Conciencia fantasma

0
267

 

Hay personas que siguen rascándose piernas que les amputaron hace veinte años. Señoras que se pintan las uñas de manos que no tienen. Deportistas que sufren tirones en músculos que no existen. Lo llaman los especialistas el síndrome del miembro fantasma. Que uno aunque no posea ya una parte de sí mismo que antes tenía cree que aun la tiene y sufre con ella o se alegra por ella. A mí, de momento, no me sucede. Con mejor o peor aspecto tengo el lote completo que me dieron al principio. Si el cuerpo humano es como el carné de conducir, no he perdido puntos, vamos. Salvo algunos órganos internos, que andan pidiéndome a gritos, como el médico por escrito, treguas que soy tan débil que ni me planteo conceder. Hay señores, leo en un maravilloso libro, que confunden a sus señoras con sus sombreros e intentan ponérselas antes de abandonar un salón. Y señoras que viven su vida a espasmos, siguiendo un ritmo que marcan las melodías musicales que suenan en sus cabezas, las rutinas más dulces y menos rutinas. Y me parecen todos, dentro del espanto inicial, mundos oníricos, fabulosos, mágicos, siempre mejores que el mío. 

 

Veo a diario cerebros fantasmas que envían impulsos y pensamientos que en realidad no existen. Y, sobre todo, conciencias fantasmas de aquellos que creen poseer éticas y morales. Como las piernas que les pican a los que ya no tienen piernas. Y que de tanto hablar de lo suyo y de elevarse por encima de la masa se lo creen. Como el señor que con fruición y uñas desgastadas trata de arrancarse un picor que jamás se quitará porque nunca estuvo. Lo pienso últimamente si veo las noticias y a la gente que aun se empeña en salir a las calles a protestar. Lo veo en los porrazos de los policías y en las reacciones, siempre polarizadas, de aquellos a los que los periodistas les siguen, masoquistas y estúpidos, pidiendo reacciones. Los unos porque se echan a las calles a protestar contra algo que no existe, a reclamar una decencia que dudo que habitase allí donde la buscan y a pedir un cambio de una nada. Contra gobiernos fantasmas y políticos fantasmas se empeñan en poner uñas reales. Los otros porque comparecen, que siempre es comparecen, que tiene más intención, más solemnidad, más huevos, vaya, ante una opinión pública para demostrar que sí, que de verdad creen en los que dicen, que unos están con ellos y que otros no están contra ellos pero que hay cosas que es necesario hacer y que las mayorías que no sienten picores en piernas que no existen también lo piensan así. Tienen almas fantasmas y corazones que solo laten y bombean sangre. Que se jodan los poetas. Igual que yo me creo que por sentarme aquí a escribir estoy contribuyendo a que dejemos de habitar todos la enorme casa de película de miedo en la que vivimos, infelices, sin darnos cuenta. Aunque me queda el consuelo, y espero que sea real, de saber que al final del día, cuando todos nos miremos al espejo, en nuestras casas, acompañados por nadie, desnudos, veremos la realidad, ya sin fantasmas. El vacío del brazo que perdimos. Las ojeras de la derrota. O el rostro de grandísimo hijodeputa.