El séptimo de caballería de las valquirias

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A mí no me pillarán desprevenida. Tampoco revólver en mano, que ya estoy mayor para morir joven. Por eso mientras escribo me he puesto de fondo el séptimo de caballería de las valquirias. Así cuando llegue Angela Kurtz Merkel y descienda en su helicóptero sobre mi Puerta de Alcalá con Wagner tronando por los altavoces yo estaré dispuesta para la reeducación. Me he duchado, peinado y puesto el traje de los domingos. Siempre me lo imaginé más como un hombre con mallas y capa, pero al final esto de los rescates es como el amor, que nunca resulta cómo te lo cuentan en las películas. Tengo miedo, claro, porque no sé hacer números. Y tengo un amigo, que sabe mucho de esto, que el pasado lunes me decía, desde la distancia de Nueva York, donde aun se escucha rock and roll: “Chata, estáis muy mal, y estaréis peor. Si tuvieras ahorros te diría que los pusieras bajo el colchón. Y vete buscando en los bolsillos de las chaquetas viejas pesetas entre los pliegues, que las volverás a usar”.

 

Dice mi amigo que la crisis era otra cosa. Que aquí ya la hemos superado. Que la nuestra es una Gran Depresión en toda regla sin naranjas en California. Me explicó con vaselina de gintonics en qué consiste la macroeconomía, la prima de riesgo, que imaginaba yo como algo con más caché, y por qué Obama se pone blanco cada vez que la pequeña Angela le dice que nien de nien y Hollande le mira resignado y le susurra rien de rien. Cuando las cosas se ponen putas, me dijo, o así lo traduje, no hay que recortar sino gastar. Porque cuanto más gastes más dinero habrá y mejor irá. Y las deudas ya se pagarán después, cuando haya pasta para saldar cuentas. Lo entendí, a trompicones, y de mala gana, porque me negaba a ser como las señoras que antes hablaban de sus maridos y de sus hijos que han salido a sus maridos y ahora comentan en el bar durante el café las páginas naranjas de los periódicos y las curvas de crecimiento.

 

Un taxista en Manhattan me lo explica aun mejor: “Spain, down. Italy, down. Portugal, down. And France, soon will be down. Take your clothes and move out, sweetheart”. Haz las maletas y huye, chata, me digo. También se lo he dicho a mi amigo: si el problema es que Alemania no es España y que las soluciones de Alemania no son las de España, nos tenemos que ir todos allí, hundirles la economía como hundimos la nuestra, y cuando sepan lo que es estar mal de verdad y cambien de mentalidad alemana para ser unos resignados pseudoespañoles, volvernos otra vez a este lado de los Pirineos. Me felicitó mi amigo, que sabe mucho de verdad, con premios y todo, en esto de los números, por mi teoría. “Porque así se lograría que Alemania se olvidase de las políticas de austeridad y empezara a aplicar las políticas keynesianas de aumento del gasto público necesarias para salir de la crisis”, me dijo. Apuré el gintonic. Le miré sorprendida. Y le dijo: no, porque así estaríamos todos bien jodidos. Que lo peor de estar jodida es siempre ver al lado a alguien que sonríe y no lo está.