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Mientras tantoAmistades…

Amistades…

Estelas, cual cometas   el blog de Ricardo Tejada

Desprendernos, había dicho hace poco. Creo que hay que desprenderse, en la medida de lo posible, de esa costra político-mediática y digital que nos embardurna la existencia. Rozarse a ella, solo si es necesario. No obstante, este planteamiento podría ser tachado de ascetismo anti-tecnológico. No, no lo es. Es una cuestión de terapia, mental, cultural, política. No hay ningún rousseauismo ingenuo en ello. No obstante, habría que ofrecer, o cuando menos, exponer qué ingredientes, que fármacos, pueden contribuir positivamente a dicha terapia. Seguramente, hay que volver, repristinándolos, a los fundamentos de todo vivir humano.

Creo que la amistad adquiere siempre, con el paso del tiempo, un valor cada vez mayor. Tal vez, en la madurez, las amistades no son tan intensas como en la juventud, tan indómitas y divertidas. No obstante, si duran, si se mantienen, van adquiriendo, como un vino viejo, un gusto cada vez más profundo. La fidelidad en la permanencia es, desde luego, un elemento fundamental de toda amistad. En el amor también, solo que al ser dependiente, al menos en los años iniciales, de la pasión, es de más difícil constancia. Lo más extraño de esta constancia es que por mucho que los amigos vayan cambiando y, claro está, uno mismo, el apego permanece. A veces, el cambio es considerable. Unos vuelven a la religión (católica), otros tienen incluso una religión distinta de ésta o son ateos, otros invierten sus orientaciones ideológicas en medio de su vida, en fin, hay algunos que, presos de un furor momentáneo, se convierten a una fe en un “proyecto” político inconsistente, que no tiene ningún recorrido… Y, sin embargo, la amistad permanece, a pesar de las vicisitudes de la vida. De tal forma que contrariamente a lo que se dice con frecuencia no es porque veamos a nuestro amigo como a un alter-ego, como a “uno mismo con otra piel” —como dijo con ingenio Atahualpa Yumpanqui— por lo que nos sentimos apegados a él. Es cierto que vemos en nuestro amigo unas inquietudes similares o, mejor dicho, una inquietud global ante la vida que puede asemejarse. También es cierto que sus gustos o su vocación profesional pueden ser importantes en un acercamiento mutuo, pero esto no es lo esencial. Todo ello no quita que los recorridos vitales sean diferentes, el carácter diferente y su manera de encarar las numerosas dificultades de la vida bastante diferentes a la nuestra.

Además, contrariamente a las relaciones amorosas, nunca nos acordamos exactamente cómo, cuándo y en qué lugar conocimos al amigo. Esta es una característica que me llama la atención. Podemos recordar con bastante precisión el inicio de un amor o, incluso, de una gran atracción erótica por alguien: la ropa que llevaba, el tiempo que hacía, el lugar donde se produjo el encuentro e incluso aquello que bebimos, comimos o escuchamos en aquellos instantes. Nada de eso en una amistad cuyo inicio está envuelto en una bruma espesa de la que solo nos acordamos su contorno vago, como si el amigo nos esperase desde hace mucho tiempo, como si fuese no una irrupción brusca en nuestra vida, una epifanía inesperada, sino algo entrañado en el decurso de nuestras vidas.

El amigo no es ni un trasunto de nuestro yo, ni un extraño venido de otro planeta. Es una alteridad extrañamente cercana. Me asombra y me admira en él su simpatía, su cordialidad, su generosidad, su perspicacia e ingenio, su don de gentes, talentos que uno considera más disminuidos en uno mismo. No pensamos nunca que alcanzaremos siquiera la mitad de sus virtudes y aptitudes, no digamos su carácter, su talante, pero iluminan nuestra discreta presencia en este mundo. Muchas veces se hace uno amigo de alguien porque sin darnos cuenta nos aunamos con toda espontaneidad y naturalidad en una sintonía común, que probablemente ni siquiera nos pertenece. Sintonizar con alguien nos hace estar menos solos de lo que ya estamos, en cierto sentido, desde que nacimos. Si sintonizo comparto, me enriquezco, me amplío, dejo de estar confinado en un estrecho radio de acción.

Hay una « ausencia impersonal » en la amistad, según detectó Isidro Herrera a partir de Maurice Blanchot, que afirma la distancia como vínculo imperecedero. Extraña aunque hermosa la « comunidad » intangible que liga al amigo con el amigo, a la amiga con el amigo, porque también existe y seguramente va más allá de toda fraternidad y de toda sororidad.

En la amistad no hay virtud ; no somos virtuosos porque seamos amigos. Que me perdone Aristóteles, lo que es virtuosa es nuestra relación, que es exterior a los términos (los amigos), como agudamente vieron Russell y luego Deleuze. Pero una relación no es virtuosa. Lo que mentamos con ello es que viviendo en la disyunción de nuestras vidas, nos aunamos, en la distancia, mental y afectivamente. Y es este proceso compartido, que se va enriqueciendo, el que es virtuoso porque compartir no es 1+1, ni 2, sino construir algo que nos supera, en la distancia. Y eso que se construye no sé si es virtuoso ; por lo menos es hermoso, una de las cosas más hermosas de la vida.

No puedo yo concebir mi vida sin los amigos. A veces un amigo, aunque haya dejado de serlo por diferentes razones (mudanzas, cambios de estudio, malentendidos y “mosqueos”, azares de la vida) no deja de marcar para uno una etapa vital señalada que sigue estando presente, de forma latente. No podemos definirnos sin incluirlos en aquello que hacíamos y éramos, sin olvidar aquello que hicimos y fuimos en contraposición a lo que ellos hacían y eran. En definitiva, la amistad es un concentrado de paradojas irresueltas. Reúne lo mismo y lo otro en el embrollo de toda vida, a veces con una radicalidad inusitada, en una distancia infinita mutua, pero co-presente. Y es que el amigo no es exactamente lo que me circunda, a la manera orteguiana, como tampoco, por cierto, un/a amante. Ni puedo ni debo salvarlo para que me salve yo, parafraseando al gran filósofo y ensayista madrileño. Seguir siendo mi amigo y seguir teniendo la convicción de que sigo siendo para él un amigo suyo es ya, de entrada, una manera de salvarnos mutuamente del tráfago de la vida o, más bien, de protegernos de la incuria que nos atenaza a todos. En la incuria “natural” se pueden incluir el envejecimiento (en dosis diversas porque no todos la viven de la misma forma), las enfermedades, los fallecimientos de seres queridos, las numerosas decepciones profesionales.  Ahora bien, hay otra incuria que no es “natural” sino histórica. Y es que, en los tiempos que corren, en esta segunda década del siglo XXI, en que apenas ya nos enviamos cartas, sino mails casi siempre muy puntuales (¡no digamos las nuevas generaciones que ni saben lo que es escribir con deleitación y sosiego una carta a un amigo!), en que nuestras ocupaciones, profesionales o no, son variadas, prosaicas y, a veces, anonadadoras, en que presos (algunos) de Instagram, Facebook y las redes sociales (en función de cada uno), nuestra existencia solo parece pender de un hilo inconsistente y espurio. En unos tiempos en que la gente ni tiene tiempo para encontrarse físicamente, las amistades recobran, una vez más, un sentido poderosísimo, como una especie de escudo que nos defiende de las inclemencias de estos tiempos digitales, una especie de bálsamo que suaviza los malestares o disgustos que puede tal vez generarnos la convivencia familiar, el enojo o el sonrojo que nos genera una decisión política o la inusitada estupidez de los dirigentes mundiales, sin olvidar la indignación profunda que nos genera una guerra o un genocidio. Tal vez —y quiero terminar con un deseo de fin de año— ampliando y sobre todo fortaleciendo la red de verdaderos amigos que tenemos todos, podamos construir un mundo que pese a su fragilidad siga siendo vivible.

Le Mans, 31 de diciembre de 2025

 

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