«Hágaselo usted mismo»

Analicemos nuestro día a día: en cuántas actividades, desde montar un mueble a hacer una transferencia bancaria por internet, estamos trabajando gratis para una empresa o incluso estamos pagando

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El autodiagnóstico de COVID vía test es sólo el último episodio de un proceso que viene de bastante atrás. Bueno, igual exageramos con el “bastante”, ya que aún somos muchas las personas y las generaciones las que somos capaces de acordarnos de cuando todo era diferente: cuando era el personal sanitario el que nos hacía las pruebas diagnósticas; cuando en la gasolinera no éramos los clientes quienes echábamos gasolina en el coche; cuando no nos montábamos nosotros mismos los muebles en casa; cuando no nos cobrábamos en el supermercado; incluso cuando en el ultramarinos no éramos los clientes los que cogíamos las cosas de las estanterías, sino que nos las servían tras pedirlas; cuando la policía comprobaba nuestro pasaporte y nuestra identidad en un aeropuerto; cuando nos atendía alguien en una tienda de ropa y nos buscaba la talla y el color que queríamos; cuando el camarero o la camarera nos venía a atender a la mesa y era impensable el autoservicio…

La utopía autogestionaria implica un saber hacer de todo y un ser todas las personas responsables de todas. Supone un saber auto-organizarse sin necesidad de que ninguna autoridad dirija, porque el principio rector es el apoyo mutuo y el beneficio buscado es para todo el colectivo.

Estamos ahora mismo muy lejos de esa utopía. De hecho, nos alejamos de ella a toda velocidad. Lo que se fomenta en lugares como en la Comunidad de Madrid con los autodiagnósticos y las autobajas, no es el apoyo mutuo y la responsabilidad colectiva, sino el sálvese quien pueda y tenga dinero. Es el pensamiento libertario, pero no el comunal, sino el individualista sostenido en la libertad y la seguridad que a cada uno le dé su poder de compra.

Esta creciente tendencia al “hágaselo usted mismo” circunscrito en el ámbito privado es una cuestión que ya ha sido estudiada por la antropología económica. Susana Narotzky ha escrito que ciertas actividades relacionadas con el consumo producen directamente plusvalías acumuladas en empresas capitalistas. Y señala precisamente que el auto-montaje de muebles es un ejemplo de cómo las compañías transfieren el trabajo productivo a quien consume, “de quien extraen algo parecido a la plusvalía”.

El sociólogo George Ritzer, por su parte, ha analizado el éxito con el que los restaurantes de comida rápida, posiblemente pioneros en el autoservicio, han extendido sus prácticas de poner a los clientes a trabajar en otras redes comerciales: además de en las tiendas de muebles, los supermercados, las gasolineras, las compañías telefónicas o incluso los bancos. Estos últimos, señala Paz Moreno Feliu en el libro El bosque de las Gracias y sus pasatiempos, de quien extraemos estos ejemplos, “han logrado cobrarnos comisiones por hacer nosotras mismas la labor de los antiguos cajeros”.

“Se está creando una tendencia de amplio alcance. El moderno consumidor está perdiendo una cantidad cada vez más significativa y mayor de tiempo y energía realizando trabajos no pagados para un buen número de empresas”, escribía Ritzer en 1996.

Lo que ocurre en el sector privado cada vez con más extensión y que sufrimos todos los días, desde el momento en que nos buscamos un piso de alquiler en una plataforma de internet, hacemos una transferencia para pagar la renta, montamos una estantería de Ikea en ese apartamento al que nos acabamos de mudar, llenamos el carrito entre estanterías del supermercado y el depósito del coche en la gasolinera, nos sacamos nosotros mismos el billete de metro, escogemos el libro que leemos antes de ir a dormir sin el consejo de ningún librero…, puede extenderse a otros ámbitos mucho más delicados y que constituyen lo que hemos consensuado que son derechos.

A esas reflexiones podemos sumar alguna más: cómo estos procesos influyen en la consideración del trabajo y de los trabajadores que efectúan esas labores que ahora realizan los propios consumidores; si favorecen la extensión de la cultura del ‘low cost’; y si conllevan una mayor estratificación social en el consumo entre quienes pueden pagar por tenerlo todo hecho y quienes tienen que mirar los precios y no les cabe más remedio que servir tanto cuando trabajan para otros como cuando consumen para sí mismos.

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