A vueltas con Josh Rouse

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Al día siguiente, sobre las ocho menos cuarto, mi padre llamaría a la puerta de mi habitación para despertarme. Con un poco de suerte habría un zumo de naranja natural esperándome junto a la taza del desayuno. Puede que incluso, si se alinearan los astros, llegara puntual al colegio.  

 

Al día siguiente, sobre las ocho menos cuarto, mi padre llamaría a la puerta de mi habitación para despertarme. Con un poco de suerte habría un zumo de naranja natural esperándome junto a la taza del desayuno. Puede que incluso, si se alinearan los astros, llegase puntual al colegio.  

 

Hacía años que mi hermano se había marchado a estudiar a Madrid. Hasta entonces habíamos compartido habitación siempre y entre semana solíamos acostarnos a la misma hora: unas veces con la radio y otras con las canciones del O de Damien Rice. Dos años más tarde que él también mi hermana, que dormía en la habitación contigua y solía acercarse a mi habitación con frecuencia, se había ido a Madrid para empezar la universidad.

 

 

Convertirse en una especie de hijo único trajo consigo el desarrollo prematuro de determinadas costumbres. Una de ellas consistía en escuchar siempre una canción antes de irme a la cama. Por aquel entonces, quizás a través de mi tío Javi o de alguna reseña en la revista Efe Eme, había empezado a seguir la pista de Josh Rouse. Dos de sus álbumes, 1972 y Subtítulo, ocupaban la mayor parte de la memoria de mi reproductor MP3. “1972”, “Sunshine (Come On Lady)” y “Flight Attendant” eran las que más escuchaba de ese disco. Cuando creí oportuno incorporar más variedad en mi colección digital me vi obligado a sacrificar el resto de canciones. Lo mismo sucedió con Subtítulo: “Quiet Town”, “Summertime” y “The Man Who…” fueron las supervivientes a la criba.

 

Durante algún tiempo la voz de este artesano de la cotidianidad se fue colando en mi rutina de medianoche. Pero a pesar del exhaustivo proceso de selección en aras de la diversidad una se resistió a desaparecer. Una de esas noches, cuando ya había apagado la lámpara de la mesa y hasta las melodías amenazaban con bostezar, sonó “Wonderful”. No pude distinguir qué canción era pero el estribillo, sencillo de entender en inglés, pronto me enganchó:

 

I think you’re wonderful
Don’t change
I think you’re wonderful
Don’t change your ways
I think you’re wonderful
Don’t change your ways at all

 

La canción se fue apagando poco a poco. Yo estaba a punto de cerrar los ojos. Comenzó entonces a sonar un piano y de fondo se escuchaba una conversación entre dos señoras. Hablaban castellano entre ellas, así que descarté que fuera parte de la canción. Di un sobresaltó de la cama y paré la música. No sabía de dónde procedían esas voces. Quise creer que todo había sido un sueño pero durante algunos días no paré de darle vueltas al asunto. A las pocas semanas descubrí que Josh Rouse estaba afincado en España, concretamente en Altea, y que aquella conversación entre las señoras servía simplemente como enlace entre “Wonderful” y “The Man Who…”.

 

 

 

Hace un mes y medio volé de imprevisto de Montreal a Estambul. En Estambul tenía una escala de cuatro horas. No quería saber nada de La amiga estupenda, el libro de Elena Ferrante que me había acompañado durante el viaje de ida. Tampoco estaba por la labor de escuchar las playlists de Spotify que cuidadosamente había confeccionado para un viaje que nada tenía que ver con Turquía. Tras varios intentos fallidos acabé echando un vistazo a algunos de los vídeos que tenía en mi móvil. Entre ellos encontré una versión de la mítica “Man on the Moon” de R.E.M. interpretada por Josh Rouse en un concierto en Madrid. Rememoré entonces el atardecer en el que un chico de Nebraska con sombrero que debía rondar los cuarenta acertaba estribillo tras estribillo con la melodía perfecta. Fue una de las primeras noches veraniegas en Madrid y después del concierto peregriné con mi amigo David a la hamburguesería Don Oso mientras nos recreábamos en el cierre con “The Ocean” y recordábamos el «The Ocean» de Richard Hawley. 

 

No tardé demasiado en dar con la conexión wifi del Starbucks del aeropuerto. Necesitaba volver a escuchar ese maldito estribillo:

 

No one is ever really sure
What I feel is true
I thought I was really sure
What I felt was you 
And now I’m in the ocean
Getting pushed by the waves
Now I’m going under, getting carried away

 

Fue tranquilizador saber que Josh también había atravesado esos túneles y que, de algún modo, estaba de mi lado. Y todavía lo es más saber que está dispuesto a seguir acompañándome. Mañana cruzaré en tren el puente de Øresund y nos volveremos a encontrar en Malmö. Mientras, probablemente, tarareemos juntos la into de Bron/BroenEsta noche en Copenhague la luz de las lámparas de diseño danés pedía a susurros sus canciones. Un servidor no se ha podido resistir y de paso sugiere más canciones para combatir la niebla, los parabrisas empañados y las tediosas lecturas de programas electorales.