Credo del descreído

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Solo crees en la nieve: su ampo virgen, la lentitud que instaura y un crujido leve bajo tus botas.

Crees también en la mirada luminosa y la conversación chispeante de Irenita. En su curiosidad, que es la de todos los niños, por saber cómo sigue el cuento.

Sigues creyendo en el color verde oscuro: siempre intuiste en él la cifra de una verdad que te correspondía. (¿No era el color del bosque?).

En el espejo ves… a un amargo descreído, a un misántropo en potencia, a un escéptico tenaz, pero crees en la humildad, que es “la base y fundamento de todas las virtudes”, como le dijo Berganza a Cipión, y en la palabra ‘humilladero’.

Afirmas a veces no creer nada más que en Cervantes y en Cunqueiro; en Galdós, en Machado y Azorín; en María Zambrano, en García Baena y en Torrente Ballester.

A pesar de todo, crees en la amistad y en la conversación. Tienes fe en la montaña, y subes con frecuencia a ofrecerle un sacrificio —el tuyo— y volver renovado a la batalla. Los árboles (y las fitoncidas) ocupan un sitio de honor en tu credo particular.

Otro dogma de tu fe: el sentido del humor. En un altarcillo de tu cueva, Woody, Groucho y san Jardiel.

Te han acusado de ser un cínico. De ir por la vida “sin dirección y aparentemente sin ninguna razón”, como cantaba Enrique Urquijo (en el que no has dejado de creer: su voz de color pardo y su mirada triste). Sin embargo, repites a veces tu plegaria: «Creo en las suites de Bach para violonchelo interpretadas por Mischa Maisky. Creo en los versos de Leonard Cohen, en la fuerza de Paul Weller y en la delicadeza de Roddy Frame…»

¿En qué más crees? En la soledad y en el silencio. En la toponimia de tu país y en sus paisajes, a cuya altura quisieras estar (Unamuno). Y —sobre casi todas las otras cosas— en el español: bastaría, como dice Manuel Vilas en Ordesa, que fuera la lengua en que habló tu padre, pero hay otro puñado de buenas razones.

Absurdamente, tu fe también incluye el murmullo de los aspersores en un parque vacío, los barrancos de la estepa aragonesa en que se refugia el verdor y todos los rincones donde alguien cuida un huerto o riega unas plantas. (Ese cariño y ese empeño ha de salvarnos a todos, si es que algo ha de salvarnos).

¿La libertad y la justicia? ¿El amor? No estás muy seguro…

Crees en tus hijos. En su entusiasmo y su bondad. En sus risas, que iluminan el mundo, y su inteligencia. Y en la belleza que ponen en cuanto miran.

¡Hay tantas cosas en las que no crees! En las que nunca creíste o has dejado de creer. (El músculo de la fe, ¿lo tienes atrofiado?) Pero sigues creyendo en la escritura: en la persistencia de la prosa, aferrada a la piel de los días.

Relees tu credo y… no está mal, te dices, para ser de un descreído.

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