Veníamos desde Zurich y nos dirigíamos hacia el Sureste, con el propósito de quedarnos en el cantón de los Grisones, el menos densamente poblado, sin duda el mejor preservado desde el punto de vista natural y el más diverso en lenguas (romanche, italiano y alemán). Avanzábamos con dificultad, en tercera, por un puerto de primera categoría, hasta que vimos de repente, en uno de los numerosos giros de la carretera, el majestuoso macizo del Bernina. Enseguida nos paramos en cuanto pudimos tener un arcén donde aparcar el coche. Teníamos al fondo el hermoso glaciar de Morteratsch. Todavía nos quedaba casi una hora de trayecto hasta subir al puerto y bajar al pueblo de Poschavio, en un valle ya de habla italiana, pero todavía en Suiza, donde teníamos el camping.
Antes de llegar al lago Blanco habíamos dejado a la derecha San Moritz, lugar de cita de las élites económicas, y siguiendo el valle, Silvaplana y Sils-Maria, donde se albergó en muchas ocasiones Friedrich Nietzsche, donde caviló y pensó, donde surgió su Zaratustra, el que bajaba de las montañas, el que afirmaba que el hombre era un “tránsito”… ¡Qué contraste! Cuando alzaba la mirada, veía el Pico Corvatsch (3451 m), la montaña del filósofo alemán, según John Kaag, y cuando él emprendía su subida, debía de contemplar bastante cerca el pico culminante del macizo, el Bernina (4049 m), la montaña más alta de los Alpes orientales.

Después de un día en el que hicimos senderismo por unos ibones muy hermosos, rodeados de espesos abetales, el Saoseo y el Val Viola, queríamos al tercer día aproximarnos al glaciar Palü, en los contrafuertes del Pico Palü (3901 m), muy cerca del Bernina. Para realizar esta caminata hacía falta coger el Bernina Express, un trenecito rojo que sube hasta el apeadero del Alp Grüm (2091), en donde bajamos, y que llega hasta la estación Ospizio Bernina, a 2253 metros. La mala fortuna fue que por miedo a perder el tren en Poschavio, olvidé, con las prisas, mis botas de trecking en el coche. Nunca me había pasado algo parecido, seguramente porque uno no se deja olvidadas las chirucas si las tiene en el mismo coche de donde va a salir de inmediato al refugio o al pico.

Una vez bajados del tren, en el Alp Grüm, y alcanzada la presa de abajo, la caminata de subida por el bosque no se hizo del todo desagradable, pese a andar en zapatillas deportivas, pero, más tarde, cuando llegamos a lo que serían antiguamente las morrenas del glaciar, la marcha se volvió un tanto penosa, por entre las rocas, sin ningún tipo de sendero mínimamente confortable. Nada me hizo cambiar de parecer. Había que subir. El único montañero con el que nos cruzamos se dio cuenta enseguida de qué calzado llevaba. Había olvidado las botas, le dije en alemán, sonriendo, intuyendo que hablaba esta lengua. Y enredados en una conversación, me dijo el viejito, con una sonrisa irónica, que él no hablaba en alemán, sino en suizo… Sin embargo, le entendía pese a su fuerte acento. ¡Y yo no había estudiado “suizo”!
Había oído que el glaciar se había ido retirando considerablemente en las últimas décadas. De hecho, en todos los glaciares alpinos, el retroceso ha sido dramático: por poner unos pocos ejemplos, en el Pasterze, en el Pfandlscharte y en el Dachstein (Austria), en el Gorner, en el Fiescher, en el Tschierva y en el Chelen (Suiza). El Mar de hielo, el célebre glaciar del macizo del Mont-Blanc, en los Alpes franceses, pierde cada año unos 8 a 10 metros de espesor y su lengua pierde una treintena de metros al año. Este inmenso glaciar, para nuestros parámetros europeos, tiene una longitud de 20 km, todo y cuando el más grande de los Alpes es el Aletsch. Pues bien, el glaciar que recorrió Horace Bénédict de Saussure a fines del siglo XVIII y que era aún más majestuoso en aquel entonces, podría retroceder entre 2 y 5 km a la altura de 2050 y desaparecer a partir de 2090. En 2100, el río Ródano podría perder 15% de su caudal. En los trópicos la situación es aún más dramática. Colombia perdió en torno a un 7% de su área glaciar en solo dos años. Algunos glaciares, como el Nevado Santa Isabel han perdido casi la mitad de su masa glaciar. Y esto no es un cambio súbito. En 1850 había 350 km2 de masas glaciares en el país suramericano. En los últimos 170 años, Colombia ha perdido el 91% de su superficie glaciar. Y si se tiene en cuenta que casi la mitad de los glaciares ecuatoriales se encuentran hoy en día en este país, se da uno cuenta de su situación crítica, como la de todos aquellos situados por debajo de los 3 500 metros, en Europa. Lo sabe bien todo aquel que conozca el Monte Perdido y el Aneto.


