¿Es la hora de los politólogos? (II)

0
490

Hace no mucho tiempo escribí un post sobre la creciente presencia de politólogos en nuestro debate público. La semana pasada tuve la oportunidad de escuchar a Pepe Fernández-Albertos hablando de temas muy relevantes, al menos para los involucrados en la disciplina. Fernández-Albertos es doctor en ciencias políticas por Harvard y actualmente es investigador permanente del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC. Además, es miembro del blog Piedras de papel, alojado en eldiario.es. La mayor parte de la charla aludió al papel que juega, o debe jugar, la ciencia política en la política práctica o en el vertiginoso día a día de los medios de comunicación.

 

Hace no mucho tiempo escribí un post sobre la creciente presencia de politólogos en nuestro debate público. La semana pasada tuve la oportunidad de escuchar a Pepe Fernández-Albertos hablando de cuestiones de «interés general». Fernández-Albertos es doctor en ciencias políticas por Harvard y actualmente es investigador permanente del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC. Además, es miembro del blog Piedras de papel, alojado en eldiario.es. La mayor parte de la charla aludió al papel que juega, o debe jugar, la ciencia política en la política práctica o en el vertiginoso día a día de los medios de comunicación.

 

La intervención comenzó haciendo alusión a dos interrogantes clave. Por un lado, la cuestión de qué es lo que pueden aportar los politólogos al debate púbico. Por otro lado, la necesidad de entender qué esperan los políticos y el debate público de los politólogos. Antes de tratar de dar respuesta a estas preguntas fue necesario primero precisar una aproximación a la ciencia política, cuyo objetivo se centra en “encontrar regularidades empíricas sólidas basadas en fundamentos o modelos teóricos que nos ayuden a explicar los fenómenos políticos y sociales”. Como cualquier definición puede que deje en el tintero aspectos importantes. Quizás sea demasiado formalista o poco grandilocuente para algunos. 

 

Sin embargo, como el propio Fernández-Albertos mostraba, esta visión -relativamente imperante hoy en día, aunque, por supuesto, con numerosos matices- es relativamente reciente. De hecho, contrasta notablemente con aproximaciones anteriores, como refleja este diálogo entre Kenneth A. Shepsle y William H. Riker. Riker, uno de los politólogos más importantes del siglo XX y padre fundador de la positive political theory en The Theory of Political Coalitions (1962) y de la herestética, revela aquí su disconformidad con la mayoría de sus profesores en Harvard de los años cuarenta, como Carl Friedrich, cuando realizó en esta universidad sus estudios de doctorado. Kenneth Shepsle, actualmente profesor también en Harvard, fue precisamente alumno del prestigioso programa de doctorado que promovió Riker en la Universidad de Rochester.

 

The world of Political Science from which Bill came was intellectually primitive. It was a world in which most political scientists were teachers. It was a world in which the elite institutions that produced each succeeding generation of new college teachers of Political Science consisted mainly of gentlemen scholars, commentators on the world, public intellectuals, political historians, and students of political thought. It was a world in which one wrote books, mainly for other political scientists, about subjects in the contemporary world or of historical fascination, but with no pretense to adding to the accumulation of knowledge. For someone like Bill Riker, it must have been an isolated and lonely experience.


Esta cita de Shepsle ejemplifica muy bien el escepticismo de Riker hacia los politólogos de Harvard. Estos profesores eran más bien intelectuales que escribían libros acerca de los asuntos de actualidad, poco o nada interesados en encontrar explicaciones más generales no circunscritas a fenómenos específicos.

 

Después de referirse a Riker como uno de los politólogos más influyentes, Fernández-Albertos resumió este enfoque de la ciencia política actual en palabras de Adam Przeworski. Para éste los politólogos deben intentar “cambiar nombres propios por nombres comunes” en sus explicaciones. Es decir, en vez de de referirse a lo que sucede en España o en Rusia, deberían tratar de encontrar leyes generales del tipo “los países con sistemas presidencialistas serán más proclives a X”, o “aquellos países con una estructura política más descentralizada tenderán a Y”. La apreciación de Pepe era que la percepción desde fuera de la ciencia política, o de lo que se espera de ésta, se aleja mucho de esta visión. A modo de anécdota nos reconoció las dudas y contradicciones internas que le suponían algunas preguntas que los medios le formulan en calidad de politólogo (“¿es buena o mala la convocatoria de la marcha por el cambio de Podemos?”) y a las que nunca sabía muy bien qué responder, en caso de que debiera responder. Esta disonancia en la percepción de su trabajo entre la ciudadanía y los medios supongo que requiere de algo de autocrítica desde la propia disciplina. 

