El Pedro Sánchez rebelde era una estrategia; el PSOE vuelve a lo de siempre

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En el PSOE ha terminado ganando el PSOE de siempre, aunque dando más vueltas de las que la vieja guardia del partido que respaldó a Susana Díaz hubiera deseado.

Quienes desde los setenta marcaron las líneas maestras del partido, ahora, poco más de dos años después del triunfo de Pedro Sánchez en sus segundas primarias, no deben sentir, ni mucho menos, que el PSOE sea muy distinto al que se reconstruyó durante la Transición y, sobre todo, al que gobernó entre 1982 y 1996 y al que volvió a hacerlo entre 2004 y 2011. Quienes en primera instancia, en las primarias de 2014, confiaron en Sánchez, empezando por su luego enemiga Susana Díaz, seguro que ya no se sienten traicionados e incluso internamente pueden sentirse agradecidos de que con él al frente no sólo se ha salvado el PSOE, sino que se han terminado por respetar sus esencias.

Aunque seguramente tuvieron razón cuando empezaron a sospechar que Pedro Sánchez, tras el proceso electoral de 2015, y, sobre todo tras el de 2016, empezaba a emanciparse de sus primeros valedores y a virar un poco. Parecía empezar a construir un plan diferente: comenzaba a estar un poco más a la izquierda en cuestiones socioeconómicas, se mostraba abierto a pactar con la fuerza a la izquierda que le disputaba el liderazgo de esa parte del espectro ideológico y, con respecto a la cuestión catalana, también parecía tener una postura más contemporizadora que la de la derecha.

El equipo del que se rodeó (con, por ejemplo, Manuel Escudero, que fue quien diseñó su avanzado programa económico) o los apoyos que consiguió (como el de José Antonio Pérez Tapias, de Izquierda Socialista, o el del ahora presidente del CIS, Félix Tezanos, histórico guerrista, al que también incorporó a sus más cercanos) dieron credibilidad a la idea de que, esta vez, el PSOE iba a ser diferente. Pedro Sánchez logró reunir en torno a sí a los sectores marginados del partido en las últimas décadas por sus posiciones más izquierdistas, a quienes contestaron al felipismo y a quienes, desde la izquierda, también disputaron el poder a José Luis Rodríguez Zapatero, el artífice de los recortes de 2011 que ensuciaron su hasta entonces digna, aunque superficial, gestión, y que alimentaron de descontento el movimiento del 15-M.

La de Pedro Sánchez era una estrategia para anular a Podemos como fuerza seriamente competidora en la izquierda. Estaba claro. En este mismo blog, en su momento, hablamos de ello y de su acertada aproximación al grave problema al que se enfrentaba el Partido Socialista. Hacer las cosas como las hacía Sánchez parecía la única manera de que el PSOE pudiera evitar su pasokización. Pero lo que entonces no intuíamos era que se trataba de sólo una estrategia.

Pedro Sánchez y su entorno se dieron cuenta de que había que conseguir con hechos una enmienda a la totalidad del discurso sobre el que Podemos había construido su éxito: los partidos políticos “del régimen del 78”, argumentaba el 15-M, no representan los intereses de la ciudadanía, sino los del poder económico, y en ello, PSOE y PP se han demostrado que son prácticamente lo mismo; los dos partidos, por ejemplo, acordaron la reforma del artículo 135 de la Constitución para que primara el servicio de la deuda sobre la prestación de los servicios públicos.

Sánchez aprovechó bien la oportunidad que se le presentó para marcar distancias con el Partido Popular: su “no es no” a la abstención que permitiera el Gobierno de Mariano Rajoy tras las elecciones de 2016. Ese capítulo no estuvo exento de una épica que alimentó el aura del personaje: dimisión; golpe de estado en el comité federal; empezar de cero recorriendo España en coche; entusiasta campaña para las primarias que se convocaron tras el ínterim del mandato de la gestora; y apoyo en la militancia de base, en un buen equipo y en históricos de currículum intachable. Y tampoco hay que olvidar el episodio antisistema de su entrevista en el Salvados de Jordi Évole.

Que la estrategia de Pedro Sánchez ha resultado acertada deberían reconocerlo hasta quienes más lo cuestionaron. Y seguramente en su fueron interno lo hacen y su silencio es lo que los delata en su ahora dar la razón a su líder. Su éxito se mide en el resultado de las últimas elecciones: Podemos, o Unidas Podemos, ya no supone una amenaza para la hegemonía del Partido Socialista en la izquierda, y ahora el PSOE ha recuperado cierta credibilidad en su papel de alternativa progresista frente a una derecha radicalizada.

Lo que ha ocurrido ha sido mérito de Pedro Sánchez, pero también demérito de Podemos, primero, y de Unidas Podemos, después, con sus erráticos cambios de rumbo y sus deserciones.

Lo que pueda ocurrir en las posibles próximas elecciones también será resultado de la lectura que los electores hagan de los méritos y de los deméritos de unos y otros en el proceso de negociaciones, si es que se puede llamar tal a lo que ocurrió durante el puñado de días de julio que éste duró.

Si el PSOE confía en que lo sucedido en las últimas semanas ha dañado a Unidas Podemos y en pescar en su caladero de votos, además puede esperar que le pueda llegar fuerza electoral de otro lado, de Ciudadanos.

En Europa, los partidos socialistas más dañados no han caído sólo por la competencia que llega de su izquierda -el Pasok se ha visto suplantado por Syriza- sino también por la de los liberales -en Francia, quizás Macron ha ocupado el puesto del Partido Socialista-.

El relato que Pedro Sánchez ha construido de sí mismo desde 2016 le hace conservar una pátina progresista que puede contar con el aval de alguna medida tomada bajo su mandato tras la moción de censura, como la subida del salario mínimo. Pero también puede verse cuestionada para los más exigentes por algunos de sus renuncios en materia impositiva, de vivienda o de legislación laboral; además de por el perfil de sus ministros más económicos, entre los que no vimos por ninguna parte a Manuel Escudero, al que envió como embajador de España ante la OCDE; y por la última ocurrencia de pedir a PP y a Ciudadanos su abstención para evitar la repetición de las elecciones.

Haberse resistido a formar un Gobierno de coalición con Unidas Podemos y marcar distancias con éstas, además de con el independentismo, que no quiso aprobar sus presupuestos, le convierte en una fuerza que puede ser perfectamente votable para la parte del electorado de Ciudadanos que creyó que los naranjas eran liberales y ahora están espantados con su deriva. Igual nos llevamos alguna sorpresa en las próximas elecciones, si las hay, cuando alguno de los desertores de las filas de Cs llegue a las listas del PSOE.

Por eso es perfectamente comprensible que el PSOE quiera nuevas elecciones. Con ellas, Pedro Sánchez podría culminar la misión que se marcó.

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