Caerse de un de Guindos

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A algunos (y no quiero señalar a ciertos ministros) les dicen en inglés que son los peores haciendo lo suyo y se ríen. Aunque algunos hablen inglés y lo entiendan. Se descojonan, como diciendo: mira tú estos ingleses lo que me dicen, como si ellos supieran de verdad de esto. Lo sé porque me lo cuenta un buen amigo, que se codea (yo le digo que los codazos a los riñones siempre, que no dejan marcas a la vista) con esos hombrecitos y mujercitas que rodean cada viernes en aquelarre a Mariano. Mi amigo antes presumía de buenas relaciones, ahora lo cuenta con la boca pequeña, con cierta vergüenza y arrepentimiento, como quien tiene un conocido al que van a juzgar o un cuñado que no paga la cuota de la comunidad. Antes tener un conocido ministro le daba a uno caché, podía sorprender en una cena o entre dos copas con una revelación sobre leyes, con un cotilleo sobre ese territorio comanche que es Moncloa o incluso con algún detalle sobre el Rey, que los hay muy jugosos, ya sabéis. 

 

Ahora lo que menos quiere es que le cuenten cosas, por si se les escapan al final de la noche, cuando todas las gatas somos pardas, y se lo estropea un polvo de última hora. Que a ciertas horas una perdona todo menos que alguien te diga que es amigo de Montoro. Que eso te baja la lívido de forma inversamente proporcional a la subida de la prima de riesgo y te deja con ganas de irte a casa a hacerte una tortilla de lexatines. Lo comprobé, aunque yo no buscaba nada, que a este amigo ya me lo conozco y solo se queda en eso, el pasado viernes. Compartimos cena y copas, entre otros y entre sollozos, que es como últimamente hacemos todo por aquí. Y por no preguntar cómo va todo, que a veces llega algún maleducado y te responde y te lo cuenta, hablamos cada uno por turnos, en monólogos cortos, cambiando de temas drásticamente para que aquello solo consistiera en escucharnos y asentir, o sonreír, o compadecernos mutuamente. 

 

Cuando le llegó el turno a mi amigo habló del ministro, con quien había estado esa mañana, no sé dónde, ni le pregunté. Porque yo es escuchar ministro de Economía y se me viene el mundo encima, como si te anunciaran el advenimiento del mismísimo Coco. Pues bien, contaba mi amigo, como quien no quiere la cosa, que a pesar de todo el señor ministro es un guasón. Y que le había dicho que él por las noches duerme como un bebé. “Me despierto a las dos de la mañana y ya no dejo de llorar”, confesó don Luis, que no se ha caído de un Guindo, pese a las apariencias. Todos, claro, le rieron la broma. Porque mi amigo sabe que ahora un ministro es como un asesino de esos que siempre saludaban en el ascensor, pero que en algún momento un ministro volverá a ser un ministro. Y después se creció cuando le preguntaron por la situación. “Yo no hablaré de brotes verdes”, les anunció. “Pero puedo decir que vemos una luz al final del túnel. Lo que no sabemos aún es si es la salida u otro tren que viene de frente”. Sonrió y se quedó, así, más pancho que largo. Y yo, según lo escuché, corrí a comprar el ‘Financial Times’, que es una cosa que siempre me ha dado mucho coraje y reparo pero que a partir de ahora sé que no miente, que las valoraciones que hacen son perfectamente acertadas.