Cabeza de perro

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Le faltaba un premolar superior, pero expelía el humo por el hueco como un galán del Hollywood en blanco y negro y vaso corto de whisky. Era, me contó, guitarrista de una banda de punk rock japonés. O eso creí entender. No le pregunté. Fue una noche de martes, en un bar de un callejón de Shinjuku, donde Tokyo se convierte en un purgatorio y los oficinistas olvidan sus corbatas y a sus familias. Hablaba inglés a trompicones, entre caladas y tragos, y compartía barra con un inglés que hacía escala entre dos vidas. Con ambos bebí aquella noche, en un bar con cuatro taburetes y luz de confesionario. Allí me contaron que el mejor antídoto contra una resaca de bourbon es una copa de bourbon. «The head of the dog», repetía el inglés. Si un perro te contagia la rabia debes comerte la cabeza del perro. Eso había hecho él, dijo, con su exmujer y su pasado en Liverpool, otro planeta. Tampoco pregunté más. Haré un listado, les prometí, ya éramos amigos del alma, con todos aquellos que me contagian su rabia. Enemigos, mediocres y miserables. E iré buscándolos uno por uno para devorar sus cabezas. Tendré entonces el colesterol alto y la conciencia tranquila. Salí de allí excitada. Tambaleándome pero dispuesta a cumplir mi misión. Una promesa es una promesa. Preparada para liarme a tiros desde la ventana. Olvidaba entonces que vivo en un interior. Veinte horas después de avión me conformo con la dieta de fogueo del teclado a este lado de la frontera y la ira controlada. Aunque si pienso en mi promesa aún me veo medio absorta sonriendo a mis cómplices en Tokyo, feliz como una boba. Entonces me acuerdo de mi padre. Siempre me lo decía: no sonrías tanto, chica; cualquiera diría que en esta casa no hay espejos.