Es la luna, no el dedo; o cómo perder el último tren

0
222

 

Hay trenes que pasan una vez en la vida. A veces te pillan en la estación. Parada en el andén los ves pasar y saludas, como sin quererlo, a la niña que se asoma a la ventana. Le dices adiós sin darte cuenta de que esa niña deberías ser tú y que acabas de perder la oportunidad. Después miras la tabla de horarios, un rato después, cuando reaccionas, y te percatas de que ya no volverá a pasar otro tren por esa estación. Agachas la cabeza, te das la vuelta y emprendes el camino de regreso a ningún sitio, the long way back home, como dicen los americanos, que es regresar a un sitio al que ya no perteneces y que no sabes siquiera dónde está. O lo supiste pero lo olvidaste.

 

Pocas veces, la verdad, me había sentido yo así. Pensaba que era literatura barata, un recurso metafórico, propaganda de películas de trenes, que son animales casi mitológicos, incluso en tiempos de aviones. Jamás me había visto en una estación como las estaciones que forman encrucijadas en las grandes novelas de carretera y manta. Para mí un tren era un conjunto de vagones que te llevan a otro sitio, con un vagón cafetería donde te sirven alcohol y donde si te tambaleas puedes decir que es por el movimiento del tren, y no de tu cabeza.

 

Ahora sé que hay tres que pasan una vez en la vida. Trenes a los que si no te subes en marcha, de un salto, corriendo como los vaqueros para asirte a la barra de hierro del último vagón, desaparecen humeando en el horizonte. Y tú te quedas olisqueando ese humo, pensando que es el del siguiente que ya se acerca. Pero que nunca llega. He comprendido que para saltar a un tren en marcha hay que ser valiente. Que hay que soltar lastre y olvidarse de todo y de todos. Pensar solo en los pasos que hay que dar, en las piedras que hay que saltar. Cerrar los ojos, estirar los dedos y cerrarlos con fuerza cuando sientes esa barra de hierro en la palma. Y no volver a mirar atrás, claro.

 

Lo entiendo porque no lo hice. Porque cada vez que quiero mirar hacia adelante me encuentro girándome 180 grados y escrutando de frente al pasado, que ya apenas me da miedo ni me consuela. Dicen que son idiotas aquellos a quienes les señalan la luna y miran el dedo. También los que para seguir hacia adelante nos giramos y andamos en dirección contraria. Porque un día, como hoy, un sábado cualquiera de nubes grises y tejados húmedos, te levantas y cuando te miras al espejo te das cuenta de que así llevas mirándote demasiado tiempo. Creyendo que el reflejo a tus espaldas es lo que tenías delante.