Si vemos el cuadro de Anton Hansch (1813-1876) del glaciar Palü, de 1855, experimentamos un gran asombro ante ese inmenso y bellísimo glaciar que fue y que ya no podemos ver. ¡Ese anchuroso río de hielo llegaba hasta la presa, justo abajo del Alp Grüm! Las fotos que he podido encontrar de 1905, de 1910, de 2005, de 2009 y de 2025 (las dos únicas mías) confirman el retroceso implacable del glaciar, como si fuese una lenta agonía, ante la cual el ser humano fuese un (falso) espectador y un verdugo sin piedad.
A los que más afecta el deshielo de los glaciares de montaña es a los habitantes de las cadenas montañosas de territorios mesetarios, secos, como los Andes o el Himalaya. Los glaciares de la cordillera del Pamir —en donde se encuentra el glaciar Fedchenko, el más largo del mundo, fuera de las zonas polares— son casi el único almacén de agua para las estepas agrarias del entorno. El deshielo progresivo de estos glaciares podría tener consecuencias muy graves en la agricultura. La excepción es el Karakórum, cuyos glaciares no solo no se deshielan, sino que aumentan en volumen. Es algo excepcional a nivel mundial.
Pues bien, poco a poco, en una gran soledad, íbamos adentrándonos en la gran morrena, antesala de lo que deseábamos tanto ver. Poco a poco, el circo monumental se fue despejando. Al final, llegamos. Era un hermoso ibón, casi un pequeño lago, a 2338 metros de altura. Se llamaba Caralin. Descubrí después su nombre pues en el mapa que llevaba no figuraba. Sí aparecía en otro mapa mejor que compré al día siguiente. La razón de ello era que Caralin no empezó a existir hasta hace unos cuarenta o cincuenta años. No sabía quién le había puesto el nombre. Me sonaba a ruso. Pero pensaba: “cara linda”. Creo que era la primera vez que contemplaba una formación geológica nueva. No una impresionante y destructiva lava nueva, como en la isla de Hierro, por la televisión, sino un lago, hecho y derecho, de aguas impolutas, alimentado por una cascada que bajaba del glaciar. El lugar era conmovedor. Estábamos solos.

Pensé de repente en el glaciar, porque el lago no era más que el producto del deshielo. Si hubiese llegado a este lugar hace veinte años, podría haber visto bloques inmensos de hielo cerca de un lago incipiente. Si hubiese llegado hace cien años, tendría que haberme puesto los crampones donde estaba sentado, en medio de un amasijo de rocas, absorto en mis pensamientos. Tenía así un sentimiento de pérdida, después de haberme asombrado las dimensiones del lugar y el silencio que lo albergaba, el silencio de una desaparición.
El glaciar Palü había perdido mucho hielo, hielo antiguo. En el centro-norte de Groenlandia el espesor del Indlandsis —que es como se llaman los inmensos casquetes que se asientan en esta isla, cuatro veces más grande que Francia— es de 3 km, y el hielo tiene una edad de unos 123 000 años. Pero en el resto de Groenlandia tanto el espesor como la edad son menores. Cuesta pensar este apabullante espesor blanco, este tiempo acumulado. El hielo allá no son innumerables cubitos de hielo de un frigo, acumulados, sino algo así como una inmensa corteza de “roca” helada. En la Antártida, un continente bastante más grande que Europa, la media ronda la mitad de ese espesor (1,6 km de media), pero su antigüedad es mucho mayor, de más de 400 000 años en algunas zonas. Además, como está rodeada de una banquisa, por cierto, hielo salado, y no hielo de agua dulce, esa “tarta” helada descomunal que presiona sobre el continente antártico, refleja la luz solar bastante más que el Polo Norte, con lo que hace más frío. Cuanto más cerca el albedo esté de 1, más luz será reflejada (el hielo de la banquisa tiene entre 0,5 y 0,7, mientras que los océanos abiertos apenas 0,06) y menos se calentará nuestro planeta. Señalemos también que cuanta más crioconita haya (polvo mineral y orgánico proveniente de incendios, de la contaminación, de desiertos) en los glaciares e, incluso, en casquetes y Indlandsis, menos coeficiente de albedo habrá y más posibilidades de que los glaciares vayan deshelándose.
