Canciones de 2023 (II): «Milanesa al pan», de Juan Wauters

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A Juan Wauters le escuché por primera vez en la primavera de 2019 en un apartamento en Bow, otro barrio más del este de Londres en proceso de gentrificación. Fue con alguna canción de La onda de Juan Pablo, un disco fruto de sus viajes por Sudamérica colaborando con aristas locales. El disco comienza con Machete, una deliciosa canción de 35 segundos que desemboca en Disfruta la fruta, un alegato a las frutas – peras, higos, mandarinas, limones – que pudo disfrutar durante un viaje a México.

Unos meses más tarde vi a Juan Wauters en directo en The Lexington, el templo musical de la escena independiente del norte de Londres. Me suele dar vergüenza pedir canciones en conciertos, aunque ha habido excepciones, como el día que le pedí exitosamente a Jeff Tweedy en La Riviera Passenger Side. En The Lexington hice otra excepción y la petición me fue concedida: la última canción que tocó – ya debajo del escenario, sin camiseta y con la guitarra desconectada – fue Mi vida.

Mi vida es mi canción preferida del disco. Es sencilla y contradictoria. El narrador se replantea su vida mientras pedalea su bicicleta, pero rápidamente se da cuenta de que quizás las cosas no están tan mal (“Pero igual la paso bien / Tengo una novia, un hijo / Y hay un parque en mi barrio”). Wauters no necesita demasiadas florituras musicales ni líricas. Recurre a las cosas cotidianas de la vida urbana –  caminar por tu barrio, coger el metro en hora punta, comprarte unos pantalones en un mercado – para explicar sentimientos universales. En el último minuto de Mi vida una flauta, encarnando un silbido primaveral, dialoga cálidamente con el sonido punzante de un guitarrón chileno de 25 de cuerdas.

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Escucho Mi vida con O mientras atravesamos la Ciudad de México en coche. Estamos en un atasco en la Avenida de Chapultepec a la altura de Roma Norte. Desde el asiento del copiloto, con la ventanilla bajada, le digo que esta canción me transporta a una mañana de primavera montando en bicicleta por el barrio londinense de Islington, dejando a la derecha Islington Green y a la izquierda el Camden Passage para después bajar cuesta abajo la arbolada Rosebery Avenue.

Hace unos días salí a correr a las siete de la mañana por Roma Norte y fantaseé con una vida en esta ciudad con las canciones de Juan Wauters y Teenage Fanclub de fondo. Pensé después, mientras me comía una tortilla francesa de jamón y queso en la terraza del Café Toscano, que la Calle Orizaba, con sus frondosos árboles y su arquitectura aburguesada – la Casa Lamm, el edificio Balmori, la Casa de las Brujas – sería mi Rosebery Avenue y la Plaza Río de Janeiro mi Islington Green.

A O le intriga la música de Juan Wauters, pero no sabe todavía si tomársela en serio. Guapa le hace tanta gracia – sobre todo eso de “Dices que si en otra almohada yo dejo mi olor / Eso es externo a lo que es nuestro amor” – que la ponemos dos o tres veces. Una vez hemos logrado salir de la ciudad, y después de haber escuchado Madison de Drugdealer en bucle, pongo Milanesa al pan, el nuevo single de Wauters que salió hace unos días.

Me doy cuenta pronto de que Milanesa al pan es un himno pop. Deduzco por sus palmas frente al volante que O piensa lo mismo. La canción, interpretada junto a la argentina Zoe Gotusso, transmite un ambiente romántico y festivo, lejos del sentimentalismo y sin tomarse demasiado en serio. Un día antes de reencontrarse con su novia el narrador planifica sus próximos días juntos: saldrán a caminar, andarán por la playa, mirarán al mar, llegarán hasta el faro, mirarán a los lobos y si tienen hambre comerán una milanesa al pan o, quizás, una torta frita. Wauters cuenta que escribió la canción en Cabo Polonia, Uruguay el día antes de que su novia viniera a visitarle. Milanesa al pan captura un sentimiento que me representa: la mezcla de nervios e ilusión las horas previas a que una persona especial recorra muchos kilómetros para visitarte por primera vez.

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Entro al Musik Hug, una tienda de instrumentos discos y partituras que me recuerda a la sección de música de la tienda Blackwell’s en Oxford. Mientras rasgueo una exquisita guitarra Martin un chico canario, acompañado de un amigo y sus respectivas novias, empieza a tocar Me lo agradecerás de Quique González. Al salir de la tienda está lloviendo. Casi siempre llueve en Zúrich, al menos durante los dos últimos meses, pero ahora lo hace con más fuerza de la habitual. Me resguardo de la lluvia en el porche de la tienda escuchando el nuevo álbum de Kurt Vile y puedo ver al otro lado del río Limmat  el reloj de la torre de la iglesia de St Peters y otro reloj casi idéntico en la torre de la iglesia de Fraumünster, conocida por las vidrieras de Marc Chagall. Pienso que canciones como Back to the Moon o Like a wounded prey trying to fly tienen mucho más sentido en ciudades grises, bajo la sombra imperfecta del paraguas, y que si viviera en Madrid Kurt Vile o Slowdive me parecerían aburridísimos. Me acuerdo de un concierto de Neil Halstead, cantante de Slowdive, en acústico en la Sala Siroco de Madrid hace justo diez años presentando Palindrome Hunches.

Hago una parada en el paseo hacia los cines Riffraff para probarme unos pantalones de pana verdes. Son bonitos, de pana gorda, casi socialdemócratas, pero decido seguir resistiendo contra la dictadura del oversize. En los probadores están poniendo una canción de Band À Part, una banda española muy popera que creo haber escuchado durante mi etapa universitaria. El primer verso dice así: “Es curioso esto de volver / A las calles que dejé / A amigos que olvidé”. Escucho la canción al salir de la tienda y me acuerdo de varias películas sobre gente que vuelve a su pueblo natal por Navidad y Google me dice que el personaje interpretado por Timothy Hutton en la película Beautiful Girls tenía 30 años (cuando vi esa película por primera vez todos, excepto Natalie Portman, me parecían mayorcísimos). El segundo párrafo de la canción dice así: “El reloj no ha vuelto a funcionar / Aquí todo sigue igual / Desde el día que me marché”.

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Escucho Wandering Rebel de Juan Wauters en la cafetería del Riffraff y recuerdo una frase de Vicente Quirarte en su libro sobre la Ciudad de México, Amor de ciudad grande, aunque quizás sea una cita extraída de un libro del intelectual mexicano Francisco Zarco: “El flâneur tiene el privilegio de ver a la multitud, pero no piensa, en el instante de la contemplación, que él es observado por los otros. Es su sistematizador, su ordenador. Pero sin la multitud, el solitario no existiría”.