Atenas-Tesalónica-Sofía-Belgrado

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Un viaje entre Grecia y los Balcanes nos hace reflexionar sobre el nuevo protagonismo de los movimientos soberanistas y nacionalistas. 

 

Ha trascendido el plan que tenía diseñado el ex ministro griego de Finanzas Yanis Varoufakis, una especie de economía paralela, para el caso de que el país sufriera un caso extremo de ahogo financiero. Ello ha generado no sólo una gran polémica, sino también el riesgo de que Varoufakis tenga que vérselas con la justicia. Sorprende, dado que lo irresponsable hubiera sido que no hubiera un plan B, que el Gobierno no hubiera tenido claro qué hacer ante un fatal desenlace.

 

La polémica obedece, quizás, a dos posibles razones. Por un lado, a que se haya revelado el diseño de alternativas, porque la propia palabra «alternativas» da pavor. Hay un único camino, que es el que hay que seguir. Lo demás no pueden ser planes, lo otro no pueden ser opciones, tiene que ser, indefectiblemente, el incontrolable caos. Por otro lado, además, circula por Atenas, por toda Grecia, la idea de que Varoufakis, junto a Lafazanis y a Lapavitsas, entre otros cuantos, forma parte de un lobby pro-dracma. Varoufakis, nos contaban en Atenas estudiantes de Ciencias Políticas, lo habría ocultado, pero, por supuesto, también formaría parte del grupo de partidarios del dracma. Este colectivo podría pensar que en la recuperación de la soberanía monetaria podría estar la solución a la terrible crisis económica griega. Pero es algo a lo que se opone la inmensa mayoría de la población del país.

 

Sirva este párrafo como introducción a un viaje en tren entre Tesalónica, la segunda ciudad de Grecia, y Sofía, capital de Bulgaria. En él coincidimos con uno de esos pocos griegos según las estadísticas que están a favor de que Grecia abandone la Unión Monetaria. Es un griego de una localidad muy próxima al Monte Olimpo. Viaja a una ciudad cercana a Sofía. Lo hace sin equipaje: sólo tiene en las manos el programa de actividades culturales que tendrán lugar en su región durante el verano. En la primera estación búlgara, justo antes de entrar la policía fronteriza en el tren para revisar pasaportes y viajeros, nuestro acompañante sale un momento en busca de un billete que después no le sirve para seguir viajando en nuestro mismo compartimento: el revisor, al poco rato, lo echa. No tiene trabajo. Antes era conductor de camiones. Siempre le ha gustado viajar y la geografía.

 

Si este viajero se convierte en personaje de un artículo es porque lo que le ocurre en el tren y el relato que nos venía contando hasta el momento en que nuestros caminos se separan puede ser el de un porcentaje de la población griega que, aunque no mayoritario, que, aunque no decisivo, también merece unas pocas líneas. «Somos los esclavos de Europa. No sólo desde hace cinco años, sino desde hace más tiempo», nos dice. «Hace miles de años, Grecia era un lugar de filósofos, ahora es el país de la pobreza, de una pobreza mayor que la de Bulgaria, que la de Serbia, y de la suciedad económica», añade. «Antes ésta era la Hélade, porque iluminaba al mundo, ahora, sólo somos griegos», setencia.

 

«¿Qué pensáis en España de Grecia?», nos pregunta, con curiosidad. Le contestamos que hay opiniones de todo tipo, pero que en los últimos tiempos ha habido muchas manifestaciones de solidaridad. Y que, un poco antes, con la campaña electoral y la posterior victoria de Syriza en las elecciones, mucha gente se había ilusionado con la posibilidad del cambio, no sólo en Grecia, sino en toda Europa. Ahora, le reconocimos, hay un poco de decepción porque esa transformación no haya sido posible.

 

A él Syriza no le gusta. Él no es de izquierdas. Pero Tsipras sí le convence. Le parece un hombre fuerte, alguien con coraje. También Varoufakis. Para nuestro compañero de viaje, por ahí pasa la solución del país, porque «gente especial, inteligente y que no mienta» se ponga al frente, porque «un Solón» se haga con las riendas del país, lo saque del euro, lo transforme de arriba a abajo y, sobre todo, acabe con esta espiral del endeudamiento perpetuo. En definitiva, «el sistema tiene que cambiar». Pero no confía en Grecia y ésa es la verdadera tragedia de esta historia: «Quizás sea cierto que necesitamos que nos dirijan desde fuera: los griegos hemos demostrado que no sabemos organizar nuestra economía».