Según la científica Heidi Sevestre, los glaciares son una “reserva de tiempo”, un “campo de memoria”. Me gustan estas dos expresiones. El glaciar es tiempo congelado. Cuando extraemos un testigo de hielo, un cilindro muy alargado, después de perforar el casquete, podemos pensar que tal o cual burbujita de aire, encerrada, pudo ser respirada poco antes por los amerindios de Tierra de Fuego que se encontraron con la nave Victoria de Elcano o por los primeros seres humanos que llegaron al extremo sur de América o, más lejos aún en el tiempo, por los neandertales de otros continentes. Hay algo de vida prolongada en un glaciar pues nos revela el espesor de su duración, paso a paso, con más generosidad que la dura roca de una montaña.
De un primer sentimiento de recogimiento ante la belleza del lugar pasé a un sentimiento por la pérdida de esta lengua del glaciar. Mis emociones se contradecían unas a otras, de la serenidad alegre ante el esplendor natural a una tristeza por lo ocurrido. Más tarde me sobrecogían las dimensiones del glaciar, el ya inexistente e incluso el que se entreveía por arriba de la cola de caballo de agua cristalina, memoria disuelta. Un nuevo bloque enorme de hielo podía caer el próximo verano. ¿Quién sabe?
En la Crítica del juicio, obra capital de Kant en el campo de la estética, trató de distinguir lo sublime de lo bello. Los pocos ejemplos que da de lo sublime tienen que ver con la contemplación del mar bravío y, sobre todo, con la contemplación de las montañas. Nos habla del “estremecimiento sagrado”, del “horror” que se apodera de nosotros cuando vemos las montañas encaramarse al cielo, cuando vemos “gargantas hondas” por donde el agua se precipita, de “lugares aislados” invadidos por las sombras y que despiertan la melancolía. Subraya también, páginas antes, que lo sublime viene vinculado con el caos, con la tormenta en el mar y también, en gran contraste con lo bello, con una magnitud ilimitada, con lo “absolutamente grande”. Lo sublime, dice, es todo aquello en comparación de lo cual las cosas restantes son pequeñas. Y es esta magnitud desorbitada lo que desencadena una extensión de la imaginación y su desconexión con lo que el entendimiento puede comprender. Extraño placer el que nos depara lo sublime porque no es producido directamente, por una serie de cualidades, como lo bello, sino por el sentimiento de una “parada momentánea de las fuerzas vitales”, seguido inmediatamente después de una efusión de estas mismas fuerzas.
Kant, que, sobra decirlo, siempre vivió en Königsberg y que, por lo tanto, nunca vio una montaña en su vida, se basó seguramente en libros que leyó de geografía, en especial, el único que cita, en Viajes en los Alpes (cuatro volúmenes) del antes mencionado Saussure, este abnegado y concienzudo científico ginebrino, que, no obstante, no dejó de mostrar mucha vanidad presentándose como el primero que coronó la cima del Mont-Blanc, cuando lo fue Jacques Balmat, un modesto paisano de Chamonix, que se dedicaba, como todavía hacen algunos hoy en día, a buscar geodas y minerales para venderlos y poder mantener así a su familia. Kant menciona que un campesino saboyano le dijo a Saussure, “con mucho sentido común”, añade el alemán, que los amantes de los glaciares estaban “locos”. ¡¿Qué pensarían hoy en día los glaciólogos, que tanto contribuyen a esclarecer el calentamiento global, de este comentario?! Yo también estaba, a mi manera, loco por el glaciar, por su progresiva desaparición, por un sentimiento de lo sublime que se trastocaba en tristeza inaprensible y en reforzamiento de un sentimiento de gran responsabilidad hacia el planeta. La estética colinda con la ética, con la política. Siempre lo he pensado, al menos desde mi primer libro, De una sensibilidad por venir. Hay que buscar esos linderos que los comunican.
Hoy en día, mucha gente va a ver un glaciar porque piensa que ya no lo volverá a ver. Sacan una foto con el móvil y se van…
Cuenta Mary Shelley que la criatura que concibió Victor Frankenstein, un amasijo de varios cadáveres ensamblados, era malvada por ser desgraciada. Cierto, por odio hacia su creador, estranguló a la hija de su creador, pero bien es cierto que antes había salvado a una niña que había caído a un lago. Unos hombres vieron que la tenían entre sus brazos y pensaron que era un monstruo, un criminal. Huyó éste por las montañas hasta que Victor lo encontró. A su dueño y señor le pidió un ser como él, “horrendo”, pero femenino. Si accedía a esta petición, prometía ir a Suramérica para que no le viesen más. Frankenstein aceptó el trato. Schelley pone en palabras el pensamiento de éste: “le vi descender la montaña más de prisa que el vuelo de un águila, y perderse rápidamente entre las ondulaciones del Mar de Hielo”. Me paro aquí, como si fuese el fin de la narración de la extraordinaria narradora inglesa y dejo al lector las ganas de leer la continuación y el tiempo para que reflexione en lo dicho.
Le Mans, a 11 de junio de 2026