 

El ponente nos remitió a un artículo del profesor Jeffry Frieden donde se expone otro argumento más sobre el papel de los científicos sociales, en este caso desde la economía política:

 

I confess to the personal view that the principal policy relevance of my job as a scholar has to do with helping inform the public about issues and options available to them, not with advising policymakers who already know most of what I would tell them. But that is just my own personal preference, not a principled belief – such as the one you express – that political economy implies powerlessness.


Según Frieden, los académicos no serían expertos que dan soluciones a los problemas de los políticos –ya que la mayor parte de estos ya conocen las posibles soluciones–, sino que su papel consiste más bien en añadir elementos al debate, introduciendo en el mismo las diferentes opciones disponibles y las implicaciones positivas y negativas que conllevaría la aplicación de unas y otras.

 

Además, durante la charla también hizo una pequeña referencia al clásico debate entre enfoques cuantitativos o cualitativos. Su conclusión, sin entrar demasiado en matices por razones de tiempo, se resumió en que ambas son compatibles, y que unas técnicas serán mejores que otras dependiendo de la parte de la investigación donde nos encontramos. Las técnicas cualitativas serían más útiles para construir o relacionar hipótesis mientras que las cuantitativas serían preferibles para validar estas hipótesis.

 

Por otro lado, Fernández-Albertos se refirió a esa especie de permanente complejo frente a los economistas común entre la estirpe politológica. Su explicación de por qué los economistas suelen tener respuestas más contundentes y compartidas con respecto a determinados fenómenos tiene que ver con el corpus teórico y empírico que ellos manejan, mucho más consolidado. Este hecho se evidencia, por ejemplo, al comparar entre sí los programas y enfoques de las diferentes universidades de economía, y hacer lo mismo con los distintas facultades de ciencia política o sociología en España. Cuando dos estudiantes de economía salen de dos universidades diferentes es muy probable que hayan estudiado los mismos modelos o teorías y, por tanto, que hablen un mismo lenguaje. En el caso de dos politólogos que acaban sus estudios la historia será muy diferente, y no sería de extrañar que los conocimientos adquiridos difieran notablemente. 

 

En la última parte del coloquio, hablamos de la «revolución de los politólogos» en los medios españoles. El origen de este fenómeno estaría en experiencias como la del Monkey Cage, que empezó en 2007 en Estados Unidos y que pretende dar a conocer el trabajo académico de diferentes politólogos estadounidenses, poniendo este conocimiento al servicio del debate público. Según el ponente, la aparición de algunos blogs con pretensiones similares en España se puede explicar a través de dos hechos. En primer lugar, la existencia de una demanda cada vez mayor por parte de los políticos y de los medios de comunicación por saber cuáles son las implicaciones prácticas de los papers politológicos, en un contexto de crisis donde las recetas clásicas se muestran insatisfactorias. En segundo lugar, hay que hablar también de cómo el cambio en el panorama mediático y la aparición de nuevos medios ha traído consigo una notable reducción de los gatekeepers (véase jefes de opinión de grandes periódicos, etc.) en la difusión de información.

 

En resumen, en lo que tiene que ver con su participación en los medios, parece haber una continua tensión entre lo que los politólogos pueden hacer y lo que los medios quieren de ellos. Además, a esto debemos sumarle que la academia y el periodismo poseen ritmos vitales antagónicos. La idiosincrasia del mundo académico está vinculada más al largo plazo. Sus contribuciones requieren de un meticuloso trabajo previo, que tarda a veces años en dar sus frutos. En cambio, los medios de comunicación necesitan generar contenidos diariamente, de manera más inmediata.

 

Los politólogos se enfrentan con frecuencia por tanto a una disyuntiva complicada. Porque sabemos, por un lado, que los medios de comunicación de masas (aunque haya matices entre ellos,  ya que no es lo mismo la televisión que la radio, por ejemplo) no valoran demasiado el “no sabe/no contesta”. Por otro lado, tampoco lo hacen, en general, los ciudadanos, que a menudo buscan en los “expertos” referentes con respuestas claras e unívocas que den sentido a su ideario político. No debe extrañarnos por tanto que en ocasiones veamos a académicos que adoptan los vicios clásicos del tertuliano, altamente politizados o posicionándose con respecto a cuestiones donde su aportación no supone ningún valor añadido.

 

Cabe añadir a modo de cierre que el mero hecho de que estemos hablando de esto en el año 2015 en España es algo positivo que está contribuyendo notablemente a mejorar la calidad de nuestro debate público. 

 

(En todo caso, como hemos comentado en otras ocasiones, sería preferible fomentar al experto zorro antes que al erizo.)

 

(Sobre el auge de los politólogos ya hablamos aquí. Además, hace unas semanas releí los artículos de Sánchez-Cuenca, Gónzalez Ferriz y otros sobre la participación de los intelectuales en nuestro debate público, y creo que son también un buen complemento a este artículo así que los enlazo aquí: 1, 2, 3, 4 y 5.)