Es un relato sobre el deseo de volver a empezar que sólo se encuentra en quienes no tienen nada más que perder. En Grecia, pese a todo, pese a la caída del PIB de más de un 25% desde el principio de la crisis, la mayoría todavía tiene la sensación de que pone demasiado en riesgo si las cosas cambian de verdad.

 

De Syriza es posible que, en general, guste el coraje, que dé batalla, que defienda el orgullo griego, pero también que pare la pelea justo en el momento oportuno antes de que todo se desbarate. Pero veremos cómo encaja el pueblo griego los planes de Varoufakis que han salido a la luz. Nos comentaban estudiantes griegos de Ciencias Políticas que no hay que descartar que el discurso de Nueva Democracia vuelva a calar, puesto que, aunque está apoyando al Syriza, también está intentando convencer a los griegos de que sólo su gestión es capaz de proporcionar estabilidad al país, al contrario de lo que ocurre con Syriza que, sin ir más lejos, en semanas celebrará un congreso extraordinario que puede acabar en ruptura o que puede dificultar la negociación del tercer rescate, volviendo a poner en peligro la permanencia de Grecia dentro de la Unión Monetaria.

 

 

«Quince años militando en el PC y sólo cambié yo mismo»

 

Nos quejamos de que ya no puede cambiar nada de manera sustancial, de que Syriza haya decepcionado. Pero, ¿es posible el cambio? «Durante quince años fui militante comunista, creía en la revolución, quería cambiar el mundo. Al final, lo único que cambió fui yo mismo, que dejé de militar en el Partido que ahora dirige el nieto de Tito». Con este desencanto nos habla alguien en la Casa-Museo del Premio Nobel de Literatura Ivo Andric, en Belgrado.

 

Aunque en realidad las cosas sí cambiaron. Primero, con las revoluciones, que parecieron, es verdad, un mero paréntesis del que ya pocos se acuerdan, del que no quedan casi ni restos arquitectónicos. Después, en los Balcanes, las cosas volvieron a cambiar muchísimo: todas las fronteras se movieron. Quizás lo anormal fuera la cierta estabilidad de la época del abuelo Tito (¿otro paréntesis?) que cuenta un museo en la capital serbia en el que también está su tumba y que es recomendable sobre todo para nostálgicos.

 

La región se ha transformado tanto en los últimos años que compartimos una inquietud -sin duda menor, anecdótica- sobre el propio Andric: nació en Travnik, ahora dentro de las fronteras de Bosnia, murió y está enterrado en Belgrado. ¿Qué es Andric?, ¿cuál sería su identidad? El comunista desencantado, de alrededor de sesenta años, nos dice que el autor se consideraría serbio. Le acompaña alguien treinta años más joven y dice que lo definiría como yugoslavo. Un similar problema de identidad, por cierto, tendría el propio Tito, croata enterrado en Belgrado. Pero mayor sería la ironía con Ataturk, padre de la patria turca, que nació en Tesalónica, hoy ciudad griega. Y hay griegos que se quejan de que su casa natal, que forma parte del consulado turco en la ciudad griega se haya convertido en un museo y en un lugar de peregrinación para muchos turcos de paso por la vecina Grecia. 


 

Economía e identidad


Cuando hablábamos de Grecia, lo hacíamos de economía. Pasamos a Yugoslavia y nuestra preocupación es la identidad nacional. Y no estamos cambiando de tema, ni mucho menos. De hecho, se ha establecido una línea de continuidad entre una cosa y la otra. La crisis económica ha hecho aflorar en Europa el déficit democrático existente en sus instituciones. También ha puesto de manifiesto los desequilibrios económicos que desembocan en desequilibrios de poder entre los miembros de un club que debiera ser de iguales.

 

En este caldo de cultivo está germinando el nacionalismo. Quizás estemos empezando a dar por imposible la transformación y democratización de Europa, la génesis de una identidad europea y de una democracia continental y estemos centrando la pelea en la recuperación de la soberanía dentro de las fronteras de la nación-Estado más tradicional. Y eso, sin diferencias entre izquierda y derecha, que están adoptando la misma estrategia e, incluso, establecen peligrosas alianzas entre sí y muestran extrañas coincidencias.

 

No vamos a establecer paralelismos ni relaciones entre la desintegración yugoslava y la posible desintegración europea. Ha sido una mera coincidencia por un viaje de Grecia a los Balcanes. Pero hace pensar. De todas formas, lo dejamos aquí.

 

 

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