o echan una cabezada, él parece querer aprovechar cada segundo para seguir aprendiendo cosas. Usa siempre la palabra adecuada, cada frase que dice está llena de sentido, e incluso su letra es mucho más fina que la de la mayoría de las personas que conozco. Por eso, y aunque se me ponen los pelos de punta al escucharlo, no me sorprenden demasiado las reflexiones que hace cuando piensa en su hijo de 4 años.

     

    —La razón principal por la que me lo estoy pensando es mi hijo. Ya pasé un año y medio sin verle cuando me metieron en la cárcel y fue lo más duro que me podía ocurrir. Por aquel entonces él era muy pequeñito, pero ahora ya va siendo mayor y se da cuenta de las cosas. El otro día, cuando salía de casa, me preguntó que cuánto tiempo iba a estar fuera esta vez. Y eso me rompe el corazón. No sé si aguantaría cinco años sin verle. Es un niño bien despierto y esas preguntas… a veces me pongo a pensar, porque he visto a mucha gente que se muere en el camino, y está bien duro que te hagan esa pregunta, porque la verdad es que uno no puede responder. Hay muchos que ya no regresan, que no saben por cuánto tiempo. Por eso ahora estoy barajando la opción de intentar de llegar a Canadá, donde podría trabajar de manera legal.

    —¿Canadá? –esto sí que es nuevo para mí, le digo–. ¡Cuéntame!

    —Tengo varios amigos en la frontera con lo Estados Unidos que me ayudarían a pasar la frontera con México.

    —¿Amigos o polleros? –le interrumpo.

    —Polleros y amigos, pero a mí no me cobran porque como te digo son amigos. Normalmente la tarifa está en torno a los 2.000 dólares y te puedo asegurar que ellos no son ni mucho menos los más caros. Y sí, son polleros, pero no son de los malos, pues esos 2.000 dólares que te cobran son como una inversión. Ellos no se dedican a extorsionar a la gente: te piden un adelanto de 200 dólares para comprarte algo de comida y ropa seca y elegante con la que pasar la frontera, pues para llegar a Estados Unidos hay que pasar un río bastante profundo. Una vez a salvo, te buscan un trabajo en la construcción que suele estar bastante bien pagado, ya que normalmente puedes cobrar entre 12 y 13 dólares la hora. Eso quiere decir que si trabajas 10 horas al día durante 15 días habrás saldado tu deuda… y después ya eres libre para hacer lo que quieras.

    —Pero para eso tienes que llegar a Estados Unidos, porque si te quedas en el camino… me imagino que ahí es donde surge el problema, –le digo.

    —La única dificultad, además de la frontera propiamente dicha, son las ocho horas a pie desde allí hasta San Francisco, ya que allí es donde hacen todos los controles y donde más posibilidades tienes de que te agarren –me dice eludiendo mi pregunta–. Si llegas a la ciudad, eso ya es otra historia, pero el llegar hasta allá siempre es complicado. Yo lo tengo más fácil porque también tengo amigos que pueden venir a buscarme en coche a la frontera y eso evita muchos problemas. Si vas con un gringo y en un coche gringo no te suelen parar… y ellos podrían llevarme hasta Canadá de esta manera.

    —Pero bueno, ¿y por qué Canadá? –insisto.

    —Pues porque en Canadá los centroamericanos podemos trabajar con contrato, ya que nuestros países tienen un convenio con ellos. Te llevan a zonas despobladas donde ninguno de ellos quiere ir, te pagan unos 18 dólares la hora y te proporcionan un alojamiento. Eso sí, a cambio te exigen que aprendas inglés, así que tienes que ir a clases.

    —¿Y las clases las pagan ellos? –le pregunto atónito–. ¡Si es así me voy contigo!

    —Pues ya estás haciendo la maleta, compañero –me dice con una sonrisa de oreja a oreja.

     

     

    Reconsiderando las opciones

     

    Al día siguiente me acerco de nuevo a saludar a Enrique para interesarme por las novedades. “¿Cómo estamos hoy?, ¿ya has tomado una decisión?”, le pregunto. “No, aún no, pero cada vez le doy más vueltas a lo de quedarme por acá. Lo de cruzar la frontera con Estados Unidos es demasiado riesgo. Podría quedarme dos o tres meses trabajando, ahorrar un poquito y volver después a Honduras. Con ese dinero podría iniciar los trámites para obtener el pasaporte y el permiso legal para ir a Canadá y mientras tanto me volvería de nuevo a México a seguir juntando plata durante el año que tardarían en darme los papeles. El pasaporte te cuesta como 100 dólares, pero también hay que pagar la entrevista y el visado. Al final todo el trámite se te pone en unos 300 dólares”.

     

    —Mi padre murió mientras estaba en el norte y no lo pude despedir, y ya mi jefita ha tenido problemas de salud: la operaron el año antepasado y casi muere, el año pasado la operaron de nuevo y este año que yo me vine estaba un poco malita. Entonces, me pongo a pensar en todo eso y creo que no me perdonaría si se muriera mientras yo estoy encerrado. Por eso y por lo que te contaba de mi hijo, cada vez estoy más convencido de que vamos a tratarla por el otro lado. Vamos, que creo que me quedaré por acá.

    —Por cierto, ayer me olvidé de preguntarte: ¿cuánto tiempo hace que saliste de Honduras esta última vez?

    —¡Pues ya hace casi un mes, carnal! Se cayó un puente en Loma Bonita, Veracruz, antes de llegar a Lomas Blancas, y hay una parte en la que estaba todo inundado. Por eso hemos tardado tanto en llegar hasta aquí. Estuvieron todos los trenes parados durante dos semanas. Decían que éramos de 4.000 y sí te lo creo… ¡había exagerado de gente! La gente del pueblo nos llevó comida, sábanas, etcétera, se portaron muy bien.

    —Y tengo otra duda, ¿cómo lo tenéis los hondureños para poder pedir el estatuto de refugiado? Con todo lo que está pasando allá, en teoría no debería de ser muy complicado, ¿no?

    —Sí, mano, estás en lo cierto y así es como debería ser. En Honduras, a todos los que no estamos a favor de los golpistas nos pegan golpizas y nos persiguen de manera constante. Yo de hecho podría pedir el estatuto de refugiado, pero sé bien que no me lo iban a dar, pues para eso necesito el apoyo del cónsul. Y nuestro cónsul está del lado de los malos. Si lo hubiera pedido en Estados Unidos tampoco me lo habrían dado, pues ya sabes que ellos son los principales responsables de que los que mandan hoy en Honduras estén en el poder. Por cierto, las cosas en España también están bastante mal, ¿verdad? –me pregunta tratando de cambiar hábilmente de tema.

     

    Tras hacer un largo paréntesis hablando de otras cosas, le pregunto si siempre fue tan difícil entrar en Estados Unidos si cuando él entró la primera vez las cosas estaban mejor.

     

    —Ahora si te agarran y tienes algún tipo de falta menor pendiente, ya sabes, ese tipo de faltas administrativas que generalmente se pagan con fianzas, ahí ya no te dan la opción de pagarlas, sino que se te acumulan a la pena que te pongan en migración. Antes de lo de las Torres Gemelas tú entrabas fácilmente en el país porque no había tanta vigilancia. A los centroamericanos, si teníamos alguna persona que respondiera por nosotros, nos daban un permiso temporal, porque teníamos una especie de amnistía. Y después de seis meses tu patrón podía hablar con migración para solicitar un permiso provisional de trabajo. Ahora ya no vale nada de eso. Además, ya no hay fianzas para nosotros a menos que seas menor de edad y que tengas un familiar que sea ciudadano norteamericano.

    —¿Y teniendo a tu hermana allá tú podrías pedir un visado para Estados Unidos?

    —Debido a las deportaciones que he sufrido ya no puedo hacerlo. Para poder aplicar de nuevo a una visa tengo que mandar unas cartas de perdón a Washington. Es un trámite puramente burocrático que en mi caso no serviría para nada, pues si tú ya te estás quemado, por muchas cartas que mandes no va a servir de nada. Aparte, esas cartas tienen que ir acompañadas por una cierta suma de dinero. Y ese dinero no es reembolsable. No vas a arriesgar mil dólares para algo que no va a servir para nada, porque mil dólares son seis meses de trabajo continuo en Honduras, ¿no? Tendrías que ser Buda para no comer y para pasarla en meditación todo el tiempo. Y no gastar ni un centavo.

    —¿Y podrías contarme cómo se produjeron las detenciones?

    —Claro que sí, hermano. La primera me pilló de sorpresa. Uno de los intermitentes de atrás de mi coche no funcionaba bien; se venía trabando. La policía me paró y, como ya me habían suspendido el permiso por otras infracciones anteriores, me detuvieron. Por aquellos días todavía estaban aceptando el pago de fianzas, así que yo le hablé a mi patrón para que viniera a pagarla. El problema es que su casa estaba como a unos 45 minutos del condado donde yo estaba detenido. Después de 30 minutos alguien me llama. Me pongo de pie pensando que es mi patrón y lo que tengo delante son dos uniformes verdes. Era migración. Llegaron antes que él. La segunda vez me pararon comprando mi boleto en Houston, después de haber pasado la frontera. Comprobaron mis huellas y vieron que ya llevaba una deportación. La tercera, habíamos caminado como unos 30 minutos después de cruzar la frontera. Ya íbamos llegando al pueblo y de repente nos vio el helicóptero. Para qué te cuento: no habíamos caminado ni cinco minutos y ya teníamos como 30 perreras encima. La cuarta y última fue nada más salir del río. Nos estábamos vistiendo y no nos dio tiempo a salir corriendo hacia ningún lado.

    —¿Y cómo es la vida en la cárcel?, ¿puedes trabajar para reducir la condena?

    —No, la condena no te la reducen. Puedes trabajar por un dólar al día, que te da para comprar una chocolatina o cuatro sopas con las que matar el hambre, pues la comida allí es buena, pero no te llena. En los centros de detención de migrantes hay juegos de mesa y no estás en celdas, sino en módulos de unas 30 personas. Puedes salir al patio, acceder a la biblioteca, hacer deporte, ir a la escuela, etcétera, pero después de las tres caídas ya vas a una prisión federal con delincuentes. No con asesinos, pero sí con ladrones de coches, de tiendas… aquello es la jungla, hermano. Allí vas a encontrar pandilleros que van a querer que corras con ellos. Y si no quieres unirte a ellos, pues eres un solano. En mi caso yo siempre anduve de solano y eso significa que se te quitan ciertos privilegios: no puedes acercarte a jugar con nadie a menos que te llamen, no puedes opinar sobre la televisión… lo único que puedes hacer es acercarte a la biblioteca y tomar un buen par de libros.

     

     

    Los peligros de la frontera en primera persona

     

    “Si entras por Laredo son cinco horas en coche hasta San Antonio. Y si entras por Brownsville o por McAllen son 8 horas hasta Houston. El problema son esas horas después de cruzar la frontera, pero si logras llegar a una de estas dos grandes ciudades ya todo está más tranquilo. Si haces el primero de los caminos a pie son unos ocho días y ahí sí que tienes todas las posibilidades de que te agarren, de que te peguen un tiro o de que te deshidrates. Lo menos peligroso son las víboras de cascabel, créeme, mano”, me dice con sarcasmo.

     

    —Están los minutemen [patrullas ciudadanas de vigilancia fronteriza], que te aseguro son unos locos, y también te encuentras a los de migración. Algunos dicen que a veces baja el Ku Klux Klan a hacer sus desbalajes y por supuesto también están las mafias. Pasando de Monterrey todo es un desmadre. Si te vas por el lado de Nuevo Laredo están los Zetas. Si te vas por Reinosa o Matamoros están los del Cártel del Golfo. Y si te agarra uno de ellos, llevas tres opciones: La primera y la mejor, es de que te van a tablear, te van a dar unos piñazos y te van a regresar. La segunda, que te pongan a trabajar para ellos. Y la tercera, que te maten. Y si te matan, tiran tus órganos o trafican con ellos, te rellenan de droga, te meten dentro de un ataúd y a saber cómo lo harán, pero te cruzan. Vas a ser una mula para ellos.

    —¿Y hay alguna manera para tratar de evitar todos estos peligros si vas solo? –le pregunto.

    —Si vas solo, tienes que ir bien cambiado, sin equipaje y allá donde te bajes no debes voltear a ver a nadie. Tienes que subir lo más rápido que puedas a un taxi y buscarte un lugar donde refugiarte hasta que veas cómo la va a pasar. Pero la verdad es que no le recomiendo a nadie ir así. La situación está mal de este lado y peor del otro, y en los últimos meses han mandando a no sé cuantos miles de efectivos más a vigilar la frontera, así que si te vas a meter así, no más sin conocer y tú solo, llevas un 99,9% de posibilidades de que te pase algo. Y luego está lo que ocurre en este país. Aquí en México es una mafia que no sabes ni quien es quien, carnal. Te acercas a un policía de buena onda porque piensas que ellos no te pueden hacer nada y ellos mismos te van a entregar con grupos armados por ganarse una plata. O te agarran, te golpean, te quitan una feria y te dejan ahí. Y en el tren, ya sabes: te pueden golpear, puedes ser asaltado por las mafias, etcétera.

     

    Enrique me explica que durante un tiempo él también estuvo pasando migrantes al otro lado de la frontera con México. Por eso ahora tiene amigos allá que le pueden ayudar a cruzar. No es algo de lo que se avergüence. “Fue en el 93 o en el 94. Por entonces estaba todo más tranquilo. Sin embargo, en el 95 nos agarra la judicial con un viajecito, y chale, ya me empezaron a sacar dinero. Me los encontraba cuatro o cinco veces al día y siempre tenía que darles algo. Así que me cansé y me crucé al otro lado. Nosotros sólo les ayudábamos a pasar y lógicamente cobrábamos por ello, pero no considero que estuviera haciendo nada incorrecto. Ya te digo que era como una inversión: luego se les busca un trabajo bien y pagan su deuda. Nada de explotación”.

     

     

    ¿Qué tren es el bueno?

     

    “Por aquí pasan dos líneas. Esta línea que pasa aquí (la que está junto al albergue) es la del Ferromex, que va hacia Irapuato pasando por Querétaro y Celaya. Aquella en cambio”, me dice señalándome la vía que está a unos 500 metros, es el Kansas, que va a San Juan del Río, en Querétaro, y luego se dirige hacia San Luis de Potosí. La que debemos seguir es aquella [el Kansas], pero está mucho más vigilado y no nos dejan subir, así que lo que nosotros hacemos aquí es agarrar esta y luego nos bajamos antes de llegar a Querétaro, que es donde está el cruce con el Kansas. Dejamos este tren y agarramos aquel, porque de Ahorcado en adelante los guardas ya no te molestan. No te bajan. No tiene hora, pero lo que es seguro es que de la 6 en adelante, a alguna hora tiene que pasar”.

     “¿Qué cómo sabemos cuál es el tren que tenemos que agarrar? El Kansas es rojo. De Orizaba para acá, sabemos que si trae cuatro máquinas o menos va para Puebla. Y los que traen menos de cuatro van a Lecherías. O por la carga: los que traen arena viene a Lecherías, porque es donde están las fundidoras del vidrio. Cuando pasan las jaulas, que son las que llevan los carros, y pasan vacías para arriba, ya sabemos que ahí se quedan no más en Vigurías, así que ahí no nos subimos. El que lleva puro cemento…”.

     

     

     

     

    Fernando G. Calero trabaja como Responsable de Prensa en Madrid de Médicos Sin Fronteras, organización con la que ha viajado a lugares como República Democrática de Congo, Suráfrica, India, República Centroafricana o Marruecos. Anteriormente, durante casi cinco años, fue responsable de comunicación y prensa del Instituto de Estudios Sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH). Durante 2012 y 2013 recorrió por cuenta propia varios países de América, aprovechando este viaje para elaborar diversos artículos y reportajes, entre los cuales se encuentra este relato sobre la inmigración y los migrantes